20180214 https://www.diariolibre.com

El encuentro con el nuevo mundo propició el deslumbramiento de una era que marcó la base de una civilización que comenzó abrirse paso buscando un destino común para un mayor conocimiento del cosmos, como también para la extensión de un continente desconocido y mostrar el gran acervo cultural, pero el fatídico momento de la desposesión de los indígenas, más la trata de negros africanos, originó una esclavitud empobrecedora y un resentimiento de odio.

Por otro lado, en el drama del paradójico proceso político y cultural de la República de Haití (1791–1804), comenzó a gestarse una problemática humana, social y política de contradicciones y de desintegración que perviven en un vaivén y que afecta la convivencia y la estabilidad en la República Dominicana.

Esta conmovedora historia de exterminio y esclavitud, fue forjando en una parte, la vocación de libertad y en la otra, la idea de independencia y separación. Podríamos preguntarnos, ¿si la independencia de Haití es el resultado de su lucha por salir de la esclavitud o el deseo de su ideario expansionista? Ahora bien, también deberíamos preguntarnos: ¿Si todas estas contradicciones de desintegración, intervenciones de la otra parte hacia la República Dominicana, es el precio que debe pagar nuestro país por la codicia y el engaño de España a Francia?

La realidad domínico-haitiana es muy compleja y para poder situarla en su contexto, tenemos que mirar la primigenia historia desde su realidad y consecuencia. La confrontación y el poderío de Haití trajo la revolución social, política y económica, la de un Estado nacional y propio, que desde el primer momento fue protagonista de un episodio de envergadura histórica para el mundo: la lucha por la abolición de la esclavitud: nueva forma imperialista de ser que consistió en la rehabilitación de los negros y la ambición de convertirse en una política totalitaria: unión de las dos partes de la isla, bajo la bandera haitiana, sostenido por la filosofía y el ideario político de Toussaint Louverture y más tarde por Jean Pierre Boyer, quienes reafirmaron en sus constituciones desde 1801 – 1846, el concepto de la indivisibilidad y perviviente en el criterio de la fusión política hasta nuestros días por Francia, Canadá, Inglaterra, Holanda y los Estados Unidos, a lo que España permanece muda, ciega y sorda sin devolver en nada su deuda moral, social y política. Sin embargo, las contradicciones inherentes en el proceso de su formación y las circunstancias de su nacimiento harían difícil el logro de su objetivo, del que “el pueblo de Haití” proponen para lograr la estabilidad en su existencia. Fue de este modo como surge la lucha de poseer todo lo previo y el espacio específico y apropiado de su ambición. Mientras que la independencia dominicana nace bajo un concepto soberano de libertad.

La situación socio-política, económica-cultural en más de 150 años de historia de estas dos naciones ha tenido cambios significativos que ameritan revisión para entender las mismas y debe desarrollarse sobre la base de una convivencia de dignidad y respeto en base a una concepción diferente de su destino político. Es cierto que en sus orígenes prevalecieron los intereses malsanos, perversos y destructores de ambas partes sin respetar el más mínimo derecho, pero es más cierto todavía que hubo hombres y mujeres que enarbolaron un ideario de separación e independencia ante la idea de barrer e imponer la “tabula rasa”. Pero palpando diámetro a diámetro y reconociendo que siempre existirá el veneno de imponer no por la fuerza, sino recurriendo a otros medios sutiles y peligrosos para realizar el principio de la indivisibilidad política, como es la penetración pacifica desde las ideas del Gobernador Osorio, las capitulaciones del tratado de Aranjuez, y las diferentes guerras civiles y aún más, después de la Independencia de 1844 hasta nuestros días para perpetuar esa política sinuosa de desnacionalización. Haití siempre puso resistencia a un tratado y cualquier ayuda como la que ofreció el Papa León XIII para definir los límites de los dos países. La concertación de un tratado de límites entre las dos naciones empezó a vislumbrarse cuando se establecieron gobiernos más estables y gracias a la ocupación militar de ambos países por la infantería de marina norteamericana.

