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Las fechas con sus hechos aun permanecen en los abundantes pliegos de documentos a los que acudimos diariamente, para refrescar las efemérides patria.

Están, por demás, en la memoria de quienes asistimos a una escuela en la que era costumbre recitar los versos que cantan nuestras epopeyas.

Hechos y cantos que dan cuenta de hombres comunes y corrientes, cada uno con sus defectos y contradicciones, pero que en su momento supieron elevar su estatura a la dignidad de héroes.

Héroes, porque decidieron que en esta tierra nuestra, Dios -el Dios nuestro- prima sobre todas las cosas. Así lo dejaron escrito y signado con sus sangres sobre la mas bella exaltación de libertad que pueda exhibir pueblo alguno al concebir su independencia; El Juramento Trinitario del 16 de julio de 1838, día de nuestra Señora del Carmen.

Ellos, los de febrero, quienes en su momento fueron jóvenes y agalludos, no solo nos legaron sus victorias, sino también en la más alta dignidad, los valores que nos distinguen, nuestra identidad.

Pero ellos ya fueron, quedan los de ahora; sobre estos y sobre nosotros pende una sentencia escrita: “No le des un puesto a tu lado, porque te dará un empujón y ocupará tu puesto:

no lo hagas sentarse a tu derecha, porque procurará ocupar tu asiento.

Entonces me darás la razón y gemirás recordando mis advertencias”.

Eclesiástico 13, 12

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