Elecciones 2020

El resultado visible es el predominio de la corrupción, impunidad, hipoteca del país a cambio de flujos de deuda crecientes y déficit fiscales continuados, a la par que la mutilación de la nacionalidad con la penetración masiva de inmigrantes ilegales.

La naturaleza se ha cebado sin piedad sobre el pueblo dominicano. Las calamidades se acumulan como si se estuviera expiando un castigo divino.

Sequía, agotamiento del caudal hídrico, humos tóxicos de vertederos, calor agobiante, tormentas de polvo del Sahara, vendavales que arruinan cosechas, granizadas salvajes, pandemia mortífera de coronavirus.

La política presenta la faz cariacontecida del destrozo institucional. Y, en algunos linderos partidarios se muestra vacía de contenido, desprovista de límites morales.

La economía, maltrecha al apurar tantas desdichas, empieza a reflejar pérdida de empleos, caída de ingresos, cierre de empresas y de negocios, desplome de divisas, acumulación de más deuda pública sobre deuda pública ya inflada, agudización del déficit fiscal.

El país tiene por delante vencer esos engendros malignos disfrazados de pandemia de COVID-19 y de crisis económica y social. Lo peor que pudiere ocurrir es que, ante tal sucesión de males, se agregara el demonio mayor del trauma político. ¡Zafa, impenitentes espíritus!

Son demasiadas penurias y sufrimientos a los que hay que enfrentar al mismo tiempo, aparte de tener que luchar contra el desaliento, sensación de derrumbe, depresión que embarga a la sociedad.

Si se creyera en artes ocultas se especularía que la acumulación de calamidades es el merecido castigo por el empecinamiento y afán de algunos pocos en aferrarse al poder, prevalidos en prácticas opacas, haciendo acopio de lo público a favor de intereses propios. Dirían algunos, ¡que sufran los culpables, no la población, que pena por sus desvaríos! Olvidan que Sodoma y Gomorra fueron arrasados y dio igual que dentro hubiera inocentes junto a pecadores.

En cinco días tendrán lugar las elecciones presidenciales y congresuales.

Los integrantes de la JCE tienen la oportunidad de rescatar su imagen. Les está prohibido echar en el zafacón del desprecio público carreras que han sido dignas, aparte de que tienen un compromiso con sus raíces, a las cuales no pueden dar las espaldas ni traicionar.

Las elecciones deben celebrarse con eficiencia, transparencia, equidad, sin presiones ni compra de consciencias. Debe garantizarse que los resultados legítimos fluyan con celeridad. Si hubiera intentos de fraude habría que bloquearlos, denunciarlos de inmediato y castigar a los responsables con ejemplaridad.

En los casi 60 años de régimen democrático transcurridos desde 1961 ha habido altibajos, guerra civil, gobiernos que promovieron una fuerte institucionalidad y otros que nunca cesaron en su afán de permanecer aferrados al poder mediante el uso de marrullas y recursos públicos para fines propios.

En los últimos decenios ha prevalecido el dominio de una sola fuerza política que, de modo inexcusable, ha echado al zafacón del olvido los principios morales de su egregio fundador.

El continuismo, al que tanto se opusieron en su tiempo líderes preclaros como Juan Bosch y José Francisco Peña Gómez, es un cáncer a punto de hacer metástasis, que carcome y destruye el tejido social.

Montado en la ola populista, el poder que rompe voluntades y barreras institucionales para prolongarse es una gigantesca fábrica de reproducción de pobres, pues necesita penetrar y comprar las consciencias de aquellas personas vulnerables, inmersas en el atraso.

Ese cáncer solo se reproduce si consigue someter a las instituciones a su dominio. Si lo logra, nada se opone a que utilicen al Estado como si fuera su propia industria y sus arcas su particular bolsillo.

El resultado visible es el predominio de la corrupción, impunidad, hipoteca del país a cambio de flujos de deuda crecientes y déficit fiscales continuados, a la par que la mutilación de la nacionalidad con la penetración masiva de inmigrantes ilegales.

El ciudadano debe ir a votar y ejercer su derecho de elegir.

Debe estar consciente de que si elige mal estaría contribuyendo a prolongar el continuismo, pobreza, deterioro institucional, incertidumbre. Si elige bien estará dando un paso en firme en favor de su propio bienestar y de la sociedad.

El país necesita caras e ideas nuevas al frente de la cosa pública y someterse a un proceso de regeneración que dé luz verde a la renovación democrática, progreso económico compartido, expansión del empleo formal con salarios dignos, protección social universal en salud y pensiones, y educación orientada al aprendizaje.

La alternabilidad es necesaria para desintoxicar la actividad política partidaria.

Vencer los males que afectan a la sociedad requerirá de decencia, bríos, visión, compromiso, entrega, entereza, integridad, voluntad, carácter, determinación, inteligencia, clarividencia, tacto, paciencia.

Atributos propios de un liderazgo nuevo, no contaminado, inspirado en el bien común.

A votar, pues, en consciencia por la alternabilidad, renovación, certidumbre y la regeneración de la patria.

+ Leídas