La gran mentira: la democracia dominicana
Tampoco puede haber democracia mientras la corrupción campee por sus fueros sin sanción, protegida por la impunidad y llegar inclusive a convertirse, de hecho, en una institución del Estado.
En la actualidad, en pleno Siglo XXI, es recurrente, que muchos políticos y gobernantes, más bien temerosos por el justo reclamo de sus pueblos, prometan una real democracia y un participativo régimen democrático, aunque la realidad socio-política de sus países demuestre que no desean ni pueden realizar esa promesa, la que no es más que un recurso de retórica política para proyectar una imagen de vocación democrática y justificar su permanencia en el poder.
Todos los pueblos saben que no puede haber democracia en ningún país donde no exista una real separación de los Poderes del Estado y donde el Jefe del Estado controle el Poder Ejecutivo, la mayoría del Poder Legislativo e importantes estamentos del Poder Judicial.
Mientras el poder político viole la Constitución y las leyes, socavando los cimientos de las instituciones y la seguridad jurídica, que son precisamente la garantía de la democracia.
Cuando no haya un pacto social entre gobernantes y gobernados que corrija la injusticia social y la desigual distribución de la riqueza, con su secuela de pobreza e insatisfacción de las primordiales necesidades del pueblo.
Tampoco puede haber democracia mientras la corrupción campee por sus fueros sin sanción, protegida por la impunidad y llegar inclusive a convertirse, de hecho, en una institución del Estado.
Es imposible la democracia mientras se apliquen medidas antidemocráticas como el clientelismo, el populismo, el uso abusivo de los recursos del Estado, la intolerancia, sutiles presiones contra la libertad de prensa, entre otras.
No puede existir democracia donde se promueva un degradante culto a la personalidad del gobernante de turno, que envilece la dignidad humana.
¿Cómo pensar en democracia en algún país en el que su gobernante, llegue a considerarse dueño y señor del Estado, pretendiendo emular al Rey Luis XIV de Francia, con su famosa expresión: “L’Etat c’est moi”, o sea “El Estado soy Yo”.
Al analizar las características antes mencionadas nos preguntamos y le preguntamos al pueblo dominicano: ¿Y qué de la República Dominicana? ¿Existe o no democracia? ¿Tenemos o no un régimen democrático? Estamos seguros que la inmensa mayoría de nuestro pueblo, el pueblo llano, el que no necesita tener una esmerada educación ni una cultura política para contestar, respondería sin ambages, que la tan proclamada democracia dominicana es el “mito” y la gran “mentira”, proclamada por aquellos que ostentan y se benefician del poder político y económico de la Nación.
El pueblo dominicano, todo el pueblo, sabe lo que significa y aspira tener una verdadera y real democracia. Por ello se aferra a celebrar elecciones libres, convencido de que con ellas puede algún día lograrla y preservarla, siendo éste el camino escogido para decidir su destino. Pero ello no es suficiente. Para la consecución y consolidación de nuestra democracia falta aún mucho trecho por andar.
Lo importante es no desistir y continuar luchando. Pronto tendremos elecciones para escoger nuevos gobernantes. Será el momento de pasar un balance sobre el gobierno que termina y sus esfuerzos por mantenerse en el poder y sobre las legítimas aspiraciones de una fuerte oposición política para sustituirlo. El pueblo podrá entonces decidir sobre su futuro democrático, de hacer valer su derecho a que se respete la voluntad popular y de cumplir con sus deberes patrios.
La historia de nuestro país nos enseña que la institucionalidad democrática no progresa y que cada vez que avanzamos nos detenemos o retrocedemos. Cuando damos un paso adelante, damos dos pasos hacia atrás. Pero la historia también ilustra elocuentemente los sacrificios que el pueblo ha tenido que soportar para tratar de vivir en democracia. Desde los orígenes de la independencia los dominicanos han luchado valerosamente para labrar su destino contra todas las adversidades. Ahora no debe ser distinto.
Nos permitimos terminar citando unas reflexiones de Alexis de Tocqueville, reputado liberal, sociólogo, político y escritor francés del Siglo XIX, quien en su famosa obra “La democracia en América” expresa lo siguiente: “En la democracia los votos se cuentan pero no se pesan. De ese modo la cantidad termina por valer más que la calidad y los menos inteligentes terminan siempre por gobernar. Gobiernan arruinando el único sistema de gobierno posible, la democracia, que es el porvenir de las sociedades avanzadas”.
Hagamos que en las próximas elecciones nuestro voto no solo se cuente sino que se pese y que sirva para elegir a un gobierno participativo, donde el pueblo pueda exigirle el cumplimiento de sus obligaciones con el país y desde donde se persiga el logro de un futuro de bienestar y de progreso, dentro del más absoluto respeto a la Constitución y las leyes de la República y a los derechos de la dignidad humana de todos los dominicanos.
Tratemos de que la República Dominicana no permanezca estancada en el siglo XIX de Tocqueville, 200 años atrás y exijamos a nuestros gobiernos un comportamiento y actuación social, política, económica y moral acorde con la época en que vivimos, el actual Siglo XXI.
Pedro Padilla Tonos
Pedro Padilla Tonos