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Importación de maestros y rescate del talento criollo

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Importación de maestros y rescate del talento criollo

Estuvimos de acuerdo con el gobierno hace cuatro años, cuando planteó la posibilidad de importar maestros para los profesores nuestros. La oposición de la ADP, justificando que los teníamos de alta calidad y no necesitábamos tales importaciones, de golpe y porrazo ha sido estremecida por la realidad, y ha tenido que bajar la arrogancia frente al papelazo del profesorado en los exámenes recientes.

No sé de dónde le salió a esa comunidad esa prepotencia. Realmente, si revisamos la historia nuestra, tenemos experiencias. Desde la Colonia, los primeros maestros y catedráticos fueron religiosos españoles; luego seguimos importando talentos, culminando con el más sobresaliente de todos, Eugenio María de Hostos, uno de los más grandes maestros antillanos de todos los tiempos. Olvidando a Román Baldioroty de Castro y Manuel Fernández Juncos, tan notorios, que dos grandes avenidas de San Juan llevan sus nombres, para citar glorias boricuas, sin que se mencionen otros más modestos que le acompañaron y se diseminaron por todo el país, como Cristino Zeno, que fue tan meritorio, que en varias ciudades hay calles que lo recuerdan, empezando por San Francisco de Macorís; en mi pueblo, Zacarías Cruz Díaz, honrado también con una calle y como ellos, muchos, muchísimos más en el Este y el Sur, sobre todo en La Romana y Barahona; recordando también los cubanos, empezando por Federico García Copley en Santiago, el padre de Federico García Godoy, ese antillano glorioso, tronco de ilustres familias; quedando como asignatura pendiente, el reconocimiento de todos los extranjeros que ejercieron su magisterio en nuestra patria; agregando a estos, los distinguidos pedagogos y catedráticos llegados en la diáspora española, provocada por la Guerra Civil del 1936, de los cuales José del Castillo Pichardo en su columna ‘Conversando con el tiempo’ del sábado 14, con el título de ‘Huella pedagógica republicana’, hace un recuento histórico que justifica lo dicho.

Que vengan esos profesores, sin olvidar que tenemos horcones gloriosos, cuyas enseñanzas deberían ser rescatadas. Necesitamos que el talento criollo, preterido, soslayado, menospreciado, sea también reconocido en esa búsqueda de excelencias. Y los hay, además, de Cuba, Puerto Rico y España, en Colombia, Chile, Costa Rica, Argentina, etc. Sin olvidar las lenguas, en especial el inglés y el creole. Es decir, busquemos lo mejor donde quiera que esté, siempre y cuando puedan venir. Sugiero que piensen en jubilados que todavía tengan lucidez mental; talentos que en el nuestro y en sus países, han sido rechazados por la edad, pero como rectores de conductas y conocimientos, son poco menos que insustituibles.

Recalcando: debemos aprovechar, no solo a los profesores que contrate el gobierno para las materias programadas, que la reciente experiencia hace insoslayables, sino, y esto es lo más importante, a los profesores nacionales meritorios, a los intelectuales y escritores, los historiadores nuestros, para que participen en pie de igualdad económica con los importados, en especial, una cantidad de historiadores en edad provecta algunos, cuyas experiencias deberían quedar plasmadas.

De modo, que si bien es importante la presencia del maestro frente al alumnado o al profesorado en este caso, sería poco menos que imposible abastecer las carencias a todo lo ancho y largo del país, por las deficiencias universitarias, ya que es absolutamente necesario que se incluyan estos supuestos catedráticos, que son los forjadores inmediatos de los que vendrán después, y los culpables de la formación de las nuevas generaciones.

Para eso, es conveniente, que se vayan preparando los concursos para contratar los técnicos calificados y adquirir los medios tecnológicos necesarios y acondicionar las aulas a pruebas de ruidos, para poder grabar de manera óptima esas enseñanzas y esos recuerdos visuales y sonoros de los importados y de nuestros talentos.

Una, o dos veces bastarían: un ensayo y una exposición frente a un grupo, sería suficiente para abastecer a todo el país, ahora y siempre.

Y estas cátedras, clases, conferencias, seminarios, como quieran llamarlos, ya grabadas, enviando impresos en DVD, en CD, en los nuevos medios tecnológicos, aprovecharíamos al máximo el elevado gasto de traer esos extranjeros y asimismo a los talentos nuestros que se van a ir con sus conocimientos al otro mundo, y aunque dejen textos, no es lo mismo ni es igual verlos y escucharlos.

Aquí se hacen muchos simposios, encuentros, conferencias, lecturas y se despilfarran millones en eventos intrascendentes. Es hora de asumir la responsabilidad histórica de preservar lo mejor para el futuro. Todo ese material debería estar plasmado en los instrumentos tecnológicos de la época, al servicio de todos, no de unos pocos que asistan a esos actos.

Llegamos al extremo, cuando dispongamos de esos lugares especializados (o de tener mientras tanto, alquilados los que se presten a ello), de solicitar, que se empiece de una vez con un programa de grabaciones de escritores, no solo literatos, sino historiadores y de otras disciplinas. Cuánto disfrutaríamos viendo y escuchando a Pedro Henríquez Ureña, Juan Bosch, Pedro Mir, Freddy Gatón Arce, Manuel Rueda, Franklin Mieses Burgos, Domingo Moreno Jimenes, Vetilio Alfau Durán, Emilio Rodríguez Demorizi, etc., a Juan Isidro Jimenes Grullón exponiendo sus teorías, y en fin, a nuestros héroes y mártires, a Minerva Mirabal y Manolo Tavárez Justo. Es la hora de aprovechar al máximo lo que tenemos y resguardarlo en los depósitos que el hombre ha inventado con su dominio cada vez más eficiente de la tecnología. Ya no es suficiente tener una biblioteca, es preciso y necesario, ir al ritmo de los tiempos y tener una digitoteca, por no decir libros sonoros y digitales a granel, cuya difusión podría hacerse sin otros gastos que los de imprimir y difundir.

Manos a la obra con los que vengan y con los que estamos. Y enhorabuena a los maestros de gramática normativa sobre todo, por obsoleta que parezca: es la que ha demostrado fehacientemente que enseña a escribir con propiedad, y a los de matemáticas y cálculos, y otras ciencias, con los que nos puedan enseñar directamente de sus idiomas, de las literaturas y las historias y datos geográficos de sus países. Es decir, una sola inversión por grande que sea, dejaría frutos a granel, no solo para los profesores de ahora, sino para los de siempre.

Y es seguro, que los más beneficiados, a la larga, serán los de la bendita y alabada Asociación de Profesores de la República Dominicana, por no decir, el país entero.

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