20170812 https://www.diariolibre.com

Desde que fue creada la República Dominicana, el 27 de febrero de 1844, han proliferado parásitos políticos que los gobiernos subvencionan para evitar descontentos y conspiraciones.

Pedro Santana compraba lealtades entre los hateros, y Buenaventura Báez hacía lo mismo con personeros, principalmente sureños. También repartían dinero a sus adláteres Gaspar Polanco, Benigno Filomeno de Rojas, José María Cabral, Cesáreo Guillermo e Ignacio María González.

Otros gobernantes también eran dadivosos con los recursos del Estado, salvo Ulises Francisco Espaillat. Este Presidente, organizador de las finanzas y de la economía, se negaba de manera absoluta a sostener con prebendas a individuos que no prestaban servicios. Ante tal negativa brotaban insurrecciones, una de las cuales, encabezada por Ignacio María González, tuvo como resultado el derrocamiento de ese perínclito prócer.

Lo que constituye una rareza, una incógnita y un inexplicable acontecimiento fue la renuncia de Gregorio Luperón y de Ulises Heureaux, quienes ocupaban las respectivas funciones de ministro de las Fuerzas Armadas y de Jefe del Ejército. No caben dudas de que tales renuncias le abrieron las puertas del Palacio Nacional a Ignacio María González.

Dándole un salto a la breve historia Juan Isidro Jiménez y Horacio Vázquez, junto a Ramón Cáceres y Desiderio Arias, comandaban sus propios ejércitos que eran pagados por el erario.

La fórmula más efectiva e ingeniosa la inventa el dictador Rafael Leónidas Trujillo, durante 31 años, exigiéndoles a todos los empleados públicos sin importar el rango, el diez por ciento de sus sueldos y salarios. Con tan enorme cantidad retribuía a todos los parásitos que medraban en el único partido, el Dominicano.

Ajusticiado el sátrapa, los gobiernos provisionales carecían de planes para favorecer a los políticos vagos.

Con todo, el presidente Joaquín Balaguer, tanto en los doce años como en los diez que gobernó, se empeñó en proteger a los remanentes de la era de Trujillo, entregándoles ayudas monetarias. Para justificar ese desembolso, Balaguer tuvo que acuñar una famosa frase: “Es la ración del Boa”.

La austeridad y la pureza administrativa del presidente Antonio Guzmán desechó totalmente esa costumbre e igual hicieron los regímenes de Salvador Jorge Blanco e Hipólito Mejía.

La costumbre se restablece en los gobiernos del PLD, con énfasis en los períodos de Leonel Fernández, en los que miles de partidarios reciben dinero por su proselitismo. El actual gobierno no es una excepción.

Lo que asombra actualmente es el manejo de la Oficina Nacional de Presupuesto que entrega a los diferentes departamentos del Estado sumas globales que sus incumbentes reparten a su antojo. Es una violación a la Ley Orgánica de la Administración Presupuestaria. Con tal coyuntura no deben extrañar los elevados sueldos y pensiones que inapropiadamente se asignan los que administran las partidas recibidas.

COMENTARIOS
Para comentar, inicie sesión o regístrese