05 JUN 2018, 12:00 AM

Catedral, malecón y patanas

Es como permitir el paso de elefantes por vitrinas engalanadas con las joyas más refinadas. Un sinsentido. No hay justificación a una aberración como esa.

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20180605 https://www.diariolibre.com

Hace poco estuve en la catedral de Santiago. Quedé impresionado por la serenidad y recogimiento que se respira en su interior, belleza y elegancia del templo, majestuosidad de la bóveda, distribución y organización del espacio, sobriedad y calidad del mobiliario, personalidades que allí yacen, y los cuadros pintados por Dustin Muñoz.

Me llamó la atención la asociación que hace el pintor de escenas que dieron origen al cristianismo, insertadas en el paisaje, urbe y monumentos de Santiago.

Da gusto caminar los alrededores de la catedral de Santiago, por su limpieza, calles empedradas y apropiada conservación de algunas de las casas y edificaciones antiguas. Cada cosa parece estar en su lugar, lo cual no significa que no haya margen para seguir mejorando.

Días después de esa visita a Santiago, estuve transitando por el malecón de Santo Domingo, en un día de trabajo, por la mañana, y reparé en la escenificación pictórica que ornamenta el obelisco, por coincidencia bajo la firma del mismo pintor, Dustin Muñoz.

La representación es exquisita, pero da pena decirlo, está afeada por uno de esos detalles que marcan el subdesarrollo: la existencia en la base del obelisco de una horrible puerta de hierro entreabierta (lo estaba cuando yo pasé por allí), que destila óxido y daña la armonía y belleza de la obra artística.

Me sentí contrariado. Evitar casos como este no requiere de mucho dinero, sino tan solo de buena disposición para cuidar el patrimonio de todos y hasta velar por mantener en alto la autoestima propia y del pueblo dominicano.

¡Qué imagen para un turista: la del obelisco engalanado con las creaciones excelsas de nuestros pintores y en el lateral de su base se destaca una puerta de hierro que da la impresión de descuido y ruina!

¡Qué imagen para un dominicano! O, ¿quizás no, acostumbrados como estamos a ver como se repiten, día tras día, truculencias sin sentido? Algo así como contemplar el espectáculo cotidiano de una basura que pervive en las calles, por más promesas electorales que se hagan de educar, recogerla y reciclarla.

En este último caso por lo menos existe la esperanza de que se lleve a cabo el proyecto que dirige Domingo Contreras, bien concebido. Ojalá que recibiera los recursos necesarios para llevarlo a cabo.

Del obelisco, tomé el malecón, en dirección hacia el oeste. Y, ¡qué tortura! Aquella hermosa avenida, de una singularidad y belleza como pocas poseen en el mundo, está siendo estropeada por su utilización masiva como paso preferente de todo tipo de camiones, patanas, volteos, tanqueros de combustibles, y cuanto artefacto pesado exista.

Es como permitir el paso de elefantes por vitrinas engalanadas con las joyas y artesanías más refinadas. Un sinsentido. No hay forma de encontrar justificación a una aberración como esa.

Dirán que las mercancías tienen que ser llevadas y sacadas del puerto de Haina y por algún sitio habrá que transportarlas. Si, es verdad. Pero el malecón no es cualquier sitio; es un tesoro para deleite de los sentidos y del espíritu. Y debe preservarse.

Además, con un poco de organización se puede lograr que las mercancías se distribuyan por puertos diferentes sin necesidad de concentrarlas en Haina. O que el transporte se haga por otra ruta en horarios especiales. O se construya, si no existiera.

Es tan fuera de lugar todo esto, que hasta pudiera concluirse que no hay autoridad. Existen, eso sí, funcionarios encargados de aplicarla, pero están condicionados por el virus maldito de la política que los lleva a no hacer nada que toque intereses y malogre sus aspiraciones de perpetuarse.

Y no puede ser. Hay que repudiar esa manera de entender la política.

Los negocios son lícitos, el transporte lo es, pero el afán de enriquecimiento no puede imponerse por encima de los derechos de los ciudadanos a vivir en una urbe limpia, aseada, provista con normas racionales de tráfico, en que se reserven lugares emblemáticos al ocio y a la convivencia social.

Lo más llamativo es que en el propio malecón se observan innovaciones bien orientadas, a las cuales debe darse la bienvenida. Por ejemplo, puede verse a encargados de seguridad desplazándose por la acera del malecón, montados en patinetas eléctricas para no perturbar, ni causar ruido ni contaminar.

¡Oh contraste! Aquellas frágiles patinetas silenciosas, zarandeadas por los bufidos y resoplidos de las grandes patanas que les pasan por el lado, emitiendo sonidos rugientes para acallar aun más su silencio pudoroso.

Por Dios, dejen espacio al ciudadano para que pueda expulsar el estrés a que lo somete el calvario de la convivencia diaria, en una ciudad tan llena de espantos.

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