López Obrador, una gran esperanza y una probable frustración

«El combate a la corrupción y la austeridad nos permitirá liberar suficientes fondos, más de lo que imaginamos, mucho más, para impulsar el desarrollo de México. Con esta fórmula sencilla de acabar con la corrupción y de llevar a la práctica la austeridad republicana, no habrá necesidad de incrementar impuestos en términos reales, y ese es un compromiso que estoy haciendo, ni aumentarán los precios de los combustibles más allá de la inflación». Discurso de toma de posesión del Presidente López Obrador de México, diciembre 1, 2018

México, con una población estimada en más de 120 millones, es la segunda economía de América Latina y una de las quince economías más importantes del globo. A pesar de sus riquezas y de los avances económicos que ha experimentado en las últimas décadas, México sigue siendo un país con altos niveles de desigualdad y con una pobreza que supera el 40% de la población. Para algunos observadores, esta situación está vinculada con el predominio – casi absoluto – del Partido Revolucionario Institucional (PRI) durante unos setenta años del siglo XX y el desarrollo de una cultura de corrupción e impunidad que normalmente acompaña a los partidos que ejercen el poder sin los necesarios contrapesos.

El tema de la corrupción socavó la credibilidad de los partidos tradicionales en México y López Obrador con un fervoroso discurso anti corrupción logró, en su tercer intento, concitar el respaldo abrumador de un electorado hastiado del saqueo de los recursos públicos. Su planteamiento fue sencillo, pero convincente: la pobreza, la desigualdad y los graves problemas de inseguridad son resultados de la corrupción y la impunidad, y éstas de las políticas neoliberales que se han aplicado desde el 1982. Una mezcla de retórica y realidad, pero suficiente para cautivar al electorado y llegar a la presidencia con el mayor margen en la historia electoral de México. De modo que su presidencia abre un espacio de esperanza para millones de mexicanos, especialmente para los sectores más empobrecidos.

Sin lugar a dudas, López Obrador ha creado grandes expectativas entre sus electores, y la pregunta que muchos se hacen es si podrá hacer realidad gran parte de sus promesas, elaboradas con el mayor apego a la receta populista. Para que no se piense que es una exageración, veamos algunos ejemplos que están contenidos en las 100 promesas que ha hecho el nuevo presidente y que fueron reiteradas ante una multitud que desbordó El Zócalo, la principal plaza pública de México. Entre esas promesas está la de que “todos los estudiantes de los Colegios de Bachilleres, escuelas técnicas, vocacionales y preparatorias públicas, recibirán una beca de 800 pesos mensuales”. Igualmente, “trescientos mil jóvenes, en condiciones de pobreza, que ingresen o estén estudiando en universidades, tendrán derecho a una beca de dos mil 400 pesos mensuales”. Y como si esto fuera poco, “dos millones 300 mil jóvenes desempleados serán contratados para trabajar como aprendices en actividades productivas en el campo y la ciudad, y ganarán un sueldo de 3 mil 600 pesos mensuales”. He citado textualmente estas promesas para que no haya una interpretación antojadiza.

Para cumplir con tales promesas el nuevo gobierno necesitaría agenciarse casi 9 mil millones de dólares adicionales. Pero ese monto es una pequeña parte del costo económico de todas sus promesas, las cuales incluyen, además, hacer “realidad el derecho a la salud”, garantizando “a los mexicanos atención médica y medicamentos gratuitos”, con el propósito de tener, en tres años, un sistema de salud “como en Canadá o en los países nórdicos”. Una noble promesa llena de espinas.

De igual manera, López Obrador se propone deshacer la reforma en el área de energía – igual que la educativa –, y para ello se propone dedicar cuantiosas inversiones públicas para rehabilitar la producción de petróleo, gas y electricidad. En este sentido, hizo un llamado patético y anacrónico “a los técnicos y obreros petroleros, en activo o jubilados, para actuar con patriotismo como se hizo en los tiempos del general Lázaro Cárdenas, y a que volvamos a rescatar la industria petrolera nacional”.

Además, concederá créditos bajo palabra y sin intereses a los pequeños productores del campo, a los artesanos, dueños de talleres, tiendas y pequeñas empresas. Y construirá el tren “Maya para comunicar por este medio de transporte rápido y moderno a turistas y pasajeros nacionales en los estados de Chiapas, Tabasco, Campeche, Yucatán y Quintana Roo”.

Estas promesas – que pudieran ser bien intencionadas – tienen dos grandes problemas. El primero es que representan un dañino proceso de estatización de la economía mexicana; y, el segundo, es que el balance fiscal es deficitario. Pero, además, López Obrador ha prometido reducir el endeudamiento y no aumentar los impuestos. De acuerdo con su plan, los nuevos recursos provendrán de la lucha contra la corrupción y de la austeridad. Ciertamente, esa lucha deberá liberar recursos adicionales para el gasto público, pero, probablemente, no en la magnitud suficiente para cubrir el déficit fiscal existente y, a la vez, expandir el gasto público para cumplir con todas sus promesas. Solo una visión populista no es capaz de mirar las consecuencias económicas y sociales de ignorar la restricción presupuestaria.

En su discurso inaugural, López Obrador mostró un gran desdén por la economía; incluso, llegó a plantear que la economía mexicana había tenido su mejor crecimiento cuando en los años 60’s el ministro de hacienda – Antonio Ortiz Mena – era un abogado, como él. Y espera hacer crecer la economía por encima del crecimiento de la época que denomina “neoliberal”. La realidad pudiera desmentirlo categóricamente.

Una promesa importante que ha hecho el nuevo presidente es que se someterá a que el pueblo decida, el primer domingo de julio de 2021, sobre la revocación de su mandato. Es una jugada que le podría salir mal. Mientras tanto, se debe confiar que López Obrador tendrá la necesaria integridad mental como para abordar los grandes desafíos que le acechan con la prudencia que hasta ahora no ha mostrado. De lo contrario, el pueblo mexicano debe prepararse para una gran frustración.

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