¿Qué nos dejó el confinamiento?

A juzgar por la nueva conducta social que nos han dejado los meses de confinamiento y toque de queda, todo parece indicar que nuestra democracia se le impondrá a la pandemia.
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La pregunta parece muy simple, pero el COVID-19 ha cambiado las costumbres sociales comenzando con algo tan sencillo como el apretón de manos para recibir a alguien, conocido o no, o al despedirnos; ha establecido nuevos hábitos sociales como el distanciamiento físico, los almuerzos o cenas familiares, en restaurantes y en el lugar de trabajo; el doble o triple beso en las mejillas tan usual en Europa o en América del Sur desde hace unas décadas.

Los dos meses de confinamiento trastornaron el comportamiento social del mundo occidental. La pandemia que le ha costado a la humanidad, a la fecha de hoy, cerca de 400,000 muertes, ha paralizado el comercio y los vuelos intercontinentales reduciendo el turismo mundial a un nivel muy cerca al cero.

El primer asalto de la pandemia sólo ha sido enfrentado por la internet. Nos ha obligado a conformarnos con una imagen y, alguna veces, con el holograma de algunos políticos que es la manera como la ciencia ha suplido la imposibilidad de la teletransportación, aunque al mundo de hoy no le satisface el contacto virtual, le gusta el acercamiento físico, pero a fuerza de evitar el contagio ha ido adaptándose a la nueva modalidad.

Cuando los científicos logren dar con un remedio o una vacuna para bajar el COVID-19 a la categoría de epidemia ya el mundo habrá adoptado los nuevos hábitos sociales: cubrirse la boca al estornudar, no dar la mano, mantener la distancia de un metro cincuenta al llegar a un lugar público, evitar los grupos de más de cien personas; tratar de lograr la mayor asepsia posible.

Los nuevos hábitos después del confinamiento modificarán también las relaciones amorosas de los adolescentes que tanto gustan tomarse de las manos durante sus paseos e intercambiar besos. La humanidad necesita tiempo para aceptar que ya nada será como antes, pero el hombre y la mujer tienen la capacidad del fénix para renacer de sus cenizas, para reinventarse y lograr, a pesar del COVID-19, encontrar nuevas formas de placer sin pagar con su vida de la misma manera que pudo burlar al mutante VIH.

Por suerte, parece que el COVID-19, aunque algunos sostienen lo contrario, no se transmite por vía sexual. Sin embargo, la duda persiste debido a que, sí se transmite por la saliva, por el beso, una de las caricias más importantes del amor.

Muchos de los que han considerado el confinamiento y la seriedad del COVID-19, como exageración político-sanitarias han fallecido. En cambio, los que han decidido respetar las directivas tomadas por los gobiernos y mantenerse alejados de las aglomeraciones no han sido afectados.

Hace apenas unos días que el Gobierno dominicano ha comenzado a abrir, de manera escalonada, la vida económica y la actividad comercial en el país conservando entre las restricciones, el toque de queda, aunque menos severo que en los inicios del confinamiento y ha anunciado que muy pronto abrirá los vuelos comerciales para reactivar el turismo y los negocios colaterales de la industria turística.

A República Dominicana la pandemia le ha alcanzado en un año clave para nuestra democracia: elecciones municipales, primero, y congresuales y presidenciales, el 5 de julio. Por el momento se está estudiando la modalidad de cómo se realizarán los comicios de julio próximo. A juzgar por la nueva conducta social que nos han dejado los meses de confinamiento y toque de queda, todo parece indicar que nuestra democracia se le impondrá a la pandemia.

Cada época tiene su propio afán. La ingeniosidad del hombre no tiene límites. Hace unos días se publicó en Diario Libre, la noticia de un sacerdote que bendecía a sus feligreses con agua bendita lanzada con una pistola de agua.

El COVID-19 ha alcanzado también al dogma de la religión católica, la mayor de las confesiones religiosas de República Dominicana. El culto católico se ha celebrado durante los meses de confinamiento sin feligreses; los creyentes vieron pasar la Semana Santa de manera virtual, por televisión y sin recibir la sagrada hostia, el momento más importante del oficio religioso católico.

Me parece que en los meses venideros habría que hablar, al referirnos al año pasado, como El mundo de ayer, titulo de las memorias de Stefan Zweig luego de verse obligado a emigrar a Inglaterra y establecerse hasta su muerte por suicidio en Persépolis, Brasil, cuando Alemania y Austria cayeron bajo el régimen racista de Hitler y sus secuaces.

El confinamiento que ha vivido el mundo durante esta primavera no se ha detenido, ha modificado los hábitos de la humanidad y nos ha transportado vertiginosamente en el siglo XXI que tardó dos décadas en afianzarse como le correspondía modificando la conducta social y abriendo paso definitivo al mundo virtual.

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