20180914 https://www.diariolibre.com

«Es valioso notar que hay dos razones por las que el bienestar, al igual que la producción, es importante para la medición económica. Primero, las medidas del bienestar son necesarias para evaluar el potencial resultado de cambios en las políticas económicas y evaluar los resultados luego que los cambios han ocurrido. Segundo, conceptos que describen la distribución del ingreso, tales como pobreza y desigualdad, caen dentro del ámbito del bienestar, mas que en el de la producción. [...] Sin embargo, el concepto del PIB es ardientemente debatido y el presente debate ha entusiasmado a entusiastas y a detractores». Dale W. Jorgenson, Production and Welfare: Progress in Economic Measurement, Journal of Economic Literature, septiembre, 2018

A pesar de casi quince años de crecimiento económico y estabilidad de precios los dominicanos no se habían percatado de que habían estado viviendo en un modelo económico ideal. Fue realmente una sorpresa para la mayoría de esos dominicanos enterarse que están viviendo en el mejor de los mundos posibles; incluso, ya no es necesario cambiar el modelo económico: lo ideal no se cambia. Pero resulta, como tantas veces se ha repetido, que el crecimiento económico no es sinónimo de bienestar social. Y, justamente, esa es una de las críticas que más frecuentemente se le hace a una economía que como la dominicana crece por encima de todas las circunstancias. Una verdadera virtud.

Esto no se debe tomar por el lado equivocado. La importancia del crecimiento económico no debe ser subestimada en cuanto al impacto que tiene en la función de bienestar social. Es tan simple como decir que sin crecimiento es prácticamente imposible mejorar los niveles de dicho bienestar. Pero también se puede afirmar que el crecimiento per se no garantiza una mayor satisfacción social. Pudiera decirse que estas son verdades axiomáticas, no necesitan demostración. Igualmente es cierto que, desde la primera mitad del siglo XX y con los trabajos pioneros de Simon Kuznets, se han hecho grandes avances en la medición del producto interno bruto, y un limitado progreso en la medición del bienestar social.

Ese es, precisamente, el tema que aborda el meritorio profesor de Harvard Dale Jorgenson en su reciente ensayo, citado más arriba. Y enfatiza que la ausencia de apropiadas medidas del bienestar social es lo que ha provocado, en gran medida, que el PIB, una medida de la producción, sea utilizado como una medida aproximada del bienestar. Podría parecer cuestionable que el PIB se utilice como una medida de bienestar. Sin embargo, la idea no es tan descabellada. Tomemos, por ejemplo, el PIB per capita. Con la notoria excepción de países productores de petróleo, la mayoría de los países clasificados como de altos ingresos en términos del PIB per capita son, a la vez, países desarrollados.

En ese contexto, el PIB per capita parece ser un buen indicador de bienestar, si asumimos que los habitantes de un país desarrollado disfrutan de un bienestar superior al de los países con bajos ingresos per capita, los que, normalmente, son subdesarrollados. Esta aproximación del PIB como medida de bienestar social pudiera ser válida en el marco de una comparación internacional. El problema surge cuando en el plano doméstico se requiere evaluar el impacto de las políticas públicas en los niveles de bienestar social. El mismo Kuznets – argumenta Jorgenson – sugirió que se definiera una métrica para calcular el bienestar social, dado que el PIB es una medida de la producción. Y cita destacados esfuerzos que se han hecho en esa dirección, incluido el reporte de la Comisión Stiglitz-Sen-Fotous de hace ocho años.

La pregunta obligada: ¿por qué es tan difícil estandarizar una medida del bienestar social? Para Jorgenson, uno de los obstáculos más importantes es el problema que surge en «las comparaciones interpersonales y los juicios de valor que pesan en bienestar de un grupo familiar versus otro». Y agrega que estas ideas se han constituido en el mayor obstáculo para «generaciones de economistas cultos en la supresión de los temas del bienestar, atraídos por la “optimalidad de Pareto”».

En tal sentido, Jorgenson considera que las comparaciones en los niveles de bienestar social de hogares diferentes es el mayor problema, pues el consenso básico de los economistas es que las preferencias no son comparables; de lo cual, también se deriva que no son agregables. Este obstáculo, casi insalvable, Jorgenson lo analiza a la luz del teorema de la imposibilidad de Arrow sobre la elección social. Primero, porque el juicio social no debe violar el principio de la soberanía del consumidor al comparar el bienestar de hogares diferentes. Esto seria suficiente, aclara Jorgenson, para no insistir en la medición de las preferencias sociales. Y segundo, existe un problema de carácter empírico al tratar de comparar el bienestar de hogares con diferentes características demográficas.

De manera que la medición del bienestar social es una medida escurridiza por los problemas metodológicos que se deben abordar en la construcción de un indicador eficiente. El mayor énfasis debe ser en las políticas, no en las mediciones. Sin embargo, dependiendo de la calidad del crecimiento económico es posible asociarlo con mayores niveles de bienestar social. En el caso dominicano, un crecimiento económico de baja calidad – asociado con alto endeudamiento, altos niveles de informalidad, baja competitividad y agudas debilidades institucionales, entre otras características – tiene un impacto muy limitado en el bienestar social. Evidentemente, se trata de un modelo económico plagado de grandes vulnerabilidades... Y definitivamente, no es el modelo económico ideal.

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