La tumba de Colón: la duda compartida

En 2003 la Universidad de Granada exhumó los restos mortales del que los españoles suponen que en vida fuera Cristóbal Colón, así como también los de Hernando, el hijo bastardo del gran Almirante, que reposan en la Catedral de Sevilla desde que, a finales del siglo XIX, fueran trasladado de La Habana a Sevilla. Se les iba a practicar un examen genético que podría poner fin a la polémica que se inició el 10 de junio de 1877 cuando el canónigo Francisco Javier Billini descubrió en una bóveda de la Catedral de Santo Domingo, en una urna de plomo, unos despojos humanos acompañados de inscripciones que restaban veracidad al hecho de que los restos mortales de Cristóbal Colón habían sido trasladados a La Habana en 1795.

El error de urna se debe a la precipitación de las autoridades hispánicas al dejar el territorio de La Española que había sido cedida a Francia en uno de los acápites del Tratado de Basilea firmado el 22 de julio de 1795, pues todo deja a entender que los restos que fueron trasladados a Cuba eran los de Diego Colón, el hijo mayor del insigne Almirante descubridor del Nuevo Mundo. Desde el encuentro fortuito del padre Billini, España y República Dominicana se miran como perros de porcelana y la tinta ha corrido a flote sobre páginas y páginas sin que el enigma se disipe.

Mientras el ADN arroja sus resultados la historia de la tumba de Colón significa, para los dominicanos, un asunto de fe más que de convicción. Sin embargo, existe una maravillosa obra de Emiliano Tejera, Los restos de Colón en Santo Domingo (Bibliófilos,1986), escrita y publicada al calor de los acontecimientos en 1878 y 1879, que investiga con la minuciosidad de un detective del FBI la historia de los despojos mortales del redondeador de la tierra luego del macabro descubrimiento del Padre Billini y expone una tesis que los concernidos españoles no han aceptado. Tejera plantea una hipótesis apasionante y amena que nos conduce, con un estilo elegante y de gran escritor, a leer e interesarnos en una polémica de siglos cuya actualidad se la da el interés de los españoles por ponerle punto final a la porfía.

En la tesis de Tejera, a pesar de ciertos límites que él mismo reconoce, hay que admitir que Colón reposa en Santo Domingo después que María de Toledo, su nuera, lo trajera en 1540 ó 1544, si no se acepta la fecha de 1536 que es la más corriente con el pretexto de que en esa fecha la Catedral aún no estaba terminada. La hipótesis de Tejera reposa en la ubicación de las urnas y en que las lápidas que las cubrían no llevaban inscripción alguna por lo que es verosímil que se hayan equivocado de bóveda al momento del traslado hacía La Habana en 1795. “De las dos bóvedas contiguas”, escribe Tejera, “los españoles abrieron, no la pegada al muro, que era la que encerraba los huesos del Primer Almirante, sino la otra, la que guardaba los de su hijo D. Diego, i que solo estaba separada de la primera por una pared de 16 centímetros de grueso. A la segunda bóveda es a la que conviene mejor la designación de Hidalgo: entre la ‘pared principal i la peana del Altar Mayor’. Ambas bóvedas están sobre el Presbiterio, ambas del lado del Evanjelio; pero la que contenía los restos de D. Cristóbal Colon estaba i está pegada a la pared, i aun entrando algo en ella, mientras que la que encerraba los de D. Diego estaba entre esa misma pared i la peana del Altar Mayor, o mejor dicho entre esta i la bóveda del Primer Almirante.” (p.19).

La descripción de la urna que descubrió el Padre Billini el 10 de septiembre de 1877 en el presbiterio de la Catedral, bajo la pluma de Tejera, es digna de un novelista. Sus detalles nos dan la impresión de que estamos frente a ella y de que se trata de la que realmente contiene los restos del ilustre Almirante. Su hipótesis es aún más convincente cuando transcribe las inscripciones que ornaban la urna: “D. de la A. Per Ate” lo que se traduce por “Descubridor de la América. Primer Almirante”. Es la palabra “América” en dicho sarcófago lo que Tejera acepta como una limitación para sus argumentos, pues con la seriedad de un lingüista reconoce que el sustantivo América no era usual en España cuando los restos de Colón fueron trasladados a Santo Domingo en 1536, 1540 ó 1544, pero ya había sido atestada en España desde 1520 y el Continente se había comenzado a llamar así desde 1509: “Si en la inscripción de la caja se quería dar a Colon el calificativo de Descubridor, poco importaba a los que tal pretendían designar la cosa descubierta con el nombre de Indias o con el de América, ya usado desde 16 años antes en la misma España. El nombre de América tal vez parezca extraño en la inscripción, pero no es imposible que pudiera usarse, i nadie puede asegurar que no se usó, mientras no se encuentren documentos auténticos que lo contradigan” (p.41).

Moreau de Saint-Méry, el cónsul francés que visitó la parte española de la isla antes de que fuera cedida a Francia, precisa en Descripción de la parte española de la isla de Santo Domingo, que cuando indagó sobre la tumba de Colón se le dijo que estaba en la Catedral, sin precisar dónde, porque las lápidas no tenían inscripción. Moreau de Saint-Méry fortalece la tesis de Emiliano Tejera en el sentido de que se habían llevado para La Habana los restos de Diego Colón y no los del Primer Almirante.

Los supuestos restos mortales del Almirante fueron trasladados a La Habana con una majestuosa pompa que, hasta el descubrimiento del Padre Billini, formaba parte de las leyendas sociales de los dominicanos durante los primeros 77 años del siglo XIX. Una majestuosidad digna de lo que Colón representaba, post-mortem, para España.

Más de dos siglos han transcurrido desde que Billini hizo el encuentro fortuito con las cenizas del osado navegante y de que Emiliano Tejera expusiera su fabulosa tesis digna del cine policiaco norteamericano. Para República Dominicana Cristóbal Colón y su inseparable “fucú” reposan en el Mausoleo del Faro que lleva su nombre. Para España, poner en manos de científicos las cenizas de los Colón que reposan en la Catedral de Sevilla es reconocer plausible la tesis de Emiliano Tejera y, al mismo tiempo, hacer aún más hermético el enigma que los dominicanos, sea cual fuere el veredicto, compartirán eternamente con los españoles.

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