“En el largo plazo todos estaremos muertos”
“Los ojos de los políticos han estado siempre firmemente fijados en la próxima elección, no en el largo plazo. Pero ellos no quisieran ser reprendidos por economistas que protegen el interés público, y por tanto tienen que rendirle tributo. Con Keynes todo esto cambió. Las fronteras se volvieron borrosas, los economistas comenzaron a trabajar directamente para los políticos, y los custodios proféticos del futuro desaparecieron completamente.” Hunter Lewis, 2009
Es la frase lapidaria de Keynes que mejor ejemplifica su visión de las políticas económicas, aunque fue pronunciada –presumiblemente- muchos años antes de que escribiera su famosa Teoría General, en la que sentó las bases para que posteriormente generaciones de economistas abrazaran la intervención del Estado en la economía con el fervor de quien se rinde ante un dogma incuestionable. Entre ellos Krugman, quien ha dicho que no es necesario preocuparse por problemas que pudieran detonarse en el largo plazo, si en el corto plazo tenemos problemas tan graves como el desempleo y la pobreza. El problema es que las soluciones de corto plazo se encadenan interminablemente en sucesivas políticas de corto plazo que no dejan espacio para soluciones realmente sostenibles en el tiempo.
A raíz de la gran crisis financiera –la gran recesión- muchos se precipitaron en concluir que Keynes seguía vivo a través de su recetario para resolver la pronunciada caída de la actividad económica global: mayores gastos del gobierno, bajas tasas de interés y endeudamiento. Y se olvidaron que los consumidores norteamericanos estaban sobre endeudados, y que el gobierno también lo estaba; lo que mueve a cualquier observador a preguntarse: ¿Cómo es posible que la solución de la recesión sea un mayor gasto público, y más endeudamiento público y privado? Se redujeron las tasas de interés, se le inyectó más dinero a la economía, se les transfirió efectivo a los consumidores –entre otras medidas-, y sin embargo, no hubo forma de que la economía se recuperara como se esperaba. Está documentado que las transferencias de efectivo que hizo el gobierno norteamericano y que significó un mayor ingreso disponible para las personas no se tradujo en un mayor consumo, pues los consumidores consumidos por la incertidumbre decidieron simplemente pagar parte de sus deudas. Pero igual pasó con el sistema financiero; una mayor disponibilidad de efectivo se tradujo en montañas de efectivo durmiendo en las bóvedas de los bancos o en el sistema de la reserva federal. Es claro que el estado de las expectativas de los agentes económicos puede influir de manera decisiva en la efectividad de una determinada política económica.
La verdad es que ignorar el largo plazo en la formulación de las políticas económicas –tal como se deriva de los planteamientos keynesianos- representa un grave riesgo para los países en vías de desarrollo, pues fundamentar las políticas públicas en el corto plazo presupone que las políticas de estabilización son suficientes para alcanzar el desarrollo, y que no existe una responsabilidad intergeneracional en el diseño e implementación de las mismas. Esas políticas de corto plazo –sin conexión con el largo plazo- generan una mayor amplitud en el ciclo económico, y los gobiernos se la pasan moviendo la economía de un extremo a otro, mediante las denominadas políticas contra cíclicas, las que a su vez van distorsionando la asignación de los recursos en la economía. A cambio de efectos inmediatos se compromete la salud de la economía en un futuro más lejano; lo importante pasa a ser el provecho político que en el corto plazo pueda obtenerse, y las estrategias de largo plazo no pasan de ser meras formalidades carentes de compromisos serios.
A pesar de que en el presente las corrientes keynesianas distan mucho de lo que el economista inglés planteó en su Teoría General, su influencia en la política económica sigue concentrándose en la justificación de que los gobiernos deben intervenir en la economía para asegurar que la demanda agregada –o efectiva- sea suficiente para mantener un nivel de pleno empleo, sin importar la relevancia social o económica del gasto público; presupone que el gasto que hace el gobierno es más eficiente que el gasto privado, lo que frecuentemente es desmentido por la realidad. Esta presunción es crucial a la hora de elegir los instrumentos de política económica. Si se asumiera –por un momento- que el sector privado es más eficiente que el sector público, se tendría que ante la necesidad de estimular a la demanda agregada la herramienta impositiva se utilizaría preferentemente frente a la opción de un mayor gasto púbico.
El largo plazo es una realidad que debe condicionar al diseño de las políticas públicas; en promedio, los agentes económicos tienen la oportunidad de vivir varias veces el largo plazo, y las soluciones a los problemas deben pasar por el filtro de la responsabilidad intergeneracional. No hay dudas de que en un reiterado largo plazo todos estaremos muertos, pero como replicó la economista Joan Robinson, “no todos al mismo tiempo.”
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Pedro Silverio Alvarez
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