Cultura epiléptica

Somos una sociedad agitada por las fuerzas ciegas del consumo. Sufrimos una agresión violenta del mercado que nos impone hábitos, estilos de vida y cosmovisiones existenciales.

Hace unos días, vacacionando por Barcelona, recibí una llamada de Pastor de Moya. El motivo de su aparente apremio no era tal. Quería contarme su impresión sobre un artículo que publiqué en este diario. La conversación fluyó a su antojo. Pastor no es un poeta de vaga definición; de hecho, pienso que no cabe en ninguna. Es un cronista alucinado de la carnalidad, cuyos confines trepa con destreza suicida.

La plática empezó de forma rutinaria, pero fue escalando en abstracción hasta romper en la catarsis. Al referirse a la mediocridad que nos envenena, Pastor, de retórica profana, usó una imagen robusta: “cultura epiléptica”. Esa expresión me aturdió. El poeta apenas la insinuó convencido quizás de que yo tenía su calado imaginativo. Nunca sospechó que me quedaría rumiando el concepto por varios días hasta comprender su ingente fuerza descriptiva, esa que trato de condensar en esta entrega.

Cierto, la epilepsia, como trastorno neurológico provocado por un incremento anormal de la actividad eléctrica cerebral, se expresa en convulsiones, babeos, inconsciencia temporal y estado de miedo, ansiedad o déjà vu. Pensándolo bien, ¿cuál otro cuadro puede describirnos tan frenéticamente?

Somos una sociedad agitada por las fuerzas ciegas del consumo. Sufrimos una agresión violenta del mercado que nos impone hábitos, estilos de vida y cosmovisiones existenciales. Bajo su control enajenante nos realizamos en la intrascendencia, en la supremacía del hedonismo, en la glorificación de la banalidad. Nuestras convulsiones nacen de la eufórica victoria del yo, de la espectacularidad del éxito, de la fascinación narcisista, del morbo excitado y otras tendencias no menos torcidas.

El mercado es el “constructor social” de todos los tiempos. Al respecto, el sociólogo inglés Zygmunt Bauman escribió: “Además de tratarse de una economía del exceso y los desechos, el consumismo es también una economía del engaño. Apuesta a la irracionalidad de los consumidores, y no a sus decisiones bien informadas tomadas en frío; apuesta a despertar la emoción consumista, y no a cultivar la razón”.

Hemos asimilado sin filtros esa “racionalidad emotiva” tan débil y veleidosa como la moda, que nos aleja del pensamiento constructivo, de la reflexión creativa, de la abstracción autocrítica y de la búsqueda de la espiritualidad. Crecemos en masa flácida sin una estructura ósea que nos dé consistencia social. Construimos un cuerpo mórbido y desvertebrado, pesadamente lento para migrar a niveles evolucionados de realización colectiva. Eduardo Galeano renegaba de ese arquetipo social que nos deforma: “Estamos en plena cultura del envase. El contrato de matrimonio importa más que el amor, el funeral más que el muerto, la ropa más que el cuerpo y la misa más que Dios”.

Hace unos días, transitando por Instagram, me sorprendió la cantidad de anuncios publicitarios pagados por jóvenes en los que promovían sus imágenes corporales en formatos explícitos. No se trataba de ofertas sexuales sino de líneas estándares de autoexpresión en la cultura de las redes, basadas en los mismos códigos y canales de venta para productos o servicios. Mercadear la intimidad del cuerpo solo para disfrutar el placer de un “me gusta” es un retrato patético de la vida “en superficie”. Un síntoma funesto de “cosificación” terminal.

Otro síntoma de la cultura epiléptica es el babeo. La baba es el lenguaje oficial de la necedad. Nos han ahorrado hasta el pensamiento envasando en clichés sus conceptos. La comunicación ha perdido sensibilidad, sintonía y dimensión creativa; hoy es más utilitaria que esencial: un repertorio, al decir de George Steiner, de “verdades cansadas”. Se habla mucho, se comunica poco; se publica más de lo que se escribe. Los discursos son zurcidos de fórmulas preconcebidas que, como parches en un tejido remendado, quiebran su textura sustancial. El lenguaje es una experiencia frívola, desconectada y predecible. La lógica de los estereotipos impone su falso sentido para que su víctima se asocie con la percepción prefabricada y sacarla así del debate. Cuando a tales tachas se le suman prejuicios personales, entonces lo que queda del individuo es un residuo fecal del sistema. Otra versión “a modo de ahorro” del “pensamiento” social es la que proporcionan las redes. Los conceptos son tan minimalistas que pueden caber en un tuit. Lo trágico es cuando sus opinantes profesionales o influencers esperan o reclaman categorizaciones intelectuales por su ejercicio. Razonar en doscientos ochenta caracteres es una pretensión soberbia de la mediocridad; conocer el pensamiento de alguien por dos o tres mensajes es más temerario que la ignorancia. El debate sustantivo aburre, fastidia e inoportuna. El lenguaje artístico pierde devoción, la poesía languidece y la sensibilidad perece.

El cuadro epiléptico remata con un estado de miedo, ansiedad o déjà vu. Aceptamos vivir el autoengaño del progreso para ni siquiera pensar en nuestra insignificancia. Preferimos inhalar el humo narcótico de la futilidad para que las neuronas, en su vértigo hipnótico, nos pongan a pensar inversamente. Somos adictos al delirio de lo vano. Una cultura rendida, apocada y temerosa escondida de su propio miedo; moldeada a la imagen de su conformidad; haciendo de su resignación un “suicidio cotidiano” (la expresión es de Honoré de Balzac). Nos hemos castrado para acomodarnos a un presente eterno, sin más movilidad que el paso del tiempo. Las fuerzas de nuestro viejo carácter enérgico han preferido cauces más cómodos. Nos llegó el tiempo de pensar y no sabemos cómo comenzar, sobre todo cuando pocas veces nos hemos preguntado colectivamente qué queremos. La tarea se dificulta con una pila de escombros del pasado. Tenemos que levantarnos.

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