Triunfo en la guerra, derrota en la paz

“Si un conquistador injusto y rapaz somete una nación y la obliga a aceptar condiciones severas, ignominiosas e insoportables, la necesidad la obliga a someterse; pero esta tranquilidad aparente no es una paz; es una opresión que resiste sólo mientras requiere los medios para sacudírsela...”

Emmerich de Vattel

La Ley de las Naciones

En la primera guerra mundial, el triunfo de la Triple Entente fue posible gracias a que lograron infiltrar el Imperio Otomano bajo la promesa de la constitución de un gran Estado que integrara la nación árabe, promesa que resultó incumplida fruto del acuerdo secreto de Sykes-Picot (1916), mediante el cual el Reino Unido y Francia acordaron la división de varias provincias del referido imperio. Las potencias vencedoras dibujaron a su antojo nuevas fronteras, creando Estados o dominios en provincias otomanas, entre los que se encuentran Palestina e Irak, que quedaron bajo control inglés; Siria y el Líbano bajo control francés; manteniéndose la misma tendencia de reparto en la segunda guerra mundial, que según se atribuye a Winston Churchill haber dicho, creó múltiples Estados “entre un habano y un coñac”.

Desmigajado el Imperio Otomano, surgida Turquía y otros Estados de sus despojos, creado Israel, al mundo le quedó claro quiénes fueron los vencedores en las guerras. Sin embargo, en los múltiples eventos que dieron el resultado tan sucintamente planteado, no se previeron más que los intereses geoestratégicos, aderezados por el control de las rutas del petróleo, sin considerar el papel de la identidad, la cultura y el arraigo al territorio que marca la historia de las naciones y que está en la raíz de todos los conflictos acaecidos desde entonces.

La invasión de Kuwait por parte de Irak, confronta ese país con occidente y le obliga a replegarse a sus fronteras, tomando la prudente y sabia decisión de detener su avance. Esa prudencia fue echada por la borda a partir de la invasión de Irak y el derrocamiento de su régimen, hasta la primavera árabe, que aún muchos ingenuos piensan que es cierto el cuento de que se produjo gracias a las redes sociales.

A ello se une el conflicto de Afganistán, donde la misma Hillary Clinton ha reconocido como un error, que en interés de socavar el régimen pro soviético que allí imperaba, Estados Unidos financió y armó la oposición, obteniendo como resultado la constitución de una república islámica, desde donde se han exportado organizaciones como Al Qaeda y sus descendientes, cuyos primeros y principales avituallamientos fueron financiados por el imperio. En Siria, único eslabón donde las “redes” aún no consolidaron su objetivo, occidente tiene dos frentes: Uno contra el régimen de Bachar al-Ássat y otro contra el Estado Islámico, que por el debilitamiento del régimen ocupa territorios, incluidos en ellos espacios en el Irak ocupado, con acceso a control de zonas petroleras para el financiamiento de su causa, servida por sangrientos e imperdonables métodos.

La realidad es que el circuito de los Estados que ocupa la nación árabe, estaba gobernado por dictadores, tanto en el medio oriente como en el norte de África, pero esos gobiernos mantenían controles eficientes de sus territorios y poblaciones y tenían como rasgo común, que aunque en general eran musulmanes, concebían el Estado como un ente laico, desde el punto de vista de los intereses occidentales eso era conveniente, por muy socialistas que fueran. Las consecuencias de la primavera árabe no se hicieron esperar, haciendo girar peligrosamente hacia gobiernos inestables, liderados por fundamentalistas islámicos, en pocas palabras, citando a Pelegrín Castillo, “cambiamos locos conocidos por muchos locos por conocer.”

La consigna del fundamentalismo islámico es que los escenarios de guerra y confrontación de la zona, deben ser exportados a occidente, para que nuestras sociedades sufran en carne propia lo que ellos sufren, de ahí la radicalización que nos ha llevado al terrorismo y lo que ya se reconoce como la guerra de las civilizaciones, con expresiones remarcadas de ser especialmente irregular, dado que uno de los ejércitos que la libra, resulta ser cuasi invisible, de reclutamiento mundial y un verdadero y universal caballo de Troya liderado por la barbarie. En todo ello está pues la clave lógica que explica la transformación de Al Qaeda en el Estado Islámico y sus inmisericordes prácticas de terror, que definitivamente convierten el mundo en un escenario de guerra total, donde las víctimas no suelen ser los ejércitos regulares, todo, con el confeso objetivo de revertir los efectos del acuerdo Sykes-Picot.

En definitiva, resulta obvio que las grandes guerras tienen vencedores y vencidos, pero también resulta muy evidente que bajo las cenizas que sepultaron aquellos fuegos, aún arden causas insepultas.

Occidente no ha comprendido que no basta vencer, si de los escombros de la lucha no surge la justicia y la racionalidad de respetar el peso de la identidad y la cultura en el devenir de la historia de las naciones, aunque se hagan los negocios. De ahí que, si bien ha vencido en la guerra, la permanente inestabilidad, el terrorismo, el juego de los intereses y toda la sangre derramada evidencian un mal de fondo que derrota vencedores y vencidos, incapaces de construir la paz.

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