La Tierra del Águila

Soy del Cibao, tierra de gente alegre, servicial y trabajadora, de café y cacao, de playas y montañas. Muchas cosas bellas tiene el Cibao y muchas más aún, el cibaeño. Pero si quisiera alguien conocer el Cibao, la única forma es venir cuando el águila levanta el vuelo.

Entrar desde Santo Domingo 11 a 5 y al aire un out, con la tensión hecha carne en las multitudes congregadas en televisores por toda la autopista, multitudes que vienen quién sabe de qué pueblos totalmente desconocidos que se reúnen frente a cualquier cosa que transmita una imagen, en plena carretera, casi a media noche en bancas solitarias, asadores que siempre me han pasado invisibles o enramadas donde pensaría yo que solo venden coco e’ agua.

El que entra al Cibao en este momento, obviamente con el radio encendío porque es fiesta patria una final Águilas-Licey, se entera del final del partido por la explosión de algarabía contenida de la calle que es más rápida aún que el locutor del radio. Desde ese momento, cada kilómetro de la vía se llena de una inexplicable cantidad de gente que sale a recordarle a todo el que toque suelo cibaeño que acaba de entrar en tierra de ganadores. Se golpean las bandas de seguridad vial con palos, niños y viejas saltan casi arriba de las calles gritando la noticia a los contados carros y camiones que andan a esa hora, por si no se han enterado, como si fuera posible que quedara alguien sin notarlo.

Se celebran mutuamente, los carros que pasan y el tumulto, unos con bocinas en morse cibaeño y otros con cornetas que soplan con la i. Carros y motores enganchan a sus naves cualquier cosa de metal que pueda hacer bulla, o mejor aún, sacar chispas: latas, pedazos de metal, electrodomésticos, aros de ruedas y hasta lavadoras pasan trepidantes por las calles que son tan aguiluchas como la misma gente y que se suman a la bulla contentas de golpear las latas arrastradas.

Por supuesto, más de un carro se accidenta con pedazos de metal enormes que se sueltan de motores más borrachos que sus dueños. Pero a nadie le importa mucho porque hoy es un día para celebrar, hoy festeja la ley y el ladrón, y hasta la tristeza está de fiesta y así, como uno de esos accidentados, íbamos sobre la grúa que nos remolcó, tocándole bocina al tumulto de celebraciones imprudentes, que nos daban ánimo para sobrellevar la pena que ellos mismos habían causado.

Todo el camino igual hasta entrar en Santiago, donde las alas del águila lo revolvieron todo con el huracán de su aleteo. 9 años hibernando para despertar con toda la potencia de un pueblo ganador y cibaeño, en un maremoto de alcohol, motores y yipetas con más aguiluchos saliendo por las ventanas que los que cupieran en una guagua.

Las bocinas, las cornetas, el rugido de los motores, la fiesta de la ley y la ley del festejo se adueñan de las calles y no queda un rincón en paz que no brinque con la sacudida del huracán cibaeño, del vuelo aguilucho. Los semáforos son lucecitas de Navidad, los motores andan de aquí para allá con 4 personas encima, normalmente dos chicas entre dos chicos, ocasionalmente con la caída del borracho de atrás, debido a la imprudencia del borracho que maneja. Los carros deportivos y las yipetas rebosan de cornetas, banderas y personas, que salen de todos los agujeros posibles y que celebran junto al pueblo de las águilas, ya sea que vaya en motor, a pie o bien montao’.

Los carros se cruzan por las aceras, suenan sirenas y altavoces, no de la ley poniendo orden, sino del desorden de los hijos de políticos sin ley. El monumento se convierte en un Ágora de borrachos y sus calles se cubren de alfombras de vidrios verdes y espuma de cerveza derramada.

Ahora sí, en una noche de orgullo escandaloso, puedes decir que conoces al Cibao. Una tierra de Esperanza, que no se acongoja cuando su equipo pierde, sino que acumula la fiesta hasta que su pueblo gana, y lo suelta todo cuando dice al mundo: aquí somos ganadores, aquí somos aguiluchos.

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