En la ruta del sol

Imaginar un continente donde coincidan Andrés Manuel López Obrador y Jair Messias Bolsonaro es pensar en América Latina, donde los extremos se juntan y lo inverosímil es rutina.
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Mientras esperaba en una sofocada sala por el inicio de su juicio, las cámaras no le perdían ni por un segundo el foco a su abstraída mirada. Si a cualquier ciudadano ajeno a la realidad salvadoreña le dijeran que quien ocupaba uno de esos duros asientos fue una vez el presidente de El Salvador no lo creería. Era Antonio Saca (Tony), condenado el pasado 12 de septiembre, junto a seis de sus excolaboradores, a diez años de prisión por peculado, asociación ilícita, lavado y el desvío de 298 millones de dólares. Las apariencias contaban otro relato, muy ajeno a aquel hombre de gustos exquisitos que saltó de la crónica deportiva al palacio de gobierno sin aspavientos. Algunos tatuajes y un recorte caliente de pelo lo harían pasar como el jefe de una mara. Su expresión apocada le reprimía la mirada. Con rostro ajado y ceñudo eludía a la prensa. Una camiseta blanca de textura destemplada descubría indiscretamente parte de su pecho. La panza, disforme y flácida, parecía un molusco arropado en posición fetal. Las papadas, ligeramente vaciadas, era lo único que recordaba un pasado de gloria en las sombras de aquel espectro. Aquello era un desecho, un esperpento. En un juicio abreviado aceptó su culpa para liberarse de una condena de veinticinco años. “Me aproveché de los escasos controles sobre las dos cuentas que abrió Élmer Charlaix (su secretario privado) para sustraer dinero con el que se pagaba a otras personas”, dijo en su confesión. Con un 58 % de los votos Saca llegó al poder por el partido derechista ARENA.

Recluido en una celda de apenas quince metros cuadrados, otro expresidente guarda prisión. En una habitación aireada con una ventanilla, sin rejas y con baño propio, una cama y una mesa con su silla, Luis Ignacio Lula da Silva ve correr la vida desde la sede de la Policía Federal de Curitiba, Paraná. Lula (2003-2010) lideraba las encuestas hasta que la justicia electoral de Brasil invalidó su candidatura después que un tribunal federal lo condenara a doce años de cárcel por corrupción y lavado de dinero. En las pasadas elecciones no pudo ni votar. Su organización política, el portentoso Partido de los Trabajadores, se desplomó. Este hombre de voz trepidante, apariencia ruda y baja estatura es sensiblemente melancólico; ha llorado varias veces con rabia y sin disimulos. Desde la soledad hace pálidos esfuerzos para que su militancia haga un milagroso despertar en una segunda vuelta para evitar que el Apocalipsis inicie su cuenta regresiva en Brasil de la mano de Bolsonaro. Con la ultraderecha en el poder, Lula terminará sus días en el ocaso y como un símbolo viviente de una era tan económicamente fulgurante como moralmente decadente; el hombre es casi historia. Ese Lula disminuido, malogrado y arrimado llegó al poder con un 61 % de los votos y terminó con un nivel de popularidad de un 80 %.

Hace unos días rodó por el mundo un vídeo patético y cruel. Un anciano de 80 años suplicaba desde la cama de un hospital que no le llevaran a la cárcel. “Por favor, no me maten”, rogaba el expresidente Alberto Fujimori tras la Corte Suprema del Perú haber anulado el indulto que le otorgó el expresidente Pedro Pablo Kucszynski y por el cual se le liberó de una condena de 25 años de cárcel. “Quiero pedirle al presidente de la República, a los miembros del poder judicial, una sola cosa: por favor, no me maten; si regreso a prisión, mi corazón no lo va a soportar, está demasiado débil para poder pasar por lo mismo. No me condenen a muerte”, rogaba cansado y jadeante el anciano. Sí, ese hombre metálico y plomizo dominó el liderazgo latinoamericano durante una década (1990-2000).

La lista es vieja y encadena cada año más nombres a sus designios, algunos ya míticos: Cristina Fernández, Alain García, Alejandro Toledo, Ollanta Humala, Pedro Pablo Kuczynski, Mauricio Funes, Ricardo Martinelli. De la izquierda, del centro, de la derecha. El balance político de estas décadas es ruinoso. América Latina no termina de encontrar su rumbo. Ha probado todos los sabores ideológicos y ha acatado señoríos de todos los timbres: dictaduras militares, democracias formales, gobiernos de facto, democracias populares. En esa dialéctica pendular se debate su destino. La izquierda probó suerte dejando más preguntas que respuestas; ahora asoma la rabiosa ultraderecha. Imaginar un continente donde coincidan Andrés Manuel López Obrador y Jair Messias Bolsonaro es pensar en América Latina, donde los extremos se juntan y lo inverosímil es rutina. Parece que nos une la diversidad y nos iguala la diferencia en un destino cada vez más cercado. Seguiremos dando tumbos en busca de lo que queremos, aunque no sepamos cómo; ensayando utopías con nuestras distopías. En ese andar ciego e instintivo hemos tenido caídas y reveses, pero sería injusto negar algunos pasos firmes. Llevar a la cárcel a expresidentes ha sido un empujón en la ruta hacia el sol. ¿Lo veremos brillar en la República Dominicana? Razones, condiciones y presuntos culpables sobran... ¿qué nos falta?

joseluistaveras2003@yahoo.com

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