Ojalá Abinader pudiera

El pobre Gonzalo, cuyos desatinos no lo dejan salir a la calle, quiso distraer la atención provocada por sus propias torpezas dirigiendo por primera vez sus ataques en contra de otro rival menos dañino que él mismo. El candidato oficialista, con tímida imprecisión, dijo que una candidatura de Luis Abinader pone en peligro los logros de los gobiernos de Danilo Medina. Como siempre, Gonzalo pretende que sus valoraciones sean aceptadas sin más razones o argumentos que ser el candidato del presidente. Le bastó afirmar que Abinader busca “borrar las buenas ejecutorias de la administración del presidente Danilo Medina” sin aludir a algún pronunciamiento, juicio o criterio del candidato opositor que lo indujera a pensar de esa manera. Lo que Gonzalo ignora, como muchas otras cosas, es que al país le conviene que Abinader o cualquier otro candidato pudiera subvertir radicalmente algunos “logros” del presidente Medina por tratarse de ejecutorias exageradamente sobrevaluadas y con pobre impacto en las políticas de desarrollo. Veamos algunas.

El presidente Medina patentó las “visitas sorpresas”, un itinerario de atención personal a pequeñas comunidades rurales y agrícolas. Es una agenda del despacho presidencial para facilitar asistencia financiera a pequeños productores. En otras palabras, el presidente, para estos casos, asume como propias competencias inherentes a ciertas instituciones del Estado como el Ministerio de Agricultura, el Banco Agrícola, entre otras, con las que coordina el apoyo crediticio para núcleos marginados de la población. En más de una ocasión el presidente Medina ha afirmado que estos contactos de base social constituyen un modelo en la gestión del desarrollo rural en Latinoamérica. Lo relevante de este programa no son precisamente sus resultados, sino su simbolismo político: es el propio presidente de la República quien da la cara, pero ¿es acaso eso suficiente? El Centro de Investigación Económica y Social de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra determinó que entre 2012 y 2016 la creación neta de empleo, es decir, puestos nuevos de trabajo en la agropecuaria tuvo un balance negativo, equivalente a -59,261; entre 2014 y 2018 la creación de empleo fue de -13,142. Ello significa que, en vez de crear, la agropecuaria perdió puestos de trabajo de manera sostenida desde el 2012. Para 2018, la agropecuaria alcanzaba un ingreso mensual de 12,373 pesos, frente al promedio general de 19,458, es decir, 36 % menos. Frente a ese cuadro ¿cuáles son los logros de las visitas sorpresas en la reducción de la pobreza y la desigualdad de las zonas rurales? Muy mínimos. Una cosa es hacer comparsas populistas y otra promover el desarrollo. Pero, cuidado con quien le rebata al presidente esta “conquista sentimental” en cuya publicidad el Gobierno disipa una partida importante del presupuesto de la Presidencia.

Otro santuario de adoración de los gobiernos de Medina ha sido la eufemística “revolución educativa”. Una revolución parte de cambios estructurales de paradigmas, visiones, diseños y estrategias orgánicas. Lo que los gobiernos de Medina han hecho ha sido lo que se puede cuando no se tiene sentido de planificación: construir escuelas, aumentar la burocracia administrativa del Ministerio de Educación y, obvio, crear pesadas estructuras de contratación y de negocios al amparo de una gestión presupuestaria de bajos estándares. La idea no es contar las escuelas construidas cuando se dispone de un ingreso presupuestario colosal equivalente al cuatro por ciento del PIB. En estas generosas circunstancias ningún gobierno puede esperar loas ni salves. Construir escuelas como gestión básica es lo de menos, pero la publicidad del Palacio no se cansa de fanfarronear con los números. La pregunta es ¿cuáles han sido los rendimientos cualitativos alcanzados por el sistema de educación fuera de las escuelas, las mejoras salariales y las estancias o guarderías? ¿Dónde están los balances avalados por la Unesco? ¿Cuál ha sido el real impacto de esa quimérica revolución en un país que, de acuerdo al Foro Económico Mundial, ocupó en el 2014-2015 la posición 138 de 144 en materia de la “Calidad de la Educación Primaria”, por debajo, inclusive, de Haití? Creo que la muestra de confianza más robusta que pudiera el gobierno acreditarle a su “revolución educativa” no es la cantidad de escuelas construidas sino el número de hijos de funcionarios que estudien en el sistema público. ¿Dónde encontramos ese dato?

Claro, el gran logro de los gobiernos de Medina ha sido el crecimiento y la estabilidad macroeconómica. Pero ¿para quién ha crecido la economía?: para el 20 % de los más ricos que se beneficia del 50 % de la riqueza. El tema crítico entonces no es que la economía crezca, sino para quién. Ese es el punto sensible que suele perderse en el diagnóstico. Obvio, con una configuración de alta concentración y desigualdad como la que perfila nuestra economía, los réditos de ese crecimiento llegan a los que controlan los mercados. Por eso no es casual la alta valoración que en ese segmento tiene el presidente Medina. ¿Qué ha hecho Medina para variar esa estructura inicua del ingreso? Gastar y endeudarse. El Estado dominicano es hoy más grande que sus necesidades racionales. Sería más eficiente con poca gente y menos burocracia. Se estima que un tecnócrata calificado realiza el trabajo de treinta burócratas promedio. Los puestos se crean no por una exigencia funcional, sino para colocar gente. Un 5 % de la población dominicana trabaja para el sector público. La corrupción arranca un monto incuantificable del PIB cada año. Entre una cosa y otra, el Estado ha necesitado más dinero del que recauda; lo ha buscado prestado a altas tasas para lo que no es esencial (pero sí políticamente provechoso) y para cubrir los déficit que en las cuentas públicas producen sus descomunales gastos. La deuda consolidada del sector público ya alcanza un 55.5 % del PIB con un crecimiento de un 850 % en los últimos 17 años. ¿No valdría la pena revertir ese logro?

Algunas preguntas para Gonzalo: ¿No convendría revisar un modelo de progreso y estabilidad con un sistema de salud pública comparable con los de África Subsahariana en los índices mundiales, una policía mal pagada y corrupta o una energía cara y mala? ¿Cuáles avances cuantificables hemos tenido? Probablemente aquellos que se pueden ver y vender políticamente, como las construcciones de obras, “inversiones” generadoras de las grandes contratas, esas que han impulsado la mayor rotación social de la historia para la clase política de la cual el propio Gonzalo ha sido beneficiario directo. Fortunas formadas en veinte años que superan por cinco las construidas por tres generaciones. ¿Puede sostenerse ese “logro”? ¿Qué ha hecho Danilo Medina? Remiendos, justificaciones y aplazamientos. Con esa torcida ordenación la economía no podrá crear las fuentes ni los medios para impulsar las transformaciones sociales. Las soluciones siempre serán transitorias, remediales y financiadas. Mientras, seguiremos poniendo parches con reformas fiscales y más préstamos.

De manera que la mejor noticia y garantía de compromiso que pueda dar Luis Abinader o cualquier otro candidato para la sociedad dominicana reside precisamente en variar este modelo de endeudamiento, corrupción, impunidad e ineficiencia. Todo lo contrario, cualquier gobierno nuevo está compelido a revisarlo. En ese propósito seríamos afortunados, aunque Gonzalo siga sin entenderlo.

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