Los incentivos económicos, ¿funcionan?

«Pero en el mundo real, no es razonable esperar que los mercados siempre generen resultados que son justos, aceptables – o aun eficientes. Las disrupciones (debido al comercio, los robots o cualquier otra cosa) provocan sufrimiento real. [...] La intervención del gobierno es necesaria para ayudar a la gente a moverse cuando hace sentido, pero también, algunas veces, para permanecer en su lugar sin perder su medio de vida ni su dignidad». Duflo y Banerjee, Economic incentives don’t always do what we want them to, New York Times, October 26, 2019

Ha sido un principio generalmente aceptado que los agentes económicos son sensitivos o reaccionan ante los incentivos económicos. La estructura de incentivos es la que motoriza la acción humana, diría Von Mises, quien ha planteado que tal acción humana toma lugar solo si el sujeto actuante entiende o percibe que su posición de bienestar puede mejorar con dicha acción; de lo contrario, no hay motivo para la acción. Pero esta no es la opinión de dos recientes laureados con el premio Nobel de Economía. Para los esposos Esther Duflo y Abhijit Banerjee (ensayo citado más arriba) la idea – ampliamente aceptada – de que los incentivos funcionan no parece tener mucho sustento en la práctica.

Para defender su planteamiento recurren a varios ejemplos – típico de la economía experimental – en los que, para ellos, la lógica de los incentivos no parece generar los resultados esperados. Tomemos el caso del Fondo Permanente de Alaska, citado por Duflo y Banerjee. Desde 1982, a cada familia se le entrega un dividendo de 5 mil dólares anuales. De acuerdo con la lógica de los incentivos, se esperaría que la oferta laboral disminuyera en los años sucesivos. Sin embargo, los laureados economistas destacan que, en realidad, tal medida no ha tenido un impacto «adverso en el nivel de empleo». Esto es, las tasas de empleo en Alaska – desde 1982 hasta 2014 – han sido similares a las de otros Estados con un perfil económico similar.

Dos observaciones nos parecen oportunas; primero, como bien destaca Angus Deaton – otro premio Nobel, (2015) – la economía experimental enfrenta «los mismos problemas de inferencia y estimación que los economistas han enfrentado utilizando otros métodos», y, además, ningún experimento aleatorio puede establecer una relación de causalidad. En este sentido, ¿puede concluirse que, en el caso de Alaska, los fondos entregados anualmente a las familias no afectaron la oferta laboral? Al menos, con la correlación entre las tasas de empleo de Alaska y Estados similares no es suficiente para establecer que ese subsidio no causó una reducción en la oferta laboral. Otras fuerzas al interior del mercado laboral, en particular, y otras fuerzas en el contexto económico más amplio, pudieron haber neutralizado o reducido el impacto negativo en la oferta laboral.

Pero Duflo y Banerjee van un poco más lejos, y entienden que la intervención del gobierno es conveniente para «ayudar a la gente a moverse»; sin embargo, esta «intervención» no es más que una forma de cambiar la estructura de incentivos que sirve de referencia a las decisiones de los agentes económicos. Y habría que concluir, dentro de este razonamiento, que los incentivos sí funcionan. Sin embargo, ellos insisten en que los incentivos financieros, por ejemplo, no son los que mueven la acción de la gente. Y se preguntan si no son los incentivos financieros, ¿qué es lo que le importa a la gente? «La respuesta es algo que conocemos desde nuestras vísceras: estatus, dignidad, conexiones sociales. Altos ejecutivos y atletas superiores son motivados por el deseo de ganar y ser los mejores. El pobre se aleja de los beneficios sociales si ellos significan que sean tratados como criminales. Y dentro de la clase media, el sentido de perder el sentido de quienes son ellos y perder su estatus dentro de la comunidad local puede ser una fuerza extraordinariamente paralizante».

Esto es cierto, hasta un punto. El problema parece ser que no se partió de una definición operativa de lo que son los incentivos económicos. La acción humana en el campo económico está condicionada por una multiplicidad de factores que van desde las creencias, los valores y la tradición hasta los aspectos más mercuriales que se puedan imaginar. De manera que los incentivos económicos tienen que pasar por ese filtro con el que cada individuo o grupo de individuos los evalúan.

La cuestión de los incentivos económicos – particularmente, los tributarios – estará en el centro del debate de la reforma fiscal que se avecina y que, sin duda, ocupará la agenda nacional una vez concluya el proceso electoral del próximo año. Las exenciones fiscales se han estimado en alrededor 6% del PIB; lo que quiere decir que, si son eliminadas, la presión tributaria potencial podría superar el 20%. Pero ¿puede asumirse que, eliminando las exenciones, la presión tributaria aumentaría en la misma proporción? No necesariamente. De hecho, su eliminación, pura y simple, tendría un fuerte impacto recesivo en la economía dominicana. Sobre todo, porque una proporción importante de esas exenciones beneficia a los sectores sociales más empobrecidos.

Como ha reconocido el Ministro de Hacienda, las tasas del sistema tributario nuestro son muy elevadas; por tanto, la discusión deberá considerar el impacto que sobre las empresas tendrá pasar de un régimen con incentivos tributarios a un régimen con altas tasas impositivas. En todo caso, una gradualidad será necesaria, antes que la realidad nos muestre – de mala manera – que los incentivos económicos realmente funcionan.

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