20180616 https://www.diariolibre.com

Los verdaderos líderes históricos de los pueblos son el resultado, casi siempre, de coyunturas especiales en las cuales se conjugan muchísimos factores.

En los lamentables tiempos de guerra sobresalen y se perfilan aquellos personajes que, por su inteligencia, entrenamiento y astucia habrán de demostrar sus especiales dotes de dirección militar, arrojo, disciplina y eficacia en la consecución de sus metas. Alejandro de Macedonia fue uno de estos, hace veinticuatro siglos.

En los tiempos de paz son otros factores los que, en una especie de conjunto coherente, habrán de confluir para que los pueblos seleccionen y “entronicen” sus líderes. Ahora no se trata solo de su arrojo, disciplina, eficacia, inteligencia y astucia. Parecería una paradoja, pero convertirse en verdadero líder histórico en tiempo de paz se hace más difícil en virtud de que es durante estos períodos cuando la población exige el máximo del esfuerzo que sus conductores habrán de dar.

Ya lo que se refiere no son capacidades e instintos animalescos en el uso de sus recursos. Ahora se debe agregar a ello el que estén dotados de una gran cultura, que conozca la idiosincrasia de su pueblo, que estén dotados de una gran dosis de comprensión de los problemas diarios de las mayorías, los sencillos, para así asimilarlos, hacerlos propios y poderles dar adecuada solución.

Algunos historiadores y pensadores han ido erróneamente sembrando la idea de que el arte del gobierno sabio es aquel que aplica en sentido estricto las “modernas” teorías perversas de un Nicolás Maquiavelo, aquel que decía, en los frescos aires del renacimiento, “desde hace un tiempo a esta parte, yo no digo nunca lo que creo, ni creo nunca lo que digo, y si se me escapa alguna verdad de vez en cuando, la escondo entre tantas mentiras, que es difícil reconocerla”, o de un Fouchè, príncipe histórico de las maniobras de las sombras y el espionaje en el período napoleónico. Estos, entre otros personajes que pasaron a la historia por estar dotados de la astucia salvaje del zorro, capaces de aprovechar la menor debilidad de sus adversarios y del pueblo del cual se sirvieron a beneficio de su propios designios, no pueden ni deben ser el modelo del líder que deseamos para los tiempos de paz.

En sí, estos son aspectos que se dan en casi todos los líderes, pero hay que separar aquellos que utilizan estas dotes para echar el agua a su propio molino y para la perpetuación mañosa en el poder de las de aquellos que, con enorme sabiduría, conscientes de sus dotes especiales, los ponen al servicio de sus pueblos para elevar la calidad de vida, el entorno democrático, la educación, la salud y, no por último menos importante, para conceptualizar virtuosamente la función del individuo en la familia y la de esta en la sociedad por medio de lecciones diarias de moral por vía subliminal, tal como sugería hace más de cien años el maestro Eugenio María de Hostos en sus didácticos escritos de carácter doctrinario.

Su comportamiento público y privado debe ser uno solo, coherente, demostrativo y pedagógico: practica y exige lo que predicas como gobernante, sin asumir poses ni jugar papeles teatrales.

La manera más sencilla y eficiente de enseñar es por vía del ejemplo.

Los pueblos eligen, de cualquier modo, a sus líderes para que los mismos encarnen la sana sabiduría, la tradición, la moral, la decencia, el respeto, el altruismo y, ¿por qué no?, el pragmatismo constructivo.

¡Qué formula tan sencilla y a la vez comprometedora para poder ser verdaderos líderes históricos!

Basta ser, en adición a las propias dotes naturales y adquiridas, coherente, pero coherente in extremis, de modo que el mensaje didáctico implícito en la acción de gobernar emane continuamente, hasta en su manera de hablar, gesticular y afrontar públicamente los problemas sencillos.

¡Ah!, olvidaba, para concluir con la receta, que a todo ello se debe agregar, como la sal a la comida y como condición sine qua non, la transparente intención honesta en todo aquello que el líder dice y hace, minuto a minuto.

No cabría entonces la justificación aquella de las excepciones hacia el compatriota, el compañero o el camarada desviado que se quiere proteger en base a falsos principios de grupos políticos que son, generalmente, de carácter mafiosos.

Ese hipotético líder y el partido que le sustenta serían los modelos por los cuales yo quisiese votar en las elecciones ideales que propugnamos.

Este líder que yo desearía, independientemente de su programa de acción política o de su ideología y filosofía, debiera proyectarse –antes de ser líder- como un dechado de virtudes morales, honestidad y coherencia de vida, pero, sobre todo, debiera ejercer y catapultar su liderato ejemplarizante a partir de su limpia trayectoria y la armonía con su familia.

¿Nos animamos a buscar y seleccionar desde ahora esos verdaderos líderes para nuestras próximas elecciones?

La tradición antiquísima de que el verdadero poder reside en las manos del pueblo se fundamenta en que es este el que selecciona, por diversos métodos, a sus órganos de dirección y es de ahí de donde debemos partir, con todas sus variantes, pero siempre el poder en manos del pueblo.

La historia de Roma, en sus diferentes etapas, la de los reyes, la republicana y la de las diferentes versiones imperiales tuvo en sus fundamentos esa profunda convicción, tanto que el mismo escudo de roma está representado por las letras SPQR que en latín dice “Senatus popupulusque romanus” (Senado y Pueblo de Roma) y esta para recordar que es el pueblo, con su exclusiva soberanía, el que otorga al Senado su calidad representativa, sin perder de vista nunca las ansias y los deseos de ese pueblo que le otorgó esa calidad. Sabemos de las imperfecciones de la historia de Roma pero, de manera general, su unidad se fundamentó en esa expresión de su gente.

La democracia moderna tiene un intermediario idóneo para lograr esas expresiones del pueblo: los partidos políticos, pero estos parece que están olvidando su función de intermediación en la definición de sus poderes ejecutivo, legislativo y judicial.

Hay que recordar a estos que los líderes los hacen sus pueblos, hay que recordarles muy claramente que los partidos son los vehículos ideales para ejercer piramidalmente las ansias de la población y no que la población sirva de apoyo a las ansias de los políticos, tal como hube de señalar recientemente.

Hagamos la prueba de refrescarle la memoria a los partidos, aunque ello resulte algo imperfecto, por las vías democráticas, sugiriendo, proponiendo, forzando e inclusive hasta imponiendo a estos la voluntad popular por medio de la palabra, cuidando de los peligros explícitos en aquella sabia frase del poeta Petrarca: “Vana è la gloria di chi cerca la fama solo nel luccicare delle parole” (Es vana la gloria de aquel que busca la fama solamente en el brillo de las palabras).

Tenemos dos años por delante para una primera prueba.

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