20160407 http://www.diariolibre.com
La era del descontento

Una de las características más sobresalientes de la política contemporánea, al menos en los países occidentales, es el creciente disgusto de la ciudadanía con la clase política gobernante por entender que esta sirve exclusivamente a sus intereses particulares y no los de quienes les dan el mandato para gobernar. El tema de la corrupción juega un papel de primer orden en ese estado de ánimo de los electores, así como también el sentir de que los gobernantes no responden con un compromiso verdadero a las necesidades vitales de la población.

Este fenómeno de descontento e irreverencia ante la clase política se ha manifestado de diferentes maneras en diferentes países. Las estructuras partidarias tradicionales han sido dislocadas, dando lugar a la emergencia de nuevos partidos y nuevos líderes, muchas veces en contextos de gobernabilidad precaria. Grecia fue uno de los primeros casos en que una fuerza política nueva –Siriza- emergió entre los escombros de la crisis económica y la incapacidad de la clase política tradicional de ofrecer soluciones idóneas a los problemas económicos y sociales que afectaban a esa sociedad. En España, el nuevo partido Podemos capitalizó la indignación de amplios segmentos de la población por la crisis económica, el desempleo y la corrupción. Construyó un discurso movilizador de corte populista casta vs pueblo que le permitió ser el vehículo canalizador del disgusto de la gente del pueblo frente a la clase política tradicional. Sin embargo, su mal manejo político en el escenario poselecciones ha detenido su ascenso, aunque todavía es muy temprano para saber cuál será el destino de esta joven organización. En otros países de Europa se están dando fenómenos similares, como el caso de Francia, donde hay un crecimiento significativo de la extrema derecha en el contexto de la inseguridad, el terrorismo y el fenómeno de los refugiados y la inmigración en general.

En Estados Unidos, el disgusto del electorado con la clase política tradicional se ha expresado en un sorprendente apoyo a la candidatura de Donald Trump en el Partido Republicano y a la de Bernie Sanders en el Partido Demócrata. Ambos candidatos, uno desde la derecha y otro de la izquierda, han construido un discurso populista que moviliza a “los de abajo” contra “los de arriba”. En el caso de Trump, su crítica es a los políticos de Washington que sólo han pensado en sus intereses, y no han velado por los de la gente sencilla, mientras que en el caso de Sanders, su crítica es a Wall Street, y todo lo que representa el poder de las clases económicas privilegiadas. Ambas figuras han ascendido en medio de ese malestar profundo de una gran parte del electorado con el estado de cosas y su deseo de experimentar con algo nuevo. Es poco lo que el denominado “establishment” ha podido hacer para detener el avance de estos candidatos, independientemente de que al final resulten o no ganadores de sus respectivas convenciones.

En América Latina, el caso de Brasil es el más notorio. Millones de personas se han movilizado en contra el partido gobernante por los casos de corrupción y la crisis económica, al punto de pedir la destitución de la presidenta Dilma Rousseff, cuyo mandato ciertamente se sostiene literalmente en un hilo. Por su parte, en Guatemala, la población decidió elegir a un comediante a la Presidencia de la República, luego del fracaso de los partidos tradicionales, lo que plantea serias interrogantes sobre el futuro de la gobernabilidad en ese país. En el Perú hay una fragmentación pronunciada del sistema de partidos y una población descreída frente a las opciones que se le presentan, a pesar de que ese país experimentó un importante crecimiento en los últimos años. Chile, que se caracterizó por contar con un sistema de partidos fuerte, está también pasando por un momento de crisis en el que el tema de la corrupción, algo inusual en ese país, también está jugando un papel en el descontento de la población.

En medio de toda esta situación surgen los llamados “Papeles de Panamá”, en los que se revelan que muchos gobernantes y políticos han resguardado sus fortunas en paraísos fiscales. Ya el Primer Ministro de Islandia tuvo que renunciar, y seguro que veremos otros políticos en apuros en los días por venir. Estas revelaciones indignan aún más a la gente a la que se le pide sacrificios –aumento de impuestos, reducción de gastos-, mientras muchos políticos esconden y protegen sus fortunas fuera del escrutinio de sus sociedades. Uno que puede ser seriamente afectado por estos acontecimientos es el presidente argentino Mauricio Macri, quien ha tomado medidas drásticas para enderezar la economía, luego del desastre fiscal que dejó su antecesora, pero que seguro verá ahora comprometida su capacidad de acción ante las revelaciones que se han hecho sobre él en los “Papeles de Panamá”.

En República Dominicana hemos gozado hasta ahora de partidos políticos relativamente fuertes, si bien algunos de ellos han pasado por procesos de división que ha menoscabado considerablemente su posicionamiento en la sociedad. Esa fortaleza relativa de los partidos políticos ha sido uno de los pilares de la estabilidad y la gobernabilidad en el país, lo que ha hecho que la sociedad dominicana no haya pasado ni cerca por experiencias similares a las de algunos países latinoamericanos en términos de colapso y pulverización de su sistema de partidos. Sin embargo, muchos acontecimientos en la vida interna de los partidos políticos en este proceso electoral han generado preocupación, descontento y hasta indignación en importantes segmentos de la población. El liderazgo de los partidos políticos tiene la responsabilidad de hacer un alto en el camino, aprender lecciones de otros países y asumir las necesarias reformas para evitar el derrotero por el que ya están andando muchos países latinoamericanos. Las claves de la reforma son simples pero extremadamente difíciles de materializar: institucionalización, democracia interna, transparencia, rendición de cuentas y capacidad de escuchar a la sociedad y dialogar con esta para fortalecer la legitimidad del sistema político.

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