Perú: la lección

Cada vez que Keiko Fujimori se postula a la presidencia desata miedos incontrolables. Las recientes elecciones fueron un déjà vu de pasadas crónicas cuando la hija de Alberto Fujimori decidió por primera vez optar por la presidencia del país andino en las elecciones del 2011. Su opositor más cercano, Ollanta Humala, un izquierdista nacionalista que postulaba el Partido Nacionalista Peruano, generó las mismas aprensiones que hoy suscita el enigmático Pedro Castillo. Como ya es costumbre en Perú, ninguno de los candidatos logró ganar en la primera vuelta. Entonces Keiko Fujimori, con el apoyo de Pedro Pablo Kuczynski y Óscar Luis Castañeda Lossio (exalcalde de Lima), enfrentó en el balotaje a Humala, perdiendo por un estrecho margen de apenas 2.98 %.

En las elecciones del 2016 vuelve Keiko a la batalla, esta vez bendecida por las encuestas como favorita para ganar en primera vuelta. Su opositor más competitivo fue el centroderechista Pedro Pablo Kuczynski. El 9 de abril, día de la primera vuelta, Keiko apenas alcanza el 39.8 % de los votos y Kuczynski un 20.9 %. En la segunda vuelta los fantasmas del pasado regresan en turba y Keiko pierde otra vez con una diferencia de apenas 0.24 %.

Las elecciones del pasado domingo 6 de junio no prometían sorpresas para quienes creían que el temor que inspiraba un candidato rural, izquierdista e ignoto era más fuerte que el que infundía la ominosa evocación del fujimorismo. Y es que, a la hora de la verdad, el voto en contra se hace más duro cuando de Keiko se trata. Nuevamente la consentida hija de Fujimori pierde en una segunda vuelta y con un margen insignificante: 0.4 %, según la última actualización de la ONPE. ¡A las tres es la vencida!

En ocasión de la primera vuelta de estas últimas elecciones llamé a un amigo académico limeño y le pregunté si había algún candidato con más rechazo que Keiko; me contestó con eufórica rapidez: “Sí, claro, la misma Keiko”. Este lunes volví a contactarlo para conocer su impresión sobre los porfiados resultados de la segunda vuelta y su salida fue aún más ocurrente: “Keiko es tan mala que hizo presidente a Castillo”.

Y es que, al margen de las condiciones personales de la mujer o del carácter oscuro y controversial de la política, Keiko soporta el karma de amor y odio que aún gravita en contra de su padre y su década de tiranía corrupta. Las cicatrices de su régimen parecen no sanar, y siguen manteniendo viva una resistencia intencional al olvido. Con estas elecciones parece sellarse el ciclo de los Fujimori. ¡Dios escuche!

Creo, sin embargo, que el problema político del Perú como el de América Latina no es esencialmente ideológico: ha habido gobiernos con timbres de derecha, centro e izquierda indistintamente buenos, regulares o malos. La verdadera amenaza tiene un nombre: el populismo, una maleza que se enreda en cualquier ideología. Es un modelo retórico e instrumental de poder cuya siniestra lógica es la discreción de un liderazgo de corte vindicativo que se arroga legitimidad para interpretar, a su discreción, la pretendida voluntad popular sin sujeción ni contrapesos institucionales. El populismo es una estrategia de manipulación o control social para validar la prescindencia de las instituciones por la grandeza del líder. En América Latina lo hemos tenido anidado en la ultraderecha y en la izquierda más extrema. Las enseñanzas son siempre las mismas: el poder por el poder en presunto nombre de los excluidos del poder.

El asunto con Pedro Castillo no es su izquierdismo; es no saber exactamente qué es y, peor, cómo hará lo que propone. Su problema es de capacidad básica combinada con pretensiones redentoras de cuño populista. Fuera de sus discursos, las escasas comparecencias para abordar conceptualmente tanto los ejes políticos de su propuesta como las bases de su ideología fueron patéticas. Sus carencias son sensibles. Si a esa circunstancia se le añaden promesas tan estrambóticas como promover una reforma constitucional para establecer entre otras cosas un “Estado interventor”, es para espantos; peor: no saber explicar el concepto ni los límites de ese poder. Enfrentar, por demás, una concertación tan poderosa de intereses corporativos con una rancia élite política será una prueba a su estrenada capacidad de líder. Ojalá nos sorprenda.

Pocos conocían a Pedro Castillo antes de la huelga magisterial que como sindicalista lideró en el 2017, pero cuando una sociedad se encuentra en el cráter de una silenciosa ebullición política como la que ha vivido Perú, con tres presidentes destituidos en cuatro años y cinco expresidentes procesados judicialmente por corrupción, la frustración acumulada se expande emotivamente en forma de voto castigo. El producto de esa determinación popular, siempre legítima pero no necesariamente conveniente, tiene hoy un nombre: Pedro Castillo.

Si a esa realidad se le agrega una gestión desastrosa de la pandemia con un balance de 187,157 muertes, el mensaje electoral transmitido es crudamente claro. Sin embargo, tal cuadro es apenas coyuntural porque la realidad estructural es que, al igual que otros países andinos, en el Perú yace una pobreza ancestral de comunidades y etnias excluidas, habitantes de regiones remotas sin acceso a condiciones de dignidad, víctimas de la inicua centralización política, burocrática y económica de los grandes centros urbanos. Estas elecciones fueron una concluyente reivindicación por esas desatenciones históricas; el monstruo despertó del letargo; ahora falta saber si su candidato, Pedro Castillo, podrá honrar esas expectativas y mantener tal delegación sin crear situaciones de confrontación que las subviertan ociosamente. Y sabemos que en el Perú salir de un presidente en pleno ejercicio por el proceso de vacancia presidencial o llevar a un expresidente a la cárcel es pan comido.

Perú es un espejo roto pero limpio. Cuando los partidos agotan su credibilidad, la política se hace negocio y la empresa participa en la política, creando un núcleo cerrado y desconectado de las aspiraciones colectivas; entonces el voto emotivo se convierte en una peligrosa arma. El problema surge cuando ni siquiera hay opciones para materializar esa venganza electoral porque de todos hay que defenderse. La democracia dominicana, pese a la aparente fortaleza de los partidos, ha entrado a ese umbral. Basta considerar las ofertas que ya tintinean para el 2024: un dramático reciclaje de lo mismo. Ayer pudo ser apatía, hoy tedio, mañana venganza.

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