¿Sociedad chatarra?

Las sociedades retratan su talla en lo que informa y edifica su opinión. Nos quedamos en el relato, recreando la narrativa de nuestras condenas sin mayor reflexión crítica. Creyéndonos héroes por el lamento. Paladines de cruzadas épicas en las redes. Seres rumiantes y miméticos, dominados por una racionalidad emotiva.

El país precisa de atenciones concluyentes. Se han amontonado en el tiempo muchos descuidos. Y es que, cuando no hay planes, las urgencias se hacen rutina. Abordar prioridades en ese clima es retador. Obvio, hay problemas orgánicos de los cuales derivan otros. Los gobiernos no van a las causas: son inmensas y tienen un alto coste político; prefieren hacer demagogia con obras materiales, esas que se ven, pero poco sirven. Reparan precariamente las consecuencias y según se revelan. Por eso nuestro “progreso” es un zurcido maltrecho de remiendos; una superposición de soluciones fallidas. El gasto público se disipa en jerga e improvisaciones. Las soluciones a problemas estructurales se postergan. Escasean planes troncales de nación y voluntades comprometidas. Cada grupo viene atado a agendas propias y el país se ve desvanecido en su banal consumo.

En esa misma dinámica marcha la sociedad: abstraída y apremiada. Gastando la escasa provisión del día. Sin centros robustos de pensamiento crítico; sin coordenadas de futuro. Basta ver con qué se arma la opinión pública, un concepto cada vez más elástico y libertino. La cartelera está copada de distracciones con algunos estrenos para callar los ruidos de una corrupción que perdió espanto y castigo.

Somos una sociedad de trending topics agotada en un consumo voraz de levedades. Penosamente desarraigada de su razón colectiva. Distraída en la superficie sin discernir la hondura de sus retos. Ocupada en el morbo como ventilador de vida. Sí, una sociedad chatarra en la que el “morido” del presidente, el “jovilus” de Omega o la boda de Franklin Mirabal imponen su olímpica oferta. Sujeta a una ideología de memes, likes y tendencias. Que banaliza los grandes problemas, se acomoda a la mediocridad, acepta lo que le dan y celebra sus quiebras. Una sociedad barata comprada con estafas. Sin voluntad ni para defenderse. Ese es el pueblo ideal para cualquier aventura de poder; el que merece, tiene y mantiene un PLD enajenado.

Las sociedades retratan su talla en lo que informa y edifica su opinión. Nos quedamos en el relato, recreando la narrativa de nuestras condenas sin mayor reflexión crítica. Creyéndonos héroes por el lamento. Paladines de cruzadas épicas en las redes. Seres rumiantes y miméticos, dominados por una racionalidad emotiva. Esa debilidad ha potenciado la domesticación y el control de los núcleos de poder. Conocen a fondo nuestra superficialidad. Juegan con la bipolaridad de nuestra memoria y la docilidad de nuestro apocamiento.

Para los que gobiernan y sus élites es muy fácil poner un tema para sacar a otros. Así, Odebrecht y su selectivo expediente quedaron en el olvido y la Marcha Verde como un ensayo inconcluso o una mención honorable del pasado. El presidente perdió el apuro, empezó a hablar y no dudo de que, ya animado, empuje su reelección con una cartelera para todas las edades. Quirino sale de su madriguera con su viejo guión. Víctor Díaz Rúa dice sin tapujos que el dinero recibido fue usado por el PLD y nadie se da por enterado. El Gobierno nos hipoteca el futuro en un festín de gastos que se hará carnavalesco cuando arranque la comparsa electoral. Joao Santana se escurrió entre las caderas de la zamba y la arena de Ipanema. Peralta volvió a su arrogancia y Leonel en las calles como el primer día. En la acera del frente, 38 ilusos y los que faltan quieren ser presidentes, esperando que el peledeísmo se divida o que el poder les llegue de las alturas. Ignoran que la complicidad es más fuerte que el amor. Y que las mafias políticas y criminales están atadas a juramentos viscerales; que en los dos bandos del PLD hay razones oscuras que se imponen a sus egoísmos. Esa oposición no comprende que el verdadero contrapeso está en el Congreso: para ella eso es muy poco en una democracia tan cara: todos quieren ser presidentes.

Solo queda Punta Catalina pendiente de sospecha, pero tan pronto se enciendan sus turbinas, el Gobierno tendrá su primera erección releccionista, convencido de que este es un pueblo de polución precoz. Entonces activará una campaña de limpieza para borrar cualquier suciedad del pasado. No dudo de que le cambien el nombre: ¡Santa Catalina! El periodismo de neón solo espera la señal del Palacio para sonar a todo pulmón las bocinas, esas que le cuestan diez millones de pesos diarios a nuestros bolsillos. El Conep en alerta roja y en posición de defensa. Con el pregón de ¡Catalina! retumbarán las salves y los petardos de gloria, entonces el país será una sola y potente voz: ¡Progreso, crecimiento y paz! Nunca hemos estado ni estaremos mejor. Esa es la suerte de una nación prósperamente mediocre. Hecha a la justa talla de sus opresores. Es obvio que en ese ambiente de indulgencia muchos dirán que esta, mi opinión, no es más que una borrachera de amargura; resentida y fatalista, propia de espíritus envidiosos. Evoco a William Somerset Maugham: “Sólo los mediocres dicen estar siempre en su mejor momento.”

Me prefiero amargado y no felizmente engañado. Mejor inconforme que timado. ¡Qué pequeñez más grande, carajo!

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