Más que arena...

Pagamos una de las energías más caras del mundo, tenemos uno de los índices de percepción de la corrupción más altos del planeta, nuestro sistema educativo está por debajo de la media de los países en desarrollo, estamos muy lejos de un régimen universal de seguridad social, nos sitúan dentro de los primeros cinco países en inseguridad vial, somos una de las sociedades más desiguales y excluyentes del mundo occidental... La lista de horrores se extiende y se enreda en nuestras frustraciones, pero no todo es mala noticia: ¡también nos miran!

Sí, a pesar de todo, cada día perdemos irrelevancia en el globo. La República Dominicana ya no solo se conoce por hacer frontera con la nación más pobre del hemisferio occidental o estar cerca de la Cuba que gobernó Fidel; ya tenemos una identidad singular hasta en el Lejano Oriente. Y al hablar de notoriedad no me decanto por el creciente flujo de turistas que recibimos (pausado por la pandemia) ni por la soleada fantasía que cobija la marca caribeña. Tampoco hablo de bikinis, arena, playas, ron, palmeras y ritmos. Me refiero a decisión de negocios y destino de residencia: la nueva cara del “turismo de vida y trabajo”.

Es tiempo de revisar el modelo y tentar por más. Nuestras capacidades y recursos son para estar en otros niveles. No debemos conformarnos con el consumo tasado del visitante en las dos semanas de estadía promedio que agota en un hotel all inclusive. Eso se viene haciendo desde la década de los setenta. Crecieron las infraestructuras, los flujos, los destinos, los estándares, pero siempre sobre el mismo modelo. Debemos aprovechar el flujo flotante que nos consolida como líder del Caribe para brindarles oportunidades creativas de arraigo. Debemos hacer el tránsito del vacacionista al residente.

Y es que en los últimos diez años la República Dominicana aparece en varias investigaciones y encuestas como uno de los destinos más confiables de América Latina no solo para viajar, sino para vivir. Junto a Costa Rica, Chile, Argentina, Panamá y Uruguay nos disputamos calladamente la plaza en esa preferencia. Y no es casual que esa lista corresponda también a los países políticamente más estables de la región. Pese a sus problemas estructurales, el nuestro no ha tenido crisis de gobernabilidad, violencia política ni perturbaciones sensibles a la paz social en los últimos treinta años. Las crisis han sido redimibles y episódicas. Eso es oro en un mundo convulso donde la conflictividad y la inseguridad asumen patrones de expresión cada vez más diversos. Debemos “ensanchar” la matriz de explotación turística hasta alcanzar dos nuevos nichos: los nómadas digitales y el turismo residencial; perfiles opuestos que podrían conjugarse en un mismo espacio.

El nómada digital es un paradigma pujante que está definiendo una importante tendencia en el entorno laboral global; se trata de la persona que no necesita de un lugar geográfico fijo para trabajar; tiene la libertad que le da la tecnología para operar desde cualquier parte del mundo. Solo necesita un ordenador, una buena conexión a internet y tiempo para disfrutar. Ese es el formato de vida que acompaña a las jóvenes generaciones y no es efímero ni circunstancial; es definitivo y crecerá. Tenemos condiciones para competir. Estos emprendedores necesitan lo que tenemos: conectividad (que debe mejorar), vida barata y encantadoras locaciones naturales. Somos, por demás, una de las sociedades más jóvenes de América Latina con una edad promedio de 29 años.

El teletrabajo, si bien probó eficacia durante la pandemia, antes de ella ya despuntaba como la modalidad del futuro. Ese futuro llegó. Hace unos días recibí en mi despacho a un azerí (ciudadano de Azerbaiyán, una república caucásica y musulmana chií que formaba parte de la antigua URSS). Es gestor de ciberseguridad. Llegó al país referido por un amigo ucraniano que vacaciona cada año en Punta Cana. Visitó Santo Domingo y no le gustó; se enamoró de Santiago. Un mes antes alguien me refirió a un cliente norteamericano, que, acosado por las interinidades de la pospandemia en San Francisco, California, optó por laborar y vivir aquí. Le encanta el país. Con él vendrán viejos compañeros de trabajo. Hoy, muchas ciudades del mundo se disputan ese mercado; algunas, como Ho Chi Minh, Vietnam, han diseñado modelos para atraer nómadas digitales. Tienen agencias o casillas de tramitación legal, migratoria y de servicios operativos para gestionar una segura instalación de esos pequeños emprendimientos. Junto a ella compiten Tbilisi, capital de Georgia; Tallin, capital estonia; Chiang Main, Tailandia; Bali, Indonesia; Berlín, Alemania y, en América Latina, Buenos Aires, Ciudad de México, Medellín, San José, entre otras.

Es posible pensar en la irrelevancia de ese mercado porque es emergente, barato e itinerante; sin embargo, genera consumo interno; demanda servicios y activos humanos, pero también estos jóvenes se convierten en agentes naturales de promoción del país, ya que no están confinados en hoteles dentro del circuito que he llamado “turismo de fortaleza”. No. Establecen conexiones abiertas y vitales con la comunidad y la mayoría se integran socialmente al país. Y ni hablar de la transferencia del know how.

La otra oportunidad es la construcción de villas o residencias de estancias de distintos estándares. Para el verano del 2023 empezará la movilidad más grande de toda la historia planetaria. Permanecer casi dos años en virtual cautiverio ha provocado fobias, depresiones y trastornos emocionales de todo tipo en la humanidad. Este hastío empujará olas frenéticas o estampidas de gente saliendo de su hábitat a otros en todo el 2024 y durante los siguientes tres años. Las cifras de la circulación y el tránsito mundiales serán inusitadas; marcarán récords.

La pandemia pausó una vida estándar estresada, pero también rescató hábitos perdidos y revalorizó expectativas. El descanso asumió nuevos sentidos y contenidos de vida. La pandemia le quitó velocidad y dependencia a la experiencia laboral. Cuando la mayor parte de la población mundial esté inoculada, muchos buscarán otros ambientes que no serán necesariamente los clásicos destinos turísticos. Los ejecutivos y hombres de negocios querrán combinar las vacaciones con el trabajo, conceptos que antes de la pandemia estaban en las antípodas. Esa extraña fusión la sintetiza una villa en el Caribe que sirva de plataforma de trabajo y locación de descanso. Creo que le llegó el gran momento al turismo inmobiliario dominicano porque, además de dar esa inédita oportunidad, constituye una fuente de negocios por las rentas que pueda generar su explotación mientras las viviendas no sean ocupadas por sus dueños. Me agrada la fama del municipio de Cabrera en la inversión inmobiliaria de alto nivel, nos ayuda a construir una marca que aprovechará a los proyectos que se levanten en otros destinos locales distintos a los clásicos. De manera que nuestra isla no solo podrá ser un lugar inigualable para descansar sino para trabajar. Empecemos a construir los modelos de inversión que soporten esa poderosa tendencia que asoma en la movilidad mundial. Tenemos más que arena.

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