20181009 https://www.diariolibre.com

Hace muchos años, siendo muy joven, y formando parte de la plantilla profesional del Banco Central, recibí el llamado del gobernador de entonces para que subiera a su despacho. Me explicó que necesitaba llenar un vacío en el departamento de Cambio Extranjero y quería designarme como director.

Hasta ese momento me había desenvuelto como Ayudante de la Gobernación, dentro de la Asesoría Económica de la Gobernación. Es decir, me desempeñaba sirviendo asuntos de política monetaria al más alto nivel de la institución, lo cual me entusiasmaba y motivaba.

De súbito, por mi cabeza se asomaron pensamientos contradictorios. Lo que el gobernador me ofrecía era un ascenso, mayor sueldo, pero me sacaba de mi cómoda situación y me obligaba a enfrentar un mundo desconocido para mi, el de las operaciones rutinarias de comercio exterior.

Cambio Extranjero era el departamento más grande del Banco Central, con alrededor de 200 empleados. Muy burocrático, pero uno de los engranajes básicos del organismo monetario. Le llamaban La Siberia.

Lleno de suspicacias, pregunté al gobernador si había hecho algo que le desagradara como para que tuviera que enviarme a La Siberia. Me contestó que necesitaba que ocupara esas funciones y tenía confianza en mí.

Con recelo, mezclado con agradecimiento, acepté. Y, para sorpresa mía, aquello se convirtió en una de las experiencias más importantes de mi carrera profesional. Me ayudó a conocer el andamiaje empresarial del comercio exterior y aprendí a ponderar las cosas como son. Fue como si hubiera hecho una maestría en el área de comercio exterior.

Al poco tiempo, Cambio Extranjero desarrolló el primer presupuesto de divisas de la institución, en un momento de mucha escasez, y se colocó a nivel del departamento de estudios económicos en las deliberaciones del cuerpo técnico. Era obvio. Nadie tenía información más directa y completa de los ingresos y gastos en divisas del país. Solo había que organizarla, proyectarla, hacerla disponible y utilizarla para fines de análisis.

Nunca olvidaré que me tocó administrar algo en lo que no creía: el sistema de control de cambio. Era un absurdo, pero las políticas la decidían otros.

Determinadas actividades y empresas, seleccionadas por la gracia de Dios y de aquellos humanos que tienden a asemejársele, tenían acceso a divisas a la tasa de cambio oficial. El resto debía adquirirlas a una tasa más alta. Así se beneficiaban determinados intereses y se perjudicaban otros.

Progresivamente se traspasaban renglones al mercado con la perspectiva de unificarlo, en un plazo incierto, de acuerdo con la escuela predominante llamada “gradualismo”, que no era otra cosa que posponer para mañana las decisiones que deberían tomarse hoy.

Aquello hizo mucho daño a la estructura productiva nacional, como todavía sigue haciéndolo la política alternativa que sigue en vigencia, el anclaje del tipo de cambio contra viento y marea.

Ocurrió que el Banco Central no reaccionó a tiempo cuando las operaciones prioritarias empezaron a sobrepasar la capacidad de captación de divisas oficiales. Y fue creándose un déficit entre ingresos y egresos, financiado por los bancos corresponsales, los cuales convertían los vencimientos de las cartas de crédito en financiamiento al organismo monetario.

Así surgieron los atrasos del Banco Central en el pago de las cartas de créditos y cobranzas. En el momento en que fui designado director, los atrasos acumulados representaban cientos de millones de dólares.

Era un endeudamiento corriente del organismo emisor, originado en importaciones de bienes, cuyas obligaciones eran pagadas en su totalidad por los importadores con la entrega de los pesos correspondientes al Banco Central, a la tasa oficial de cambio.

No era una deuda del sector privado como se ha querido argumentar, sino del organismo monetario que sabiendo que las divisas no alcanzaban fue incapaz, por razones políticas, de evitar la acumulación de atrasos. La única solución era unificar la tasa de cambio y el mercado de divisas, pero no se adoptó.

El gran castigo para el país ha sido la politización de decisiones que siempre debieron ser técnicas, no políticas. El daño ha sido enorme y continúa siéndolo.

La crisis de la deuda que estalló en México en la década del 80, cerró el crédito a los países latinoamericanos y sorprendió al Banco Central, obligándolo a cubrir en efectivo el costo de las operaciones de comercio exterior y a reconocer la deuda ya acumulada con corresponsales como deuda propia, no del sector privado.

Un poco más tarde, cuando ya había sido ascendido a Asesor Económico de la Gobernación, me tocó presenciar un espectáculo bochornoso: la interpelación del gobernador de turno en la sede del Palacio Nacional frente al presidente de la república, llevada a cabo por un funcionario político del FMI, en connivencia con un poderoso ministro de la presidencia. Y su destitución inmediata.

La acusación de que fue objeto en presencia del más alto dignatario, era falsa. Se le responsabilizaba de haber aprobado deliberadamente más cartas de crédito que las autorizadas en el convenio con el Fondo Monetario Internacional. No fue así. No se aprobaron más cartas de lo acordado, pero sí se produjeron vencimientos tempranos de las ya aprobadas por un monto que confundía al lego y aprovechaba al malicioso.

En resumen: la deuda acumulada en la década de los 80 por vencimientos de cartas de crédito no era privada, ni el gobernador del Banco Central fue destituido por aprobar más cartas de crédito que las acordadas, sino por las intrigas internas de altos funcionarios y su maridaje con el jefe de misión del FMI.

Haber sido testigo de esos acontecimientos fue una vergüenza enorme para mi persona, que no acertaba a explicarse hasta qué punto tan bajo había caído la dignidad nacional, puesta de rodillas ante las truculencias de un oscuro e intrigante personaje de la burocracia multinacional, utilizado como espoleta en la lucha interna por el poder político.

Así y no de otra manera fueron las cosas, vistas por mí, testigo de excepción.

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