El círculo hermético de Hermann Hesse
La fascinación que tuvo Hesse en el lector hispanoamericano puede ser asociada a la que había ejercido la obra de Rousseau en los intelectuales del siglo XIX con su teoría del “buen salvaje”.

Impresionado por la lectura de Demian, en 1945, el chileno Miguel Serrano no se conformó con devorar otras novelas de Hermann Hesse, sino que se le presentó al conocido novelista alemán en su tranquila residencia de Montañola, pequeña ciudad del Ticino suizo, para conocerle personalmente. En C. G. Jung y Hermann Hesse: relato de dos amistades, Serrano hace la historia de una fascinación que comenzó en junio de 1951 y que no terminó con la muerte del novelista el 9 de agosto de 1962.
Una amistad inexplicable si se toma en cuenta el deseo de soledad de Hesse y su vida retirada en Montañola, Suiza. El mismo Serrano no lo entiende. Cuando le hace saber a Hesse su asombro, éste le responde: “Nada se debe al azar. Aquí sólo los buenos visitantes se encuentran. Aquí estamos en el círculo hermético”.
Pero la espontaneidad del solitario Hesse ante el joven chileno podría interpretarse como una manera de expresar su reconocimiento al continente hispánico por la recepción que había tenido su obra luego de la Segunda Guerra Mundial. Su popularidad, antes de recibir el Nobel en 1946, era notable en América Latina.
La popularidad de Hesse en América Latina ha dado lugar a mucha especulación. Se ha dicho que se le consideraba como una suerte de profeta. Sin embargo, las corrientes literarias (romanticismo y expresionismo, así como el hinduismo) notables en su obra, nos permitirían comprender lo que tocó la sensibilidad del lector hispanoamericano. El romanticismo, por ejemplo, había jugado un papel importante en las independencias de América Latina en el siglo XIX; lo fantástico y el expresionismo fascinaban al lector de un continente que tenía, a menudo, dificultades para distinguir la realidad de la ficción. En cuanto al hinduismo, éste evoca en cierta medida a los aborígenes del Nuevo Mundo que habían sido aplastados por el conquistador español.
Cuando la obra de Hermann Hesse fue descubierta por la juventud estadounidense ya era muy popular en la América hispánica. “Sabe usted –dijo Hesse a Serrano un año antes de su muerte– que el editor español Aguilar ha comenzado la traducción de mis obras completas”. Aunque no por las mismas razones, la popularidad que los jóvenes norteamericanos de la revolución psicodélica dieron a la obra de Hesse tuvo también repercusiones en América Latina durante los años 60. Los jóvenes estadounidenses habían visto en Hesse un rechazo del materialismo de la vida moderna, de la sociedad de consumo. En América Latina, en cambio, se hacía otra lectura. Las condiciones sociales y económicas no eran las mismas. La fascinación que tuvo Hesse en el lector hispanoamericano puede ser asociada a la que había ejercido la obra de Rousseau en los intelectuales del siglo XIX con su teoría del “buen salvaje”. Se veía en sus personajes al hombre que rechazaba el mundo civilizado y buscaba uno nuevo. El que muchos europeos habían elegido durante la Segunda Guerra Mundial.
A pesar de la popularidad de Hermann Hesse en Latinoamérica, su obra no parece haber dejado una huella en la de los escritores que dieron una dimensión universal a la literatura hispanoamericana. Es posible que, como lectores, Hesse les fascinara, pero no como escritores. Cortázar y García Márquez, por ejemplo, muy marcados por lo fantástico e incluso por el expresionismo, estarían más cerca de Kafka y Faulkner que de Hesse. La obra de Hesse rechaza un mundo que él considera acabado. Los escritores latinoamericanos del boom trataban más bien de contar un mundo completamente desconocido, un mundo casi irreal, mágico. Cuentan el mundo que aún está por descubrir.
La mejor explicación, a mi entender, sobre la razón por la que la obra de Hesse no tuvo influencia en la obra de los novelistas hispanoamericanos la establece Mario Vargas Llosa en La verdad de las mentiras (1990): “Ni éste [El lobo estepario] ni ninguna de las demás novelas de Hermann Hesse figuraron entre mis libros de cabecera durante mis años universitarios; mis preferencias eran por las historias en las que se reflexionaba menos y se actuaba más, por las novelas en que las ideas eran el substrato y no el substrato de la acción”.
Vargas Llosa tiene razón con respecto a su obra y a la de otros escritores como García Márquez, Fuentes, Cortázar y Carpentier, para sólo citar algunos de los más renombrados; en cambio, no se puede decir lo mismo de la exitosa obra del brasileño Paolo Coelho, en particular su novela El alquimista, un best-seller mundial en cuyo trasfondo filosófico no puede negársele, al margen de su calidad literaria, la influencia de Hermann Hesse. Coelho no es el único. Existe también una literatura en América Latina de corte filosófico cuya influencia pasa primero por la impronta que la obra de Hesse dejó en algunos escritores norteamericano de los años 60 y 70.
A pesar del reconocimiento del lector de lengua española es incomprensible que la recepción de sus novelas no se vislumbre en los escritores que le dieron sus títulos de nobleza a la literatura hispanoamericana que hoy sigue su camino y ha trascendido las fronteras de nuestra lengua.
Guillermo Piña-Contreras