El Cambio es un Proceso
Las altas expectativas que tiene gran parte de la población con respecto al gobierno recién instalado pueden ser peligrosas, primero porque las nuevas autoridades no son magos ni Mesías, sino personas de carne y hueso con la firme determinación de hacer una gran diferencia para la nación.

El sábado pasado 15 de agosto escribí en mi cuenta de Twitter “CUIDADO con las concepciones mágico-religiosas del CAMBIO. Es un proceso que se construye día a día, en lo cultural, en lo económico, lo judicial y lo institucional”. Y le agrego en lo ético, social y ciudadano.
En su discurso del 16 de agosto el presidente Luis Abinader expresó “...no voy a engañar a nadie con palabras dulces, promesas huecas ni horizontes falsos porque, ni la altísima magistratura que hoy asumo ni la decencia me permitirían semejante irresponsabilidad, porque vivimos una de las horas más difíciles de nuestra historia para la que no contamos con precedentes ni disponemos de recetas probadas porque, sencillamente, no existen.
Aun así, en este día solemne, ofrezco trabajo y diálogo ilimitado para, entre todos, salir adelante mas fuertes, mas unidos y cargados de esperanza.”
Las altas expectativas que tiene gran parte de la población con respecto al gobierno recién instalado pueden ser peligrosas, primero porque las nuevas autoridades no son magos ni Mesías, sino personas de carne y hueso con la firme determinación de hacer una gran diferencia para la nación. Pero es materialmente imposible que todas las expectativas de la población queden satisfechas en el lapso de 4 años, y ni decir en lo inmediato.
Todas las teorías del cambio lo explican de manera clara: todo cambio es un proceso que se construye en un horizonte humano, medible no solo por sus resultados sino por la calidad misma de sus procesos. Siendo el fortalecimiento de la democracia la primera beneficiaria.
Las expectativas sobredimensionadas, a corto y mediano plazo pueden ser frustratorias e irrealizables. La ciudadanía debe apoyar el proceso en los términos viables. No tener esta comprensión implica un peligro para la democracia, que se sostiene en la confianza de los ciudadanos en los principios e intenciones de sus líderes.
Tal como se ha expresado, los grandes desafíos que tiene el país, la población y el gobierno que recién se instala están en las áreas sanitarias, económicas y judicial-institucional. Las soluciones deben tener vocación transformadora.
Ni los problemas son triviales ni las soluciones pueden ser festinadas.
El reto del cambio en lo judicial quedó resumido el 16 de agosto con estas palabras “no habrá impunidad para la corrupción del pasado ni del futuro”, “ni retaliaciones políticas” y su intención de viabilidad nombrando al frente de la Procuraduría General de la República una jurista de gran formación en las lides judiciales y con buena reputación en la ciudadanía.
El salto de avance de nuestro modelo del ejercicio del poder y nuestra madurez institucional se está impulsando a partir del compromiso ético evidenciado en la escogencias de los titulares de los ministerios. El cual es buen comienzo, pero no suficiente. Las profundas reformas institucionales que debemos impulsar como nación requieren mucho más que esto.
En el plano social económico basta con observar nuestras marginaciones sociales, nuestra incultura, las deficiencias de los servicios médicos, por no hablar de medicina preventiva, el fracaso reiterado en las pruebas de calidad de nuestro sistema educativo. Una larga lista queda sin ser citada. Entre ellas algo no mencionado por Abinader en su discurso y que sí tiene una causa directa en el ejercicio abusivo del poder, la corrupción y la impunidad, es el exagerado costo de las campañas electorales. Cualquier candidatura a concejal, diputado, senador y por supuesto a presidente de la República cuesta una fortuna inmensa, lo cual además de limitar el ascenso inclusivo de nuevos liderazgos produce una consecuencia muy perniciosa a nuestra democracia prohijando abiertamente la corrupción, la conchupancia, el clientelismo y la complicidad sector público – sector privado. Así con el objeto de compensar el alto financiamiento de las campañas electorales nos repartimos el estado como botín.
Adelante, que la acción ciudadana sea responsable y firme, pero sobre todo realista y concertadora. Y las acciones y decisiones de las nuevas autoridades igualmente responsables, transparentes, justas y con “trabajo y dialogo ilimitado”.

Nelson Espinal Báez