Presidente, atienda al COVID-19 como ama a Punta Catalina

Sí, estoy en casa, en confinamiento monástico, con tiempo para todo y nada. Entre lecturas, Netflix, familia, oraciones y tenis se diluyen las horas. El trance ha sido llevadero gracias a mi soledad como hábito de vida. He resuelto no descargar mensajes instantáneos. El ocio de la gente se ha vuelto neurótico, y el tema del COVID-19 obsesivo. Prefiero oxigenar mi mente con otras inspiraciones. Los chistes y memes ya importunan; a estas alturas perdieron gracia. El gran héroe de las redes sociales es Bukele: aquí se le quiere más que en El Salvador; el más odiado es el Gobierno.

Del pánico a la indignación: ese ha sido el tránsito emocional de una población expectante, mientras el virus amenaza con tendencias aun más altas que las que tuvieron en sus inicios los países de mayor contagio. De mantenerse esos patrones (y escasean las razones para pensar diferente), encabezaremos la lista negra en América Latina (de hecho, hoy somos el quinto país). Sin alarmas ni fatalismos, que conste. Nada distinto a lo de siempre: primeros en las desdichas sociales, ¡a pesar del crecimiento económico!; buen momento para probar qué valor ha tenido ese “poema macroeconómico” en nuestra suerte. No quisiera anticipar conclusiones, pero el cuadro que avizoro no es deseable. Los escenarios proyectados por los expertos según los índices de propagación son para callar. Me da mucha pena. Perdimos tiempo y nos faltó gobierno.

Quizás no viene al caso, pero no puedo evitarlo: ese Gobierno solícito y diligente para avanzar sin pausas la termoeléctrica Punta Catalina, para las aprobaciones presupuestarias, para los préstamos internacionales, para las licitaciones de grandes obras, para convenir un acuerdo de impunidad con Odebrecht y pagarle 395.5 millones de dólares por presuntos sobrecostos, para festinar programas de asfaltados en períodos electorales, para privilegiar cubicaciones a firmas vinculadas, para repartir migajas electorales... es el mismo que no ha podido manejar con igual holgura la crisis epidemiológica. Ha sido tardo, reactivo y siempre dependiente de los centros de intereses económicos.

Las medidas tomadas no son distintas a las recomendadas por los organismos internacionales de salud según los patrones de propagación de la pandemia. De manera que no debe pretender loas por lo que estaba obligado a hacer. Aun así, su implementación fue frágil y tardía. Cuando en el país se habían detectado los primeros once casos todavía operaban vuelos desde y hacia Europa (exceptuando Milán, Italia), pese al angustiante reclamo de la población. Hoy, con 392 casos y diez muertes, muchos centros de alta concentración laboral siguen abiertos frente a un cuadro de incertidumbres. Santiago tiene aproximadamente 70 000 empleados de zona franca y es la segunda ciudad en contagio.

Escribo esto el miércoles en la mañana, antes de que el presidente hable a la nación, pero sospecho que anunciará las medidas que ya se vienen reclamando, confirmando así la ausencia de un plan de emergencia integral y la cadena de improvisaciones que han arriado sus acciones. No quiero especular con su discurso, pero, al margen de sus anuncios, es urgente que disponga las siguientes medidas: a) adquirir a escalas millonarias y masificar pruebas gratuitas para determinar la magnitud del contagio y adoptar los controles sanitarios apropiados; b) habilitar y equipar “hospitales provisionales” para la atención de las zonas más pobladas; c) firmar un acuerdo de cooperación con los Estados que mejor han manejado la crisis, como China, Corea del Sur, Alemania y otros, con base en el apoyo consultivo, científico y farmacológico; d) asignar fondos pensionales para subvencionar los sueldos de los empleados durante el período de cuarentena; e) eximir de aranceles e impuestos a todos los equipos y medicamentos asociados con la atención y el tratamiento; f) decretar una mora general en el pago de las obligaciones financieras con la banca durante el período de emergencia; g) proveer fondos para préstamos a las micro, medianas y pequeñas empresas con tasas bajas y plazos largos; h) asumir los pagos de consumo eléctrico, agua y servicios de telecomunicaciones a los hogares de ingreso medio y bajo. Estas son apenas medidas preliminares que debieron estar ya en ejecución.

El aislamiento domiciliario de los contagiados solo es efectivo mientras se manejen cifras razonables, pero no es sostenible cuando esos números aumenten. Basta considerar las condiciones de hacinamiento y degradación ambiental de las grandes concentraciones suburbanas. Frente a un cuadro crítico y de alto contagio, los hábitos sanitarios de la mayoría de los dominicanos en esas zonas de exclusión no ayudarán a cambiar las perspectivas. De manera que el confinamiento hospitalario se hará imperativo, por eso el Gobierno debe habilitar grandes espacios de atención según los modelos implementados por los países más contagiados. Basta con que surjan núcleos duros de transmisión local en zonas populosas y de gran dispersión para que el sistema empiece a revelar sus insuficiencias, entonces estaremos a cuenta de lo que cada quien pueda hacer por sí mismo. Por eso es crítico el comportamiento de la población en estas dos semanas. La observancia de la cuarentena debe ser rígida, totalitaria y acorde con un real estado de emergencia. Pero, igual, se impone realizar pruebas masivas por regiones de contagio por la gran cantidad de agentes positivos asintomáticos.

Le pido a Danilo Medina que nos quiera tanto o más que a su Punta Catalina. Las apuestas por redimir con ella su imagen histórica son quiméricas. El dinero oscuro gastado en cada unidad de energía nunca podrá iluminar su mejor memoria. El reto más grande es saber administrar este momento con seriedad y sin intenciones políticas. Lo que haga o deje de hacer será concluyente para valorar sus últimas acciones, que son a la postre las que retratan a los grandes hombres.

Yo necesito, quiero y deseo un presidente cercano, que dé la cara, que ponga el corazón y dialogue cada día con su gente. Un presidente al frente de las pequeñas y grandes ejecutorias, que no le tema al contagio. En momentos de aflicción, más que fríos decretos o discursos de buenas intenciones, los pueblos precisan la cercanía emocional de sus líderes. Quiero que el presidente Medina nos trate con el mismo amor que le ha profesado a Punta Catalina, aunque nunca superemos el “precio” de su afecto.

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