La sicopatía del caudillo

Se presumen acreedores de dotaciones prodigiosas. Genios de las grandes conceptualizaciones, magos de los sofismas. Trascienden el bien y el mal.
$!La sicopatía del caudillo

El poder en América Latina es un criadero de especies raras. Algunas, pequeñas, se creen la idea de su propia grandeza tras un pasado de carencias y paranoias. Son enanos inflados con testosterona sintética. Llegaron al liderazgo convencidos de ser instrumentos de poderes eternos. Se presienten convocados por la historia a gestas quiméricas fabricadas en sus perturbados sentidos, como poseídos por designios esotéricos. Su psiquis es un volcán de oscuras obsesiones. En su enajenación quedaron atrapados en una sola razón: el yo, único espacio iluminado en sus sombras. El poder repentino les enfermó el alma. Se enamoraron de su voz, mente y porte y hoy tutean a los seres celestes. Cualquier lugar es pequeño para correr las carpas de sus espejismos. Las imágenes de sus delirios arropan la propia mortalidad, una condición que ya no sienten ni cabe en sus memorias. No saben escurrir el susurro de la adulancia ni discernir la lealtad del servilismo. Están nublados por las falsas alturas. Adictos a los empalagos, halagos y sumisiones. Sus embelesos se nutren de esas masturbaciones. Esos son nuestros caudillos. Líderes de cartón creyéndose rocas. Hombrecillos de barro con ínfulas metálicas.

Llegaron por accidentes históricos, pero juran que fue obra de sus irrepetibles encantos o por infalible mandato de la historia. Sus esquizofrenias aparejan relatos distintos: algunos se ven como reencarnaciones de libertadores y guerreros. Sus discursos, combativos y trepidantes, son ecos de cruzadas libertarias. Por eso fantasean con enemigos, tramas y conspiraciones. Andan siempre frenéticos y defensivos. Ven con sospecha a todo el que no se rinde a sus deslumbramientos. En sus alucinaciones no falta el fetichismo por los símbolos patrios, como estampas que avalan su epifanía redentora. Se prefiguran como gestores de inconclusas tareas históricas, inspirados por los espíritus de los próceres. Andan armados de portentosas excusas ideológicas en las que “el pueblo” es foco obsesivo, pero, ¡cuidado!, “pueblo” solo son los que celebran su narcisismo, los que aceptan como única verdad sus razones. Cualquier opinión contraria es desacato. Ese es el liderazgo épico del milenio como reencarnación de un pasado patriótico. Viene etiquetado con marcas de socialismo o ultranacionalismo. Da igual. Los mismos histerismos atados por una razón final: el glorioso yo.

Otros se perciben como la esencia de la sabiduría y el preludio a un futuro de grandeza. Sus visiones no se inspiran en el pasado sino en los cambios que esperan. Se esconden en las falsas modestias. Son liderazgos impasibles, distantes y callados. Más racionales que emotivos, pero construidos sobre una soberbia fría y montañosa. Se presumen acreedores de dotaciones prodigiosas. Genios de las grandes conceptualizaciones, magos de los sofismas. Trascienden el bien y el mal. Llegan a creerse que la nación les adeuda por la honra de tenerlos. Al amparo de esa presunción hay que consentirles todos sus excesos, vicios y megalomanías. Mientras respiren tendrán razón para seguir en el poder, porque el poder los hizo; fuera de él enloquecen o mueren por dentro. Nunca se retiran, y cuando salen quieren volver; sienten que sería un crimen de inocencia social privarse de su liderazgo. En el fondo son miserables, con una historia de fracturas y vacíos. Hechuras de esas carencias.

América Latina debe volver a la racionalidad democrática y dejar el oscurantismo místico en una era ideológicamente ruinosa. Un orden donde los que gobiernan no son más de lo que son: humanos sujetos a obligaciones, lealtades y cuentas. Esos relatos grandilocuentes del poder deben ser balances del pasado. Gobernar es un acto racional y objetivo que no precisa de clarividencias portentosas. Necesitamos ejecutivos, no teatreros; gente ocupada en hacer y no en merecer. Hombres y mujeres equilibrados, realizados y comprometidos, con sentido pragmático y sensibilidad. Eso es suficiente. El poder no es altar, es trabajo; no es propiedad, es oportunidad; tampoco es tribuna, es despacho. Gobernar es una gestión ordinariamente humana que no hace más grande a quien lo ejerce, sino más responsable.

Volver a escuchar estas palabras en labios de un gobernante debiera ser un oprobio y mención del pasado: “Nosotros sabemos que nuestro comandante ascendió hasta esas alturas, está frente a frente a Cristo. Alguna cosa influyó para que se convoque a un papa sudamericano, alguna mano nueva llegó y Cristo le dijo: llegó la ahora de América del Sur. Cristo redentor se hizo carne, se hizo nervio, se hizo verdad en Chávez”... (Nicolás Maduro)

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