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Convergencia económica en la globalización

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Convergencia económica en la globalización

“Desde 1960, el crecimiento económico en el mundo en desarrollo ha convertido a muchas economías de bajos ingresos desde la pobreza hacia un nivel de ingreso medio e incluso en economías de altos ingresos. Sin embargo, solamente pocos países han sido capaces de alcanzar los niveles de altos ingresos del mundo desarrollado y permanecer en ese nivel... Este fenómeno de “trampa de ingreso medio o bajo” levanta preocupaciones acerca de la validez de la teoría neoclásica del crecimiento, la que predice la convergencia económica global.” Wen y Arias, Banco de la Reserva Federal de San Luis, 2015.

El modelo de crecimiento de Robert Solow sentó las bases para la teoría de que las economías, independientemente de sus puntos de partida, seguirían una ruta hacia la convergencia incondicional. Asumiendo que en el largo plazo el cambio tecnológico y la depreciación del capital –entre otros supuestos- no presentan diferencias entre las economías, la convergencia resultaría automáticamente. Esto es, países con altos niveles de pobreza crecerían más rápido que los países desarrollados, de manera que en algún momento del tiempo alcanzarían los mismos niveles de desarrollo. Para algunos países esto ha sido posible; pero para la gran mayoría la convergencia es una aspiración que simplemente luce inalcanzable. Una teoría no puede ser válida si solo sirve para explicar exclusivamente unos cuantos casos especiales.

De ahí que fuera necesario pensar en otro tipo de convergencia; la convergencia condicional. La diferencia fundamental con la convergencia incondicional es que las economías, en lugar de converger hacia la misma ruta de equilibrio, lo hacen hacia su propio estado estacionario (steady state), por lo que el equilibrio en cada economía puede ser de naturaleza diferente. Ahora bien, si las trayectorias de las economías pueden ser diferentes y los equilibrios también, cuál es la utilidad de una teoría que postula la convergencia –condicional o incondicional. En el fondo subyace la idea de que las economías subdesarrolladas tienden a alcanzar un nivel determinado de desarrollo, similar al de los países más avanzados; algo que no necesariamente es cierto, pues éstos no permanecen estáticos y la noción de desarrollo va cambiando continuamente; es como si a los países en desarrollo se les fuera moviendo el objetivo al que debieran llegar.

La realidad es que no hay razones fuertes para pensar que la convergencia de los países pobres y ricos sea una tendencia inevitable, aunque pudiera ser deseable. Probablemente, sea todo lo contrario; que hay más razones para pensar que la divergencia económica en la globalización es más dominante. Incluso, se pudiera argumentar que aun cuando las economías de ingresos medios o bajos crecieran más rápido que las desarrolladas no habrían garantías de que ese crecimiento se convierta automáticamente en desarrollo. El hecho de que un país alcance niveles altos de ingresos per cápita no asegura su desarrollo. Algunos países petroleros pudieran ser clasificados como de altos ingresos y, a la vez, de bajos niveles desarrollo.

No obstante, los países desarrollados continúan siendo un referente obligado para medir el avance de los países en vías de desarrollo. Rodrik plantea (The future of economic convergence, 2011) que el crecimiento en el mundo subdesarrollado no debiera depender del crecimiento en las economías avanzadas, sino en las diferencias en los niveles de productividad en estos dos grupos de países; y que la capacidad de cerrar la brecha de convergencia depende de la habilidad de los países pobres de “absorber ideas y conocimiento desde la frontera tecnológica”, pues en el presente esa brecha de convergencia permanece tan grande como en 1950. En este sentido, la adopción y adaptación a nuevas tecnologías constituyen piezas claves para armar el rompecabezas de la productividad y la competitividad.

A la luz de estos planteamientos, surge la inquietud de si la República Dominicana, con sus altos niveles de crecimiento económico, lo que le ha permitido alcanzar el umbral de una economía con ingresos medios, ha ido –en la misma proporción- cerrando la brecha de convergencia con países desarrollados, como por ejemplo, Estados Unidos. A pesar de ese crecimiento, nuestro país presenta indicadores que nos mueven a sospechar que la brecha con los países desarrollados se ha ensanchado. Los índices de criminalidad, las deficiencias en el sistema de salud, los altos niveles de corrupción, la baja calidad del sistema educativo, un sistema judicial cuestionado, baja innovación tecnológica, y los bajos niveles de competitividad internacional, conforman un cuadro que tiene como telón de fondo un débil soporte institucional.

En este contexto, es posible que hayamos reducido la brecha del crecimiento económico, pero la brecha del desarrollo continúa siendo una tarea pendiente de las políticas públicas. Tal como señala Rodrik en el citado ensayo, el énfasis en la estabilidad macroeconómica ha mejorado la capacidad de las economías en desarrollo para enfrentar choques de diferentes naturalezas, pero no significa que automáticamente se esté logrando un dinamismo que conduzca al desarrollo económico. Se necesita algo más que simplemente crecer.

Pedrosilver31@gmail.com

@pedrosilver31

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