Entre Maduro y los maduritos

No escribir sobre la crisis venezolana en este momento puede ser considerado como irresponsable, sobre todo en un medio sin capacidad para digerir varios temas a la vez. Y es que la industria de la opinión nos tiene acostumbrados a tragar un tema tras otro en una especie de metabolismo serial. Sin embargo, prometo no rehusar del todo la realidad política de Venezuela.

Cuando en el umbral del nuevo milenio se expandió el izquierdismo por América Latina, en los foros políticos y académicos de la región se buscaban las causas de este inédito giro y los perfiles de su tipificación ideológica. Sus orígenes parecían claros: el fracaso de los proyectos neoliberales que le antecedieron. Para Álvaro Vargas Llosa, derechista cabal, las causas del izquierdismo había que buscarlas en una década fallida “de reformas bajo gobiernos de centro derecha que se suponía iban a catapultar la región hacia el desarrollo” (El regreso del idiota, Debate, 2007). El abordaje ideológico del fenómeno, sin embargo, se hizo más complejo por la conjugación de las diversas tonalidades de expresión democrática: desde la línea radical (Venezuela, Nicaragua, Bolivia) pasando por otra más centrista (Brasil, Argentina, Ecuador, Uruguay) hasta alcanzar su matiz más pálido (Chile). Conscientes de esas asimetrías, sus líderes más representativos (Chávez, Evo, Correa y Cristina) no demoraron en explorar una identidad regional basada en la autonomía geopolítica de la zona. Con ese objetivo crearon espacios regionales (Unasur, ALBA, entre otros) para cimentar una misma visión regional y conciliar los intereses estratégicos de sus proyectos.

En la lectura política de esta nueva realidad, los teóricos de la izquierda y de la derecha usaron indistintamente algunas etiquetas de calificación ideológica, tales como “democracias populares”, “socialismo del siglo veintiuno”, “dictaduras populares”, “revoluciones ciudadanas”, entre otras, pero la que más caló y se quedó como estampa distintiva de esa ilusa época fue la de “populismo”.

La derecha y sus más connotados exponentes, como Álvaro Vargas Llosa, Carlos Alberto Montaner, Andrés Oppenheimer, Mario Vargas Llosa y Plinio Apuleyo Mendoza, impusieron el “populismo” como designación peyorativa para aludir al concierto de gobiernos y “revoluciones” de “idiotas” (según ellos) conformado por el “izquierdismo vegetariano” (moderado) y el “carnívoro” (radical) de entonces. Sin embargo, la noción no necesariamente está referida a ese uso porque el populismo como concepto difuso y polivalente no es una ideología, es una estrategia de dominación que apela a las masas o a motivos populares para legitimar acciones de interés político. Desde esa perspectiva, es un medio, no un fin; un instrumento de control social; un método, una forma de hacer (savoir faire) la política en nombre de un presunto interés colectivo para ganar validación. Hay populismo en la izquierda y en la derecha. Así, por ejemplo, los programas de ayuda social pueden ser populistas si se promueven para remediar un problema humano cuando en el fondo lo que se busca es cautivar la lealtad o la sumisión de sus beneficiarios. Que las democracias de izquierda lo usaran para construir su relato político o estrategia de poder es otra cosa. Lo cierto es que no deben confundirse ambas realidades como conceptos equivalentes. Hoy la ultraderecha se monta en su propia cabalgadura de legitimación, tan populista como la mejor.

Algunos teóricos dominicanos se abonan dogmáticamente al concepto del “populismo latinoamericano” como si vivieran en una democracia europea. Desde este patio lanzan improperios en contra de las “dictaduras de izquierda” que aún perviven, sin reparar en su propia realidad. ¿Puede haber un populismo más metódico, insensible y siniestro que el que practican los últimos gobiernos de la República Dominicana? Y que quede claro: no busco comparaciones ni justificaciones; tampoco apoyo totalitarismos de izquierda ni de derecha. Me refiero a la ligereza que acompañan estas severas condenas como si en nuestro medio prevaleciera un régimen de obligada y pura referencia democrática. Quien defiende o consiente este sistema de cosas pierde calidad para exigir enmiendas en otros. Es más, si nos acogemos a la acepción de populismo aplicada a los gobiernos de impronta izquierdista, el dominicano, aún sin serlo, ha sido el modelo más exitoso. En esa lógica vale apuntar que en nuestro país no se persigue a la prensa: se compra. No se nacionalizan ni estatizan las empresas privadas, pero el poder es fuente primaria e impune de riqueza. No hay dictadura, tampoco es necesaria: los poderes públicos están abusivamente controlados por un solo partido. No hay presos políticos, pero no hay políticos presos. No tenemos una oposición perseguida, pero sí comprada o anulada. Nos damos el lujo de un Congreso sin disidencia; un Poder Judicial sin independencia; una Cámara de Cuentas sin dar cuentas y un país políticamente sujeto a los vaivenes de dos liderazgos en pugna. Sí, el populismo dominicano es más inteligente. No ha necesitado un discurso antiimperialista para legitimarse, ni viejos motivos o evocaciones patrióticas para inspirar devociones sociales ni buscar asesores de gobiernos extranjeros para domesticar ideológicamente a la gente: le ha bastado la política del reparto y ponerle precio a todo para comprar con deuda pública hasta la opinión de los “analistas” más conspicuos.

Nuestros gobiernos explotaron estrategias más sutiles de dominación basadas en el pragmatismo político “del poder por el poder”. Así, decidieron “comprar” tres estamentos de decisión política: la clase baja, las élites empresariales y la prensa. La primera, a través de la masificación política de las ayudas sociales; la segunda, mediante la consolidación de sus privilegios; la tercera, como instrumento de control disuasivo. Aniquilada la disensión en esos dominios, la aprobación positiva de los gobiernos se da por descontada, al margen de su real desempeño. Bajo esas premisas se levanta una democracia de apariencias, empapelada en una institucionalidad de celofán para cubrir sus oscuras omisiones. Así, sus líderes se reeligen mediante reformas constitucionales formalmente impecables, pero pagada a precio de dignidad; se eligen a sus jueces según los procedimientos constitucionales, pero con decisiones ya atadas. Al amparo de este enajenante control han construido una clase política poderosa y económicamente autónoma a través de la corrupción y los negocios del poder. No tenemos a Maduro, pero sí a muchos maduritos como jefecitos de haciendas en el ejercicio populista del poder. Desde esa portentosa tribuna democrática es que se demanda a todo pulmón respeto a la legalidad e institucionalidad en la vecindad. Como que callarse sería más digno. Digo yo...

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