¡Cuánta “merde”!

Cada día se apila más basura. Los drenajes de nuestras visiones se encuentran tapados por los residuos de un sistema enmohecido del que solo se benefician los dueños del gran capital y el poder

Las imágenes rodaron por el planeta. Su verdad, tan explícitamente cruda, redujo a parcas notas los reportes de las grandes agencias del mundo: BBC, New York Times, MSN, Yahoo... Santo Domingo, la capital del principal destino turístico del Caribe, recibía una oleada titánica de basura plástica.

La rápida visita de una menguada tormenta tropical bastó para sacar al sol la cara más fea de nuestra vergüenza. Más de dos mil toneladas de residuos inorgánicos arroparon en un pestañeo la marea del mar Caribe, convirtiendo la costa capitalina en un pandemonio.

Los reportajes, sutilmente insidiosos, recordaban que el país culpable de ese pecado ecológico es el mismo que mercadea sus “paradisíacas” playas como las mejores del mundo.

Me sentí arrobado por el frenesí, y no precisamente de rabia sino de sarcasmo. Gocé el morbo de la vergüenza. Esos “atracos” de la naturaleza son sublimes, dramáticamente excitantes. Y es que no solo sacan a flote los desechos de nuestra apatía sino que desvisten las intimidades de nuestra miseria, esas que hoy trata de arropar el progreso de lentejuelas que nos venden como enema anestésico.

¡Las bellaquerías de las temporadas ciclónicas son geniales! Dejan sin argumentos los discursos liberales, ridiculizan las cifras macroeconómicas, desmitifican las creencias ingenuas, encueran las hipocresías sociales y sacuden del embeleso a miles de capitalinos que contemplan extasiados cómo se empinan sus torres hacia el Caribe.

Aquella masa de desechos, pesadamente movida por las olas, agitó en mis recuerdos imágenes mugrientas de nuestro mal vivir. Sí, esa ruda e inmutable historia de sobrevivencia en una sociedad de cartón, sin orden, autoridad ni respeto; rica en carencias y domesticada con el látigo de la sumisión, la ignorancia y el miedo.

Me reí con ganas indignantes cuando la excavadora mecánica enterraba su dentado hocico en el lodo y extraía de sus entrañas los vestigios de nuestras penurias: botellas, vasos, platos, fundas, catres, bacinillas, enrejados, andrajos; en fin, una confitería gourmet de la vida arrimada.

Pensé en las noches de juerga de las marinas del este, en los descorches espumantes de Veuve Clicquot, en los clubes de polo, en las mudas rivalidades por los yates más lujosos, en los penthouses de seis millones de dólares, en las tertulias sobre los planes invernales en Vail, Aspen, Chamonix-Mont Blanc o St. Moritz, en los regalos de Saks Fifth Avenue, en los rendimientos del portafolio de inversiones, en las caballerizas de crianza equinas, en los retratos de la vanidad elitista y en las suaves texturas de las páginas rosas.

Ese mundillo arrogante y perfumado rescatado por el abolengo, la fortuna y la tradición de poder y mantenido en sus privilegios por el miedo. En su vida no laten los sobresaltos, los apremios ni las penurias de los millones que no tienen la seguridad de un bocado ni la esperanza de una cirugía. Para ellos solo necesitamos ajustar algunas cosillas ¡y el futuro nos sonríe! Las quejas son berrinches de mediocres; las críticas, expresiones envidiosas; las sátiras, gritos rencorosos; las demandas, acciones subversivas.

Esos son los que imponen el discurso de “la democracia pálida”, de las formas decentes, del bienestar económico, del progreso sin concesiones, de los cambios dirigidos, del diálogo de cúpulas, del laissez faire, de “las cosas como están”. Los que se creen héroes inmensos solo porque dan empleo y pagan sus impuestos.

La otra lección de esa tormenta fue su narrativa social. Esa que se recrea bajo la sombra de las apariencias. Sí, eso somos: una sociedad de puras formas regida por un Estado lisiado por su pesadez burocrática, ineficiente por definición, movedizo por su arbitrariedad y sin visión de desarrollo por su corrupción.

Detrás de esa institucionalidad de facha se amontona toda la mugre evacuada por la dejadez social: fortunas del poder, atrasos espantosos en las condiciones de vida, concentraciones de riqueza en manos de pocos, la imposición de la impunidad como cultura social, deudas históricas abandonadas y un sentido instintivo de provisionalidad que hace quimérica toda expectativa de arraigo y seguridad en un país cada vez más hostil donde seis de cada diez quisiera emigrar.

Cada día se apila más basura. Los drenajes de nuestras visiones se encuentran tapados por los residuos de un sistema enmohecido del que solo se benefician los dueños del gran capital y el poder. El resto es una servidumbre harapienta, tan acostumbrada a los arrabales que ya perdió el olfato para respirar sus propias vaharadas.

Pero ¡cuidado con ese discurso resentido, fatalista y trasnochado, lleno de odio social! Así se interpretan en ese mundo estas alertas, cuando en el fondo lo que se busca es que hagan más de lo que reciben.

Cuando la tormenta social en incubación desate sus furores, saldrán a flote todas las inmundicias tapadas por la indiferencia y la complicidad. Entonces nos acordaremos del día en que el mar Caribe nos avergonzó frente al mundo y volveremos a leer este desahogo “pesimista”.

joseluistaveras2003yahoo.com

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