La Ruta de los Tecnozombies ¿Hacia dónde evoluciona la especie humana?

Llegamos temprano al esperado Congreso internacional de Marketing que tendría lugar en Santo Domingo. Cientos de jóvenes y estudiantes universitarios del área iban ocupando las interminables filas de asientos, hasta abarrotar el auditorio.
Era fácil darse cuenta de que formábamos parte de una reducida minoría de “señores mayores” que también estábamos interesados en las últimas novedades y el futuro de la publicidad.
Una joven desde el pasillo me preguntó si podía ocupar el asiento a mi lado. Sonriendo asentí, mientras retiraba mi cartera. La observé abrirse paso como avalancha; rozando, empujando o pisando a todos los que ya estaban sentados. Se dejó caer estrepitosamente a mi lado, como preludio de que tendría una vecina de esas que se hacen sentir. De pronto noté que ya no cabía en mi asiento, mientras confirmaba que una de sus piernas estaba ocupando la mitad de mi espacio. Cortésmente le pedí ubicarse solo en su silla, pues me estaba incomodando.
Detrás nuestro la recién llegada reconoció a dos amigas. Y en ese momento inició una cadenciosa danza de rostro y cabellos que giraban bruscamente 180 grados, barriéndome el rostro y medio cuerpo, dependiendo del ritmo de la conversación con las amigas de la fila trasera. Nueva vez le pedí tener cuidado, pues en dos oportunidades sus “coletazos” habían alcanzado mis ojos. Por fin empezó la conferencia, y la montaña rusa a mi lado finalmente se detuvo.
Cuando salimos al Coffee Break, identifiqué el expendio de café. ¡Ufff! ¡Cuánto necesitaba uno, habiendo empezado el día tan temprano. Nos colocamos en la fila. Sólo 5 personas delante de mí. ¡Excelente!. No contaba, sin embargo, con lo que ocurriría. Cada una de ellas fue llamando o recibiendo varios amigos para “compartir” el turno, y terminé siendo la número 21.
Fui entonces al baño. Otra fila para los lavamanos. Ya terminaba quien me precedía cuando de la nada surgió una joven que en un instante se había apoderado del agua, del jabón y del espacio. Cuando terminó le pregunté “¿Cariño, no te diste cuenta de que estábamos en fila y de que era mi turno?” Me respondió ¿Es verdad? Volteó hacia las amigas que la esperaban, y se alejó como si la conversación no hubiera existido.
Tuvimos que resolver algunos temas de la oficina durante el receso, y, al regresar nos dimos cuenta de que ya casi todos estaban sentados y uno de los expositores hablaba al micrófono. Nuestros asientos estaban muy al frente. Abrirnos paso para llegar hasta ellos importunaría a todos, así que decidimos quedarnos en unos asientos vacíos en la parte de atrás. ¡Grave error!
Diversos grupos de jóvenes circulaban alrededor nuestro, cual si estuvieran en un bar o una fiesta. Se detenían frente a nosotros mientras reían y hacían cuentos. No teníamos idea de porqué permanecían dentro del auditorio, cuando obviamente no les interesaba en lo más mínimo lo que allí ocurría. Mucho menos mostraban la menor consideración con los que sí estábamos interesados. “Por favor jóvenes, muévanse! No podemos ver ni oír nada”. “Señorita, tenga la amabilidad y muévase a la derecha. No podemos ver el vídeo” replicaba mi compañero. “Shhhh! Por favor, no escuchamos nada”. Risas, cuentos, fotos en los celulares que provocaban más risas y más cuentos... Misión imposible, a esos dos expositores apenas los escuchamos.
Nos marchamos agotados y frustrados. Por horas habíamos tratado sin éxito de motivar ciertas normas de educación básica a aquellos que parecían no hablar nuestro idioma o estar en otra dimensión.
Mientras nos retirábamos recordé los estudios del Dr. Gary Small, uno de los más reconocidos neurobiólogos modernos, y uno de los mayores expertos en comportamiento y funcionamiento cerebral. En una de sus obras, “El Cerebro Digital”, el Dr. Small nos habla de las diferencias entre los nativos digitales, los que nacieron hace 30 años o menos; y los inmigrantes digitales, aquellos que hemos llegado al mundo cibernético después de la adultez.
En su obra se exponen interesantes evidencias de la plasticidad del cerebro. Así, por ejemplo, investigaciones científicas demostraron que en tan solo una semana dedicando una hora diaria a la computadora, se observaron importantes cambios estructurales en las conexiones neuronales. En otras palabras, el cerebro de los voluntarios se transformó físicamente. Imaginemos pues lo que ha estado ocurriendo en la fisiología del cerebro de los que nacieron con el internet, después de 20 años de inmersión en el ciberespacio.
El doctor Small nos dice: aunque la exposición al entorno digital parezca ejercer un impacto muy sutil, sus efectos estructurales y funcionales son profundos. Conforme el cerebro traslada su foco hacia nuevas habilidades, se aleja de las capacidades sociales fundamentales.
La falta de atención en las aulas, la falta de concentración en reuniones de trabajo, la indiferencia y distracciones en conferencia y exposiciones, son retos constantes para maestros, supervisores, conferencistas y ejecutivos. Así mismo, el aislamiento e indiferencia en reuniones y visitas familiares decepciona y entristece a los de mayor edad.
Los jóvenes de hoy, han evolucionado cerebralmente, desarrollando nuevas habilidades como la capacidad de síntesis, el manejo de las multitareas y actividades en paralelo; sin embargo, han perdido facultades como la calma, la capacidad de reflexionar, de concentrarse, de pensamiento profundo y sobre todo: han perdido las habilidades sociales. Estos cambios se han producido con mucha rapidez, por lo que el Dr. Small sugiere que estamos frente al proceso evolutivo más impresionante y veloz de nuestra historia.
Otros expertos como Nicholas Carr, autor de: Superficiales: ¿Qué está haciendo el internet con nuestra mentes? coinciden en señalar las deficiencias que presentan los nativos digitales para desarrollar relaciones personales íntimas, fuertes y saludables. Su control de los impulsos es pobre, su inteligencia emocional disminuida y su falta de empatía notable.
Los humanos desde nuestros orígenes hemos desarrollado habilidades sociales que han sido fundamentales para la supervivencia de nuestra especie. Somos gregarios. Vivimos en comunidad. En aislamiento y soledad éramos frágiles e indefensos; y lo seguimos siendo. Hace miles de años aprendimos a interpretar las señales, los gestos, las miradas, las emociones de quienes nos rodeaban. Nuestro lenguaje corporal y nuestra sensibilidad para interpretarlos, han transmitido más información y han creado más vínculos que nuestro propio lenguaje verbal.
En la fisiología del cerebro, mientras más utilizamos ciertas habilidades, más conexiones neuronales se conforman fortaleciendo sus mecanismos internos, haciéndonos mejores cada día en la ejecución de las mismas. Pero esto también funciona a la inversa. Las áreas que en forma sostenida dejan de utilizarse, se debilitan y atrofian.
Si el atractivo de la tecnología ha alejado a los nativos digitales del contacto real, haciéndoles perder las facultades medulares del carácter social de la esencia humana; esas de encuentro de miradas, abiertas sonrisas, escucha interesada, y empatía manifiesta. Si a fuerza de no utilizar las áreas cerebrales que manejan nuestras habilidades sociales, su atrofia forma ahora parte de las características biológicas del cerebro humano ¿hacia dónde nos lleva esta acelerada evolución neuronal?
Lo que vivimos aquel día en el congreso, ¿sería acaso un preámbulo?

Fe María Franco
Fe María Franco