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Se cierran los edificios, pero no la escuela

Al coronavirus, este rey que se ha puesto la corona sin aviso ni permiso, no le podemos permitir que se haga dueño de la alegría y del lugar donde se cultiva la mente, el corazón, el alma y el espíritu del presente y el futuro del mundo: la escuela.

Por diversos medios ha venido circulando la información de que existe la posibilidad de que se proponga que el año escolar 2019-2020 se dé por concluido.

Ante esta posibilidad, me atrevo a compartir las siguientes reflexiones, pues creo firmemente que detener el año escolar, cerrar la escuela, no es la solución.

¿Qué harán esos niños y jóvenes en casa?

¿Quién los acompañará cuando sus padres deban reincorporarse al trabajo?

¿Qué pasará con los estudiantes de término de bachillerato, las Pruebas Nacionales y su ingreso a las universidades o a otras instituciones de educación superior?

¿Qué ocurrirá durante todos estos meses con los centros educativos, sus maestros y personal que en ellos laboran?

¿Acaso hemos perdido toda esperanza?

Como maestra no puedo decirles a los niños, niñas y jóvenes de la República Dominicana que la escuela tira la toalla. Que la institución que prepara su intelecto y espíritu para lograr sueños y alcanzar ideales es tan débil y vulnerable que, ante una realidad como la que enfrentamos, tiene que ser cerrada.

Una casa se puede cerrar, pero una familia no. Del mismo modo, la escuela, que es el segundo hogar de los alumnos, no se puede cerrar; en todo caso, podrá cerrarse el edificio. Y no puede cerrarse la escuela porque este concepto remite a la vocación humana de crecer, de avanzar, de enfrentar y superar los retos.

Entiendo que en estos momentos de crisis, para evitar riesgos, pensemos que lo ideal sería que todos los estudiantes reciban docencia de manera virtual. Sin embargo, la realidad se impone: eso no es posible ni en nuestro país ni en la inmensa mayoría de los países del mundo.

Frente a este escenario, a todos los que hemos hecho de la educación nuestra profesión y ocupación nos corresponde enarbolar la bandera de la creatividad y del compromiso. Buscar soluciones utilizando los recursos con que contamos, uniendo lo que tenemos a mano como maestros, e integrando a padres, madres, abuelos, abuelas, vecinos, compañeros, presidentes, ministros, directores. En fin, es una tarea de todos.

Ha llegado el momento de unir la escuela de hoy con la escuela de siempre. De conjugar en presente y a una sola voz los verbos amar, planificar y hacer. El amor creativo de todos los dominicanos y en especial de sus maestros y quienes participan en la vida educativa de esta nación, puede evitar la interrupción total y abrupta de un año escolar que lleva recorrido más del setenta por ciento de su camino.

Los maestros y directores de centros educativos, psicólogos, técnicos, instituciones que apoyan en la capacitación docente, pueden y deben poner sus competencias al servicio de este proyecto y colaborar en la planificación e implementación de las unidades de trabajo que quedan pendientes. Proponer formas didácticamente adecuadas para enseñar conceptos que, según la edad y el grado, los estudiantes deben dominar, aun se simplifiquen los contenidos a impartir, los conceptos a trabajar, las competencias a cultivar y poner en práctica.

¿Cómo llegarán esas clases a todos los alumnos? Aquí comienza la conjugación de los verbos “hacer”, “cooperar” y “colaborar”.

Hay que hacer conscientes a padres, madres y alumnos de que la escuela es vital para todos ellos y para la sociedad en general. Dejar a niños, niñas y jóvenes ociosos, sin retos académicos ni ocupaciones diarias, es dañarlos.

Debemos hacer de los instrumentos del día a día, de la televisión, la radio y el celular, nuestros aliados para llevar las clases a todas las casas de este país. Comprometer a nuestros líderes políticos y emprendedores a apoyar la impresión de materiales y contribuir a su distribución aprovechando, entre otras cosas, los mismos recursos que se utilizan para distribuir otros bienes que reparten entidades del gobierno. Así, junto al pan de la comida, los padres buscarán en lugares determinados el pan de la enseñanza que dará vida hoy y en el futuro a sus hijos.

Sé que, en mayor o menor medida, hay instituciones que disponen de la tecnología que se requiere para continuar el año escolar de forma virtual. Pero esa posibilidad no debe entenderse como la única solución, sino como un estímulo para lograr que todos los estudiantes dominicanos puedan continuar su vida escolar. Asimismo, aprovechar esa experiencia de educación a distancia, replicarla y mejorarla.

Busquemos lo que nos dejó la escuela vieja y construyamos el puente escolar a partir de allí, sea con lápiz y papel o con tableta y videollamada. Con la magia de la sonrisa de nuestros estudiantes y el amor creativo de padres, madres y maestros, la escuela seguirá abierta.

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