Santo Domingo

Hace muchos años, en plena adolescencia, llegué a Santo Domingo, un pueblo grande en ese entonces, proveniente de Moca, casi una aldea, adorable en ese tiempo.
Aquella ciudad me deslumbró. La imponente majestuosidad de las piedras vetustas de la ciudad colonial; el mar, sus olas, la inmensidad del océano; el malecón con su imponente avenida, arrecifes y matas de cana, eran mucho para una mente acostumbrada a ver los límites del horizonte en las montañas cercanas.
Gazcue relucía con su arquitectura llena de sobriedad y elegancia. La Avenida Independencia lucía refrescante con su amplio arbolado donde el sol no penetraba. El contorno de la ciudad se desfiguraba en la hoy Lincoln. Hacia el oeste y el norte existían caminos de tierra. Bullía Naco que empezaba a configurar su esplendor. Se insinuaba Piantini.
Era una ciudad encantadora, sin aglomeraciones, basura, ruidos, ni tapones, que todavía combinaba lo urbano con un sabor a rural en transformación por la fuerte migración que se estaba produciendo desde los pueblos a la ciudad.
Mirándolo desde la perspectiva de hoy, se puede concluir que el cambio ha sido brutal. Ya la primada es una gran urbe, pero no necesariamente para bien.
Santo Domingo pudiera haber sido una de las ciudades más bellas, interesantes y de mayor calidad de vida del hemisferio occidental, orgullosa de mostrar intacta su valiosa herencia colonial, o su hermosa panorámica junto al entorno del azul intenso de su mar, pero no se ha sabido gestionarla, planificarla ni cuidarla.
Culpa no ha sido ni es de la ciudad, sino de las autoridades y de los particulares que la han degradado.
Se sabe que tuvo una muralla impresionante que data de la época colonial, desmontada piedra a piedra a lo largo del tiempo por la falta de cultura y de visión de pobladores y autoridades. Y ni siquiera ha habido señales, aún fueren débiles, de que alguna autoridad se interesara por su restablecimiento, aprovechando las piedras caídas, auténticas.
Conserva todavía monumentos y vestigios que son reliquia de los tiempos de la colonia, en trance de ser disminuidos, como sucedió con el empañetado de la Puerta del Conde o con el llamado Hotel Francés, destruido probablemente por la impericia y excesiva duración de las obras de infraestructura que han socavado los cimientos.
Ahí está el caso de las ruinas del Monasterio de San Francisco, objeto de la ambición de sectores incapaces de distinguir entre espacios para uso turístico y espacios de cultura. El negocio puede que acabe absorbiendo lo que es patrimonio cultural, desnaturalizándolo, disminuyéndolo de jerarquía y valor, e inutilizándose a si mismo.
Y, qué decir de zonas tan hermosas y señoriales como Gazcue, reflejo de una época que ha ido desapareciendo a golpe de mandarrias movidas por Mercurio, borrándose de paso el recuerdo de urbanizaciones que fueron parte del florecimiento y esplendor de la ciudad.
O, del límite urbano que el abatimiento de la tiranía derribó, convirtiendo a Piantini y Naco en lugares de nueva arquitectura, que sirvieron de referencia a nuevas expansiones, cada una de ellas como expresión auténtica de su tiempo.
Cualquier observador medianamente ilustrado puede certificar que la ciudad ha sucumbido a la falta de planificación urbana, a la ambición desmedida de autoridades que no regulan ni ordenan sino que permiten toda clase de truculencias y que no han sabido conservar la memoria de su transformación, pues lo nuevo derriba lo viejo sin dejar ni siquiera rastros.
Naco y Piantini se han convertido en un área de amontonamiento de edificios, cuyos linderos ya no se diferencian del límite de las calzadas o calles porque están construidos encima del espacio público, sin que se exija cuentas a quienes han permitido tal monstruosidad y daño.
La ciudad ha dejado de ser amigable; la sombra escasea mientras la temperatura sube. Demasiado asfalto y cemento que irradian el calor del día y lo mantienen por las noches.
El tránsito es un infierno; tapones a todas horas, tan intensos como la mala educación o quizás irritación de quienes conducen.
La maraña de alambres eléctricos, de teléfonos y telecables que cuelga por los aires es tan densa que no solo afea y ensucia sino que desvaloriza propiedades y da la imagen de ciudad decadente, al igual que ocurre con la basura, aglomerada como muestra fehaciente de la incapacidad para gestionar la urbe.
Los espacios de entretenimiento están abiertos al ruido en competencia perenne por decibeles más altos. El consumir alcohol apilando las botellas vacías es la medida que se exhibe con orgullo en contraste con la caída alarmante en los índices de comprensión en matemáticas y lenguaje.
¡Ah, Santo Domingo, qué cortas son las alas que te llevaron a iniciar el vuelo, y qué largas las que te aprisionan en el mar de atraso que te oprime y disminuye!
Eduardo García Michel
Eduardo García Michel