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El país visto a la distancia, y desde aquí

De vez en cuando salimos del país, y entonces es cuando tenemos la sensación de que dejamos atrás a una isla donde nacimos, y crecimos y quisiéramos morir, y sin embargo basta que pisemos otros puertos para interesarnos por lo que allí nos rodea, y sentir que estamos ausentes.

Regreso después de un mes por varios estados y pueblos de los Estados Reunidos en Washington, que no tan Unidos entre sí por las características de cada uno, salvo en las elecciones presidenciales y en ciertas leyes generales como la Constitución. Me tocó esta vez pisar Borinquen, y hacer entrada formal, luego llegar a Tampa y más tarde volar hasta Charlotte y de ahí arribar a New York, y hacer luego todo el proceso a la inversa. Malditos sean los ceremoniales de los abordajes que debemos a Bin Ladem que logró meter en pánico a aquel enorme país. Desde la segunda capital dominicana y su vecina New Jersey, me moví hacia el norte: Boston, Worcester, Lawrence, New Hampshire, donde sentí el otoño multicolor y la frescura del tiempo. En todas partes estuve ligado y en los hogares, de familiares cercanos y amigos íntimos dominicanos y mientras ellos, en su mayoría, estaban mirando noticias criollas y discutiendo y hablando del tema del día, los plátanos por las nubes y otras menudencias políticas, me sentía bien lejos en mi laptop.

Uno sale del país, y va a los museos y bibliotecas, como pude ir al Metropolitano a pie desde Broadway, y pasarme cuatro horas observando y retratando, y al otro día al Museo de Arte Moderno, al Moma, con deseos de subirme a la Cabra de Picasso, que ahora no está en los jardines, sino en las salas picassianas, y a la Biblioteca principal de Boston, donde hay muchos libros criollos, y encontré tres de los míos.

Las infaltables visitas a los grandes y extraños supermercados con productos orgánicos, los monstruosos BJs y Cotsco; y naturalmente, los increíbles downtown de New York y Boston.

Las obligadas cenas de sábados en magníficos restaurantes, la visita a Orlando sin mirar hacia los Disneys, buscando comidas sanas sin black pepper a la que soy alérgico, en una búsqueda casi infructuosa, salvo en las comidas italianas, y en fin, tratando de olvidarme durante esos treinta días de los procesos por corrupción del país, e intentando atisbar lo que pasaba en aquel mundo que visitaba, pero a los dominicanos no les importa mucho lo que sucede realmente en ese extraordinario lugar donde habitan. Ellos, contrario a mí, con las excepciones de lugar, “no habían salido de su isla”.

Parece ser que, para ser dominicano en verdad, interesarse profundamente en el proceso social y político, es necesario irse fuera, y ver desde la distancia lo que pasa en su terruño. Los vi dispuestos a vociferar, a salir a las calles a protestar como lo hacían en los suburbios del Bronx. Sentían como si fuera a ellos que les quitaran los millones que roban los políticos. Ahora en el proceso electoral, algunos apuestan a que Trump ganará, aunque lo detestan, bien saben que los que estén a favor de los latinos y de los negros, podrán perder.

No me encontré con literatos criollos, salvo una vez que saludé a un par mientras comprábamos en el Cotsco de New York. No fui a teatros ni al cine. Quería tocar y palpar la forma ordinaria de vivir la gente, y sin embargo, nunca veía, fuera de los centros comerciales y las partes céntricas y en los trenes y las guaguas, a los americanos. Son distantes, como aquel cisne de fieltro de Neruda.

Al regresar a mi isla, al verla desde el aire verdeando y azuleando, observando a mi compañero de asiento orar con fervor, hasta enterarme que es pastor de la Asamblea de Dios en Santiago, aquel fresco humano que observé en las calles y en las plazas y comparar al llegar, aunque me sentí feliz, y no hay nada más hermoso que estar en casa, no sé, no me lo explico, pero cada vez que salgo a las calles, noto cierta grisura, cierta niebla en torno a todo, y aunque no quisiera vivir ni morir fuera de estos mares y estas montañas, aunque no compare precios ni detalles, siento que algo falta; no sé qué, lo respiro en el aire, lo leo en los diarios, lo escucho en los noticieros y en los programas que atisbo en vehículos públicos: Siento un sabor a mediocridad, huelo un olor a desprestigio, algo que bien podría ser definido por la palabra melancolía o por la más cruel y terrible de todas: la palabra impotencia.

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