Lecciones de un semáforo

Vivo en un residencial cerrado con acceso a una carretera de rápida circulación que poco a poco fue poblándose de casas. Hoy es un vecindario de casi cien familias. Esa densidad justificó un mayor control de la entrada y salida de vehículos. Se instaló un semáforo. Los conductores, sin encubrir su encono, retaban de forma temeraria el paso de los vecinos. Este instrumento, que en ambientes civilizados sirve para ordenar, insólitamente anarquizaba aun más el tránsito. Ante la amenaza de más accidentes se construyeron mojones reductores de velocidad hasta un carril de la vía. Con más rabia, los automovilistas los eludían a alta velocidad. Para reducir el tiempo de espera en luz roja, decidimos habilitar un sensor de piso que activara el cambio de luz con el peso de las llantas. Ese costoso esfuerzo resultó inservible; la imprudencia se impuso soberanamente. ¡Nos rendimos! En mi vecindad el temor a perder la vida es barata rutina. No hallo lugar para colgar mi vergüenza cuando a los visitantes extranjeros tengo que advertirles que el semáforo del frente es puro ornamento. La forma más “segura” de salir es arrebatando un turno con las zarpas del instinto. ¡Pura selva!

Ese trance agrega motivos para reflexiones más hondas, y es que en los detalles habita el diablo. Antes me resistía a aceptar este proceder bajo la falsa presunción de que vivía “en sociedad”. Sentía en mi estómago la amargura de una frustración mordiente. Me resistía a consentir violaciones tan primitivas a normas básicas de convivencia. Con el tiempo fui desvistiendo mi asombro. Decidí cauterizar mi sensibilidad para hacerme cómplice indolente de la tragedia que nos lacera. Hoy me niego a cualquier ilusión de convivir bajo patrones de civilización. Admito estar en una sociedad modernamente tribal que opera al filo del suicidio. Aquí hay que hacerse el sinvergüenza y sobrevivir a la defensiva. Esa actitud de arrebato impone en todo su cavernaria razón. Llega el que tiene más pujos y no el más respetuoso.

El tránsito es un parámetro muy fiel para medir la organización de una sociedad. Y es que la conducción pone en juego las condiciones más valiosas de un ciudadano: respeto, tolerancia, previsión, prudencia y cortesía. Vivir en el país de más muertes en accidentes viales de América Latina y el segundo del mundo es para pensar ¿o sobrecogerse? Hablar de 42 muertes por cada cien mil habitantes en cualquier escala y escenario es un hecho catastrófico. En contextos más racionales ese diagnóstico justificaría un alarmante estado de emergencia; aquí no hace ni cosquilla. Para tener una idea más completa, basta considerar que en Suecia se registran tres por cada cien mil habitantes y que la tasa media mundial es de diecisiete. Lo patético es que este comportamiento no es aislado, forma parte de una realidad de mayor dimensión, dominada, entre otras, por un motivo portentoso: la impunidad. Somos una sociedad sin constreñimiento para obedecer la ley porque no existe voluntad para aplicarla ni temor para obedecerla. La sanción pierde coacción cuando la autoridad es la principal violadora de la ley, cuando no existe un régimen real de consecuencias, cuando a todo se le busca un “bajadero” o se “resuelve” por canales oficiosos, cuando para aplicar la ley se consideran primero la ascendencia social, la jerarquía política y los intereses comprometidos, cuando la Justicia reconoce solo como procesados a los pobres, feos y morenos.

Muchos liberales me llaman pesimista y acepto sin ofensa esa condición. Me prefiero así a hacer poesía con la desdicha. Nuestro problema es estructural y las respuestas que le damos son remediales. Con parches y remiendos no se construye futuro. Algunos más pesimistas que yo (que es mucho decir) esperan que el sistema agote sus reservas operativas; entienden que solo así despertaremos a un nuevo ciclo. Es que mientras alimentemos la falsa percepción de que andamos bien nunca sentiremos el apremio del cambio frente a una cultura social permisiva y de pobres exigencia, conciencia y decisión. No creo en el discurso progresista; además de sofista y políticamente interesado, parte de una premisa derrotada: que el equilibrio macroeconómico y la estabilidad política son logros suficientes para “transformar” el país. Tenemos más de medio siglo apostando a esas condiciones pero el deterioro institucional es cada vez más grave. Basta preguntarnos ¿qué carajo funciona bien? La respuesta pende de una exploración minuciosa que toque la puerta de cada institución pública. Pueda que los resultados nos regresen al asombro. Mientras el desarrollo descanse en estribos políticos tan débiles como el presidencialismo redentista, el cambio sin propuestas, la ausencia de planes vinculantes, el secuestro institucional y el autoritarismo como núcleo centralizador de las decisiones públicas, seguiremos siendo lo que nos ha costado aceptar: una nación paria. Mientras el gran capital privado se sienta cómodo con el sistema tampoco hará esfuerzos para aventuras inciertas de cambio: prefiere que estos se produzcan bajo su filtro y a nivel epidérmico. El problema es que la desconexión de estos intereses con las expectativas de la base social es tan profunda que han perdido toda credibilidad. Lo prometedor es que por lo menos la clase media reconoce que ese esquema de dominación fáctica y vertical (cúpulas partidarias y oligopolios empresariales) lejos de constituir una alianza progresista para dar el salto han sido tropiezos en ese andar. Sus omisiones han boicoteado cualquier esfuerzo. Prefieren maquillar el sistema.

Cuando reflexiono sobre el futuro dominicano siempre me remito al Informe Nacional de Desarrollo Humano del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, PNUD, República Dominicana 2005, que después de advertir del “fracaso de las elites políticas de los últimos 50 años para conducir a su población a estadios de bienestar y seguridad”, concluyó certeramente de la siguiente manera: “La causa principal de la pobreza dominicana y del bajo desarrollo humano relativo no es la falta de financiamiento y de recursos económicos, sino el escaso compromiso con el progreso colectivo del liderazgo nacional y empresarial”. Cualquier comentario sobra. Mientras tanto, trataré de salir de mi vecindario. Obvio, me haré el sinvergüenza con el semáforo.

joseluistaveras2003@yahoo.com

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