01 MAY 2018, 12:00 AM

Los humanos en la galería de los dioses (2 de 2)

Lo más grave no es todavía eso, sino comprobar que aquí, en este país cruzado por el sol y la negligencia, los temas siguen siendo tan aburridos y elementales, como si se estuviera en una edad muy antigua.

20180501 https://www.diariolibre.com

El diagnóstico que hace Yuval Noah Harari en su libro sobre el sapiens es devastador. Es el mayor depredador que ha albergado el planeta. Y es de una irresponsabilidad supina.

Es el causante de la desaparición de cientos de especies, incluyendo otros tipos de humanos que no tuvieron la fortuna de participar de la revolución cognitiva, aquella mediante la cual el sapiens, un buen día, hace 10,000 años, empezó a pensar, razonar, comunicarse, usar símbolos y un lenguaje, sin que nadie sepa todavía cómo lo logró ni de qué milagro se hizo partícipe.

El autor confirma lo que ya es convicción generalizada en el mundo: “A lo largo de las últimas décadas hemos alterado el equilibrio ecológico de nuestro planeta de tantas formas nuevas que parece probable que tenga consecuencias nefastas. Hay muchas pruebas que indican que estamos destruyendo los cimientos de la prosperidad humana en una orgía de consumo temerario.”

Y a pesar de las evidencias cada vez más palpables, países y gobiernos se empeñan en poner por delante el pretendido bienestar y progreso contra el abismo y destrucción que significa la confirmación del cambio climático.

Y es que la ambición desaforada del sapiens no tiene límites y se está convirtiendo en artífice de la destrucción del planeta y de la suya propia.

No conforme con lo anterior, en la actualidad se ha empeñado en convertirse en inmortal, aun teniendo consciencia de sus límites biológicos.

El autor dice: “Con independencia de cuáles sean sus esfuerzos y logros, los sapiens son incapaces de librarse de sus límites determinados biológicamente. Sin embargo, ahora están empezando a quebrar las leyes de la selección natural, sustituyéndolas con las leyes del diseño inteligente.”

Y añade: “La sustitución de la selección natural por el diseño inteligente podría ocurrir de tres maneras diferentes: mediante ingeniería biológica, mediante ingeniería de ciborgs o mediante ingeniería de vida inorgánica.”

Ya se conocen muchos avances de la ingeniería biológica; también de la ingeniería de ciborgs, que complementa deficiencias físicas de los sapiens. Pero lo aterrador, ya que lleva a lo desconocido, es la ingeniería de vida inorgánica. Es decir, la creación de inteligencia artificial.

En este momento la humanidad está en pánico por la sustitución progresiva de fuentes de trabajo que pasan a ser ejecutadas por robots, encargados de llevar a cabo procesos repetitivos y rutinarios, con precisión inmancable.

Millones de puestos de trabajo están quedando y quedarán vacíos de sapiens, sustituidos por las máquinas manejadas por ordenadores cada vez más potentes. Y la gama va desde las operaciones quirúrgicas, al transporte público o la compra en tiendas y supermercados, hasta el infinito.

Podría pensarse que para resolver el problema social que este nuevo orden provoca, habrá que dotar al sapiens de ingresos sin contraprestación de trabajo, mediante la distribución del valor creado por las máquinas al conglomerado humano.

Aun si fuere así, seguirá vigente la lucha ¿de clases? por atribuirse la mayor porción, en un escenario en que el capital, dueño de las máquinas, habrá de ser el gran protagonista.

El consuelo para muchos, o el cumplimiento quizás de una aspiración, es que el ocio se extenderá, pero sin que se sepa para qué. ¿Será para seguir embobado en el universo de las redes sociales, compartiendo fotografías y veleidades artificiosas y banales? ¿O para nutrirse de lecturas, conocimientos y valores, cultivando el intelecto? ¿O para viajar, conocer, explorar con espíritu de aventura y de saber?

No se sabe, y no ayuda el hecho de que una porción tan elevada de los sapiens esté sometida a una vida tan embrutecedora y desigual, con predominio del analfabetismo funcional y de la pobreza llena de penurias.

Pero esa, siendo importante, no constituye la mayor preocupación.

Para Harari: “El ritmo de desarrollo tecnológico conducirá pronto a la sustitución del homo sapiens por seres completamente distintos que no solo poseen un físico diferente, sino mundos cognitivos y emocionales muy distintos.”

Ojalá que el mencionado autor se equivoque cuando pronostica: “La próxima etapa de la historia incluirá no solo transformaciones tecnológicas y de organización, sino también transformaciones fundamentales en la consciencia y la identidad humanas. Y podrían ser tan fundamentales que pongan en cuestión el término humano.”

El libro termina con una sentencia que deja anonadado al lector: “Somos más poderosos de lo que nunca fuimos, pero tenemos muy poca idea de qué hacer con todo ese poder. Peor todavía, los humanos parecen ser más irresponsables que nunca.”

Lo más grave no es todavía eso, sino comprobar que aquí, en este país cruzado por el sol y la negligencia, los temas siguen siendo tan aburridos y elementales, como si se estuviera en una edad muy antigua.

No solo el tren de la historia parece que hubiera pasado hace mucho tiempo, sino que el sapiens dominicano, de seguir su trayectoria, con excepciones muy honrosas, pareciera encaminarse a la pérdida de sus capacidades cognitivas; es decir, a retroceder por lo menos 10,000 años en una máquina del tiempo que se dirige con exclusividad hacia el pasado. ¡Ay Dios, que tragedia tan enorme!

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