Haití ha dejado de constituir un peligro por razones de orden militar. Pero sus ideas de orden imperialista bajo el pensamiento de su ideario de Jean-Jacques Dessalines: “No existiréis sino mientras mi clemencia se digne preservaros” y sustentado en sus constituciones de que la isla es “indivisible”, continúa siendo una amenaza para nuestro país, en mayor grado que antes por razones de carácter económico y social. ¿Cómo puede subsistir un pueblo bajo estas condiciones rudimentarias, coloniales sin tener un desarrollo social, humano, económico y político?

Para solucionar este gran problema tendría Haití que tener un crecimiento y desarrollo económico, para que su nivel social dejara de descansar, como hasta ahora, bajo el concepto de una economía primitiva. Haití no ha tenido gobiernos progresistas, al contrario, solo interesados en mantener a la masa en un estado de miseria y de ignorancia propicio a la explotación y pobreza más espantosa del mundo. Ahora bien, ¿por qué los países que originaron la fundación y defienden a Haití, no enarbolan la bandera con hechos concretos para la transformación y de ese modo, ambas naciones colaboran fraternalmente bajo un clima bilateral de relaciones políticas y sociales, en base a un comercio fluido de orden jurídico y respeto internacional? Es cierto que la República Dominicana se ha beneficiado de una mano de obra barata, desde los mínimos acuerdos de traer haitianos a la manufactura azucarera en el pasado y en el presente a la agricultura y construcción, sabiendo que siempre ha imperado el comercio ilícito de la frontera con el ‘macuteo’ y tráfico de influencias y en nuestros días, la corrupción y el tráfico de drogas.

Para nadie es un secreto que nuestra convivencia y gobernabilidad está en peligro de desintegrarse si no se emplean soluciones que regularicen o detengan ese flujo masivo y pacífico de la penetración haitiana. El peligro está en la desnacionalización, influencia haitiana en el comercio y sobre todo en la constitución física y moral, en nuestra cultura, valores y costumbres.

Todo esto subyace por la herencia de más de veintidós años de dominación haitiana y la constante penetración que ha venido padeciendo desde 1801 hasta nuestro día.

Ambos países tienen que convivir y mantener unos límites territoriales, en los que se respeten las fronteras y se renuncie para siempre al propósito de Toussaint Louverture, acogido y practicado luego por Boyer de extender sobre toda la isla el predominio de la raza haitiana, bajo el criterio de que ambos territorios no son asimilables por la diversidad de costumbres, lengua y estilo de vida. De nada sirvieron los tratados y acuerdos de 1935. El problema está ahí: una línea fronteriza, problemática, antaña y llena de misterios que nunca se resolvieron. De ahí que las relaciones tengan diversos motivos y consecuencias sin resolver.

La humanidad ha estado en movimiento desde los tiempos más antiguos en busca de nuevas oportunidades económicas y nuevos horizontes. Vivimos en un mundo donde la movilidad humana ha alcanzado un nivel sin precedentes. El número de migrantes crece a un ritmo más rápido que el de la población mundial. Los beneficios y las oportunidades que ofrece la migración segura y ordenada son considerables y a menudo se subestima

La problemática domínico–haitiana es una realidad histórica y fenómeno migratorio, ligado a la evolución del capitalismo en el desarrollo de la economía. De ahí que parte del ordenamiento social se haga acompañar del fenómeno migratorio. Esta realidad no tiene solución, porque hay un libre mercado que fluye desde la ilegalidad y es permitido por los estamentos gubernamentales que se benefician del macuteo, sin detectar el peligro que esto genera en la gestación de la cultura y de la sociedad. La migración no solo es un fenómeno del Caribe, sino que es en un componente en la estructura de las naciones y se convierte en un factor importante en el desarrollo social, económico, político y cultural. Vivimos en un mundo globalizado y tecnológico, con un flujo de inmigrantes que enriquecen y contribuyen al desarrollo. Hoy en día los pueblos y los individuos no pueden vivir encerrado en sí mismo sin mirar los horizontes. Porque las culturas son herramientas de creatividad y desarrollo y están influidas por un flujo continuo. De ahí que los migrantes en el mundo contribuyen al desarrollo de las naciones, y los gobiernos garanticen, protejan sus derechos y faciliten su permanencia y tránsito donde quiera que se encuentren.

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