Haití no es un juego

Es muy fácil subir el tono de voz, invocar a Duarte y pedir la salida de todos los ilegales cuando son precisamente estos los que les construyen sus villas, los que les limpian sus jardines y los que les cuidan sus casas de campo. Tenemos un ejército de cruzados librando batallas épicas en los gloriosos campos de redes sociales.

Nadie nos tiene que convencer de que Haití es una amenaza real. Siempre lo ha sido. Convertirla en oportunidad es un reto y no depende solo de nosotros. Paradójicamente, nuestro futuro está atado al suyo como el sol al día. El problema es que el futuro de Haití no es visible y a pocos, excepto a los haitianos, les parece preocupar.

Haití nunca ha vivido un momento tan crítico de abandono internacional. Antes, por lo menos, las naciones del hemisferio guardaban las apariencias; hoy las posiciones son más sinceras: ni a la ONU, ni a los Estados Unidos ni a la Unión Europea les interesa involucrarse. Las últimas intrusiones les dejaron traumas a los interventores y la peor inestabilidad política y social a una nación que ha tenido 20 gobiernos en 35 años.

La ambigüedad y la dejadez le han dado pálidos matices al lenguaje diplomático. Cuando las naciones que pueden no quieren, cualquier incidente puede potenciar una crisis y existen intereses para crearla de este lado de la frontera. La desidia muchas veces es más riesgosa que la beligerancia porque la voluntad internacional, ya cansada, puede excusar cualquier salida peligrosamente cómoda.

El violento ambiente que vive un país sin controles frente a una comunidad global huidiza obliga a la diplomacia dominicana a obrar con fino tacto. El discurso debe ser cauto y las medidas prudentes. Este no es el momento para avivar prejuicios ni ociosas bravatas. ¿Qué no darían las fuerzas del caos que hoy dominan a una gran parte de Haití para darle motivos ideológicos a una acción de intereses espurios? La historia universal ha sido muy generosa en aportar ejemplos de la mejor excusa: la provocación nacionalista. Ese es un motivo inflamable en cualquier contexto y más en este momento.

El Gobierno dominicano debe hablar y obrar con firmeza, pero sin adjetivos. Ejerciendo su soberano derecho a la deportación de forma humanitaria. El llamado del presidente Abinader a la comunidad internacional no debe ir más allá de la cooperación y el rescate coordinado de la estabilidad, jamás a proponer proyectos de intervención política. Además de no ser competencia del Estado dominicano, puede generar innecesarias interpretaciones para un país vecino con el que hemos compartido una historia de recíprocos desafectos. Nuestra respuesta a la crisis de Haití es resguardar la seguridad nacional, afirmar el compromiso solidario, defender la soberanía y cuidar la frontera. Punto.

Con el tema haitiano no podemos jugar a la política. Claro, es una advertencia ingenua de espinoso acato para quienes buscan simpatías gratuitas. Aquí ningún aspirante o candidato ha propuesto un plan robusto y racional para ordenar las relaciones bilaterales ni otro para controlar, depurar y calificar la inmigración laboral haitiana. Es muy fácil subir el tono de voz, invocar a Duarte y pedir la salida de todos los ilegales cuando son precisamente estos los que les construyen sus villas, los que les limpian sus jardines y los que les cuidan sus casas de campo. Tenemos un ejército de cruzados librando batallas épicas en los gloriosos campos de las redes sociales.

No creo en la seriedad de ningún político que condene la inmigración ilegal con las manos vacías. De denuncias y discursillos estamos hartos. Las propuestas más serias de algunos ha sido una ruidosa antología de bufonerías. Y lo patético es cuando muchos impensantes le alaban la coherencia de sus presuntas “posiciones de decoro”. Deben dejar tranquilos a los padres de la patria y presentar planes y políticas que equilibren el ejercicio innegociable de la soberanía y el uso productivo de la mano de obra. Esa es la mejor defensa de la patria: más acciones y menos teatro político. Un desafío tan inmenso y complejo no puede abordarse emotivamente y con baratas poesías patrióticas para cautivar el voto fácil.

La oposición está desconcertada. Creía que iba a sacarle tempranos réditos al tema haitiano y el Gobierno ha jugado un papel equilibrado en la gestión de esta crisis. Hace unos meses ese era el guion con el que algunos estrenarían su soñado debut, como Abel Martínez, quien empuñaba ya la histérica embestida. La posición firme del presidente Abinader ha desarmado cualquier crítica y ha trastornado algunas estrategias. En el caso de Martínez, a quien nunca se le ha conocido una propuesta distinta de sus bufonadas, este quedó arrinconado en el silencio y solo atinó a decir que “las medidas del Gobierno frente a haitianos parece que fueron hechas por Tres Patines, el Chavo del 8 y Cantinflas” sin explicar responsablemente las razones de esas inferencias. Tal vez es mucho pedirle a Abelito. Quizás la referencia de tales personajes ponga de relieve las notables influencias que estos iconos han tenido en su “pensamiento” político.

La República Dominicana debe manejar la crisis haitiana con el cuidado de quien manipula un cristal. Ni debe revelar un activismo muy interesado que le permita a las potencias occidentales apoyarse en ese protagonismo para descargarse de sus adeudos históricos ni tampoco asumir una posición muy ajena que se interprete como insensible (o no humanitaria) y justifique campañas internacionales de descrédito.

El justo medio está en lo que el Gobierno está tratando de conciliar: por un lado, afirmar su derecho a una política migratoria soberana y por el otro convocar a la voluntad internacional para auxiliar a Haití en su proceso de pacificación política y social. Sabemos que hay presiones locales y externas para que el Gobierno se mueva a un extremo u otro. La racionalidad está en no ceder a provocaciones y hacer ligeros desplazamientos cuando las circunstancias lo reclamen. La República Dominicana debe ganarse un sitial de respeto. Esta coyuntura es un extraordinario momento para empezar a acreditarlo. No debemos permitirnos improvisaciones ni reacciones repentistas, mucho menos ensayos políticos. Haití no es un juego.

+ Leídas