Todo se ha dicho

Cuando se me instala el gusanillo de escribir una de mis cuartillas ello se convierte en algo compulsivo, descontrolado, sin importar la trascendencia o la nimiedad de que se trata, generalmente apalancado en alguna situación que me llama la atención o en alguna novedad inusitada y, lamentablemente, lo hago como una especie de desahogo, como una manera de tomar aire para nuevos impulsos y, honestamente, lo hago sin pensar mucho en los efectos que pueda tener esa irrefrenable compulsión en mi potencial lector.

Quizás mis inquietudes escudriñadoras o la curiosidad de la ignorancia me han llevado en veces a escribir cosas que no debí escribir pero ya está, a lo hecho pecho... y mientras tanto disfruté en ver en aquellos momentos como el teclado de mi ordenador se me adelantaba, como se movía con cierta alegre complicidad, quizás hasta con el mismo entusiasmo con que intento siempre acometer cualquier iniciativa; total, con los años transcurridos juntos ya somos compañeros fieles que hasta nos adivinamos recíprocamente las intenciones. ¡Cuando quiero escribir una mayúscula la tecla de “Mayus” se me adelanta y se hunde, así es nuestra sintonía!

Habiendo intentado explicar esa productiva complicidad que produce tanta satisfacción como lo es la intención de comunicarnos responsablemente por escrito, paso a plantearme ciertos aspectos de lo que está hoy relacionado a un apellido exótico y que parece venderse muy bien en los medios , mas no allí en donde debiera ser, en los poderes del Estado, ejecutivo, legislativo y judicial y ese nombre es ODEBRECHT.

Ya no hay más nada que evidenciar inútilmente a esos poderes las vías para inculpar los inculpables para percatarse de que en la República Dominicana las trapacerías de algunos funcionarios y esta firma constructora podrían quedar totalmente impunes como quedaron en el pasado, por la vía judicial acomodada a esos propósitos, los casos escandalosos de la mal llamada Oficina Ingenieros Supervisores Obras del Estado -OISOE-

Esta vez mi teclado y yo hemos acordado abreviar al máximo para que la nauseabunda pudrición del tema no nos vaya a servir de vomitivo ya que todo lo que estaba por decir ha sido dicho y de todo lo que se debía haber hecho no se ha hecho nada.

Desde luego, ¿todo este rodeo para no decir nada?

La historia se repite, una y otra vez, incesantemente, obsesivamente: se comete la fechoría, se sabe quiénes son los responsables, se les protege desde las esferas del poder y, por una vía u otra, acaban por burlar al país, estrujándole los ojos con sal y limón, para eso, para que pique. Y aquí no pasó nada. La osadía no tiene límites. El imperio del tigueraje.

¿Es que Odebrecht hace contratos según sus indiscutidas propuestas sin que nadie con su asesoría los analice ni les dé estricto seguimiento en los reportes de avances de obra (cubicaciones)? ¿No se han contratado firmas para tales fines? ¿Estaban nuevamente pintadas en la pared?

Lo que está sucediendo es ahora, en nuestros días, no en el siglo diecinueve donde ya la prescripción sería evidente. Si es verdad que hay gobierno, llegó la hora de actuar, con mano firme, ejemplar. De otro modo se estaría insinuando explícitamente que se pase a la vía de hechos por un camino que no se sabe donde nos puede llevar.

Todo se ha dicho.

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