Los indicadores de pobreza de doña Olga
Cuando se es capaz de nombrar los problemas correctamente, ya tenemos andado parte del camino para resolverlo.
Doña Olga Cedeño, fallecida en 2007, fue una periodista dominicana de izquierda, defensora de la equidad de género y de muchas causas nobles, tan famosa entre sus amigos por su solidaridad militante a favor de los perseguidos políticos durante Los 12 años de Balaguer como por su vocación a gozar la vida, su chispa humorística y su irreverencia, incluso ante los temas sociales más serios.
De conformidad con ese talante, entre sus muchas ficciones, doña Olga creaba y explicaba, con ingenio y gracia única, unos conceptos sociales tan desparpajados como irreverentes, entre los que figuraban “sus indicadores de pobreza”.
Según doña Olga, servirse un plato “con moña” en un bufé de un hotel todo incluido era un claro indicador de pobreza. Pero repetir el plato y la moña indicaba que el comensal vivía por debajo de la línea de pobreza. Por igual, llevar unos lentes recetados con montura torcida era un claro indicador de pobreza, pero si los vidrios estaban rotos era porque el usuario había descendido por debajo de la línea de pobreza.
Siempre me han parecido mucho más interesantes estos “indicadores de pobreza” de doña Olga que los que han acuñado los organismos internacionales y repiten con rostro adusto los funcionarios públicos y los cientistas sociales. “Los indicadores de pobreza de doña Olga” se toman como humoradas y nada más, fiel a esa costumbre caribeña de reírse de sus penas. Pero, ¿cómo se puede asumir, con seriedad, que quien vive con el equivalente a 184 pesos dominicanos por día está por encima de la línea de pobreza, como explican algunos organismos internacionales?
No es que quienes viven con cuatro dólares por día hayan ascendido de “pobres” a “vulnerables”, como dicen esos organismos, no es que sean “ex pobres” que no llegaron a clase media y pueden volver a la pobreza con cualquier brizna, es que esos hermanos dominicanos son pobres de solemnidad, y quienes están por debajo de esa línea, viven en la miseria extrema, no importa cómo los clasifiquen el lenguaje políticamente correcto.
Cuando se informa que más de medio millón de dominicanos han sido sacados de la pobreza en los últimos cuatro años, en este o cualquier otro gobierno, con estos parámetros de lenguaje políticamente correcto, se está acudiendo a la práctica que en Estados Unidos se denomina “doublespeak” o doble discurso, de frecuente uso entre los políticos, organismos militares y dependencias económicas gubernamentales.
El doble discurso pretende ocultar, disfrazar o distorsionar la realidad, deliberada o inadvertidamente, a través de cambiarle el sentido a las palabras. El discurso mitigado, como también llaman los lingüistas a la práctica del lenguaje políticamente correcto que empobrece la comunicación, plantea una barrera para resolver los problemas que designa, en vez de tender un puente para llegar a la solución.
Saber nombrar los problemas ayuda a solucionarlos. Sobre esa capacidad de la comunicación para ayudar a resolver problemas, el diseñador gráfico Robin Williams narra “La epifanía del árbol de Josué” en el primer capítulo de su libro “The Non-Designer’s Design Book”, para destacar la importancia de nombrar los conceptos correctamente.
Williams relata que, estando una Navidad en casa de sus padres, le regalaron tres libros para identificar seres vivos. En uno de ellos encontró la foto de un raro árbol que no conocía, el Árbol de Josué, lo que provocó que el diseñador pensara: “qué extraño que en el norte de California no tengamos ese tipo de árbol y que no haya visto nunca uno de ellos”.
Williams tomó el libro y salió a la calle para asegurarse de que efectivamente no había árboles de Josué en las cercanías. Grande fue su sorpresa cuando descubrió cuatro de ellos tan pronto como abrió la puerta de su casa paterna, específicamente en los jardines frontales de cuatro de las seis casas que componían el cul-de-sac donde vivían sus padres. Prosiguió la inspección con un paseo por la cuadra, y mayor fue su sorpresa al notar que 80% de los arboles del vecindario eran árboles de Josué.
“¡Había vivido allí quince años de mi vida y nunca los había visto!”, exclama el diseñador. A partir de ese momento, cuando tuvo consciencia del árbol de Josué, empezó a verlo por todas partes. “Ese es exactamente mi punto: una vez que puedes nombrar algo, eres consciente de ello. Tienes poder sobre él. Eres dueño de él. Tú estás en control”.
Cuando se es capaz de nombrar los problemas correctamente, ya tenemos andado parte del camino para resolverlo. Por supuesto que cambiar el lenguaje no cambiará la realidad, pero mientras camuflemos la realidad detrás de un lenguaje políticamente correcto estaremos más lejos de cambiarla.
El lenguaje es sólo un síntoma. La pobreza es el problema que tenemos que solucionar, pero mientras la edulcoremos con un pobre uso del lenguaje, reforzaremos la permanencia en una triste realidad y una injusta inequidad.
Como dice una excelente pieza publicitaria de la ONG Techo, “la pobreza es tan familiar que ni la notamos. Estamos tan acostumbrados a ella que para verla necesitamos señalarla”. Si cambiamos el lenguaje para referirnos a la pobreza, si empezamos a nombrarla y a señalarla tal como es, quizás, como Williams y el Árbol de Josué, empecemos a verla por todas partes.
Melvin Peña
Melvin Peña