20180915 https://www.diariolibre.com

Desde hace dos años estamos explorando minuciosamente el periodo que va desde la ocupación despótica de Santo Domingo (enero 1801) por el autoproclamado gobernador vitalicio Toussaint Louverture, hasta la recuperación del territorio “dominicano” por la expedición napoleónica, en virtud del tratado de Basilea (1795). Si exceptuamos las compilaciones de Emilio Rodríguez Demorizi sobre la Cesión a Francia y Era de Francia, o informaciones “picoteadas” por historiadores en José Gabriel García, Madiou y otros, sobre esos acontecimientos se imponen a profusión disquisiciones verbosas. La relativa “haitianización” de la historia de este periodo, con la que denominados marxistas justifican el proyecto colonial clásico de Louverture en Santo Domingo, cimentado en grandes plantaciones, con una generalización del trabajo forzado (en términos históricos un estado de semiesclavitud), nos motivó a darle caza a la verdad histórica.

¿Qué buscábamos? Deseábamos conocer qué ocurrió cuando el comandante militar François Marie de Keverseau enviado a Santo domingo por Leclerc, yerno de Napoleón Bonaparte, desembarcó con solo 450 hombres el 10 pluvioso año 10 (calendario revolucionario), es decir el 30 de enero de 1802 para expulsar a Louverture y su soldadesca. ¿Cuál comportamiento adoptaron los hispano-dominicanos? ¿Y por qué los negros nativos apoyaron al inicio a brazos abiertos a los franceses y no a los haitianos? Aprovechamos la creación por el archivo nacional francés de un inventario digital para comenzar nuestras exploraciones. No fue fácil, pues la desconcentración del archivo (Fontainbleau, París y Pierrefitte sur Seine) respondió más a un efecto de saturación que a una clasificación por zonas geográficas o periodos históricos. Algunas semanas rastreando al fantasma de Keverseau dieron resultados mediocres. Después de meses dimos con el “archivo Donatien Rochambeau” capitán general de la isla, sustituto de Leclerc, después que este moriría de fiebre amarilla en Cabo haitiano. Hurgando con paciencia benedictina “descubrimos” el código que aludía a decenas de cartas firmadas desde Santo domingo por Keverseau, enviadas a Rochambeau pero no disponibles en digital. Los archivistas franceses habían clasificado las cartas por jerarquía militar y no por apellidos. Keverseau era el subalterno de Leclerc y luego de Rochambeau. Es de advertir que esos documentos fueron, como todos los archivos franceses, secuestrados por los ingleses que ayudaron activamente a los haitianos a independizarse en 1804, imponiendo un bloqueo y apresando a los sobrevivientes, entre ellos Rochambeau. No sin cinismo el “archivo Rochambeau” fue subastado más de un siglo después en Londres, durante el año 1956. Uno de los más importantes empresarios cubanos, Julio Lobo (rey del azúcar), fanático admirador del emperador Napoleón, compraría parte de los documentos, poco antes de la revolución cubana; Francia adquirió la otra.

Cabe evocar el fuerte apoyo moral recibido de parte del archivo general de la nación, y en particular en la persona del intelectual cubano-dominicano, Eliades Acosta, subdirector de investigación de la entidad. Aprovechamos la visita anual parisina a nuestros hijos para dedicar algunos días de trabajo gratuito en el archivo.

Cuando llegamos al archivo francés bajo gélidas temperaturas, nos sorprendimos que un funcionario nos dijera que ya estábamos inscritos. En efecto habíamos hecho algunas maniobras digitales en dominicana bajo la clave de “Caonabo”. De una vez, nos hizo una instantánea de identidad y en cuestión de segundos nos entregó un carnet de miembro del archivo. Pasamos a la sala, con datos seguros. El “archivo Rochambeau” estaba disponible en microfilm.

Con excitación infantil nos dedicamos a leer el rollo entero con un cuaderno de apuntes. La lectura duró unas cinco horas y provocó en nosotros una insoportable migraña. No es ocioso explayar de manera resumida los principales ejes temáticos que atraviesan esas cartas, accesibles, por tener Keverseau una escritura elegante:

Sobresale el estado de miseria prehistórica en que estaban sumidos los negros dominicanos, y la población campesina, vejados por la soldadesca de Louverture. Los sarcasmos de Keverseau en sus cartas hacia la población harapienta del sur, demostraría que los hispanos-dominicanos liberándose de los haitianos (aún franceses) continuarían a padecer humillaciones.

Una larga carta de 5 páginas firmada por unos 300 vecinos, denunciando el periodo del “bárbaro Toussaint”, acusado de haber usurpado la representación del tratado de Basilea. Estaba fresco en la memoria colectiva el asesinato por Toussaint de centenas de soldados humildes del batallón fijo, hecho de sangre que dejaría por largo tiempo a los hispano-dominicanos desarmados frente a los franceses. En dicha carta hay peticiones para que los franceses bajen los aranceles de la venta de caoba.

La incorporación forzada al ejército napoleónico de los sectores pobres, reforzó el españolismo y la reivindicación del rey de España como único jefe militar a quien obedecerían. Keverseau no comprendió ese acendrado espíritu español y vaciló en actuar por la fuerza; no asimiló que el agradecimiento de los hispano-dominicanos, por haberlos liberados de la dominación de Toussaint, no quería decir que los franceses podían disponer de sus vidas a su antojo.

Pedro Escalante, “negro español” desconocido en la historia dominicana, surge en los documentos como el jefe dominicano de los manieles. Keverseau lo nombró capitán de una tropa que debía ir a combatir a los independentistas haitianos en la zona fronteriza. Las tropas dominicanas le manifestaron que preferían dedicarse a sus tierras y familias. El capitán Escalante es fusilado con otros negros por traición. Kerverseau siempre despectivo dice de los hispano-dominicanos que “no sirven para nada “, son una “nulidad” y además “cobardes”. Los independentistas haitianos tratan de atraer a los hispano-dominicanos en la guerra contra sus amos. Reciben la misma respuesta dada a Keverseau: solo combatirían por el Rey de España.

Durante el proceso tortuoso de instalación de Keverseau surgen graves desavenencias con los blancos criollos. Los franceses, como Toussaint, se servirían de la riqueza ganadera para su ejército. Las protestas no tardaron; Keverseau le escribe a Rochambeau que “los blancos españoles en la parte este son peores que los negros”. Llega septiembre 1803 y el criollo Juan Barón, que había embestido las tropas de ocupación de Toussaint, perdió su galón de coronel con la llegada de los franceses. Considerado como el “jefe de los españoles”, lidera en Santo Domingo una resistencia pacífica contra los abusos. Keverseau decreta el estado de sitio y encarcela a Juan Barón a quien acusa de “agitador y “traidor”.

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