Vainas de la cuarentena
Esta cuarentena, remendada con nuevos plazos, ha puesto a delirar a mucha gente. Un trance tedioso que ha probado todas las conmociones nacidas del cautiverio. Empezó arrinconada por el COVID-19 hace casi dos meses y hoy escribo sobre ella todavía con las puertas cerradas. Las redes sociales, único espacio para ventilarla, mitificaron, en sus albores, el pánico a un virus que apenas se conocía, entonces las primeras reacciones desataron un torrente neurótico de recetas que abrió un nuevo capítulo en la alquimia aldeana: hacer gárgaras calientes con bicarbonato, exponerse al sol, usar secadores de pelo, tomar aceite de coco, hacer aspiraciones diarias de vapores, beber cocteles de cebolla, ajo, limón y guayaba, tener sexo para aumentar la defensa, entre miles de remedios errantes.
Entre sombrías sospechas de conspiración geopolítica (la gran venganza del dragón chino) y premoniciones sobre el Armagedón, en el imaginario colectivo nacieron las teorías más febriles sobre los patrones de contagios: saliva, aire, sudor, semen y hasta pedos. Mientras el pánico desgarraba los nervios, se despertó una afición sádica propia de relatos transilvanos: leer la cantidad de muertos por países como hábito de la cuarentena. En ese recreo se han hecho famosas las estadísticas en línea del Johns Hopkins Hospital y del sitio web Worldometers; la idea implícitamente obsesiva es saber dónde diablos estamos en el mapa mundial del contagio y qué esperar del virus coronado.
Lo que al principio se percibía como una “gripecita de invierno” empezó a revelar sus letalidades, sobre la cual se evitaba cualquier broma u opinión despectiva no vaya a ser cosas (¡zafa, Josecito!). Y para que no quedaran dudas de que el COVID-19 no respetaba rangos, las grandes celebridades del cine, el arte, el deporte, la política y los negocios anunciaron tempranamente ser víctimas de su contagio, creándose la mítica percepción de que solo a los ricos y a los famosos les daba la enfermedad, credo que no descartaron (por una suerte de “dialéctica virológica”) figuras de la talla de Manuel Andrés López Obrador o Daniel Ortega.
Con el paso de los días y el sentido de lo inevitable, la gente abandonó el pánico por una quebradiza aceptación de la realidad. Esa actitud prohijó dos reacciones sucesivas: una de ansiedad y otra de tedio. La primera copó las dos semanas iniciales y supuso cierta incertidumbre sobre el futuro; entonces las compras se hicieron compulsivas, el jabón de cuaba salió de su viejo escondrijo y las frutas empezaron a ocupar un sitial de primer reparto en la monótona dieta dominicana, por aquello de la vitamina C. No me fue cómodo ver, en plena cuaresma, un plato caliente de habichuelas con dulce con trozos de piña o gajos de naranja como “postre”.
Como si hubiera sucedido el “rapto apocalíptico”, desapareció súbitamente de las estanterías todo lo que tuviera algún uso desinfectante o aséptico, por no mencionar marcas ni productos. Los anuncios siempre tardos del Gobierno aquietaron la espera y la gente se fue relajando hasta entrar a la segunda reacción psicoemocional: la del tedio, que es la que vivimos hoy. Un estado de resignación forzosa en la que se ha perdido emotividad, sensibilidad o voluntad para hacer o no hacer. Algo así como un “polta a mí” (para los lectores extranjeros esta es una exclamación dominicana de dejo, desgano o de que todo da igual). La gente acata las cosas según vengan, convencida de que esto va para largo y que estamos a expensas de pocas certidumbres. Una sensación imprecisa de que ya los patrones de vida, expresión y contactos no volverán a ser los mismos, pero que nadie todavía los ha reinventado.
En este tramo ya el miedo al virus parece haber pasado, en parte gracias a nuestro ministro de Salud, doctor Sánchez Cárdenas (apellidos que suenan más a un escritor que a un médico), quien se ha ocupado personalmente de leer todos los días, y como si estuviera molesto, los boletines del COVID-19. Poco a poco el querido doctor nos ha acostumbrado a la muerte como realidad cotidiana, tanto que me resulta inevitable presentirlo enmarcado en un féretro color café con la misma adustez con la que responde (es una broma, mi doc, fruto del delirio “covidiano”).
El tedio es una condición ociosa por definición y en su acostumbrado padecimiento (¿o ejercicio?) los dominicanos, que son genios innatos, ya empiezan a ostentar su dominio enciclopédico con conceptos “cuarentenos” como “aplanamiento de la curva”, “alcanzar el pico”, “colapso del sistema sanitario” (porque ya no se habla de “sistema de salud”), entre otros esnobismos léxicos. Pero el anglicismo que se ha llevado todos los Óscares ha sido definitivamente el vocablo “kit”, con aquello de los “kits” de pruebas. Apenas fue ayer que un amigo se enteró de que un kit era ni más ni menos que un botiquín o un estuche de equipos con piezas separadas. Con cara patética y entre dientes dijo: “Coño, sinceramente, yo pensaba que esa vaina era como un reactivo o un dispositivo de laboratorio”. Al final, remató su ironía con esta analogía: “...o sea, que yo puedo ir a Kentucky Fried Chicken y pedir un kit de pollo, refresco y papas?”. “More or less”, le contesté.
La cuarentena ha sido apenas un episodio en una cadena de eventos turbulentos que empezó con un terremoto en una de nuestras fallas (con epicentro en Puerto Rico), la suspensión de unas elecciones en pleno desarrollo y el aplazamiento de otra. Faltan la temporada ciclónica y el cataclismo de la posible salida del PLD del poder (un meteoro categoría 5). Cualquier iniciado en esoterismo pensaría que el 2020, como inflexión de la Era de Acuario, inició sus mutaciones en esta parodia insular. ¡Nada de fatalismos! (solo mencionaba la racha con intención ilustrativa de un año “salado”, así que relájense, ahorren los insultos y aprendan a reír).
El COVID-19 ha sujetado todo a sus indescifrables designios, a tal punto de que por primera vez la política dejó de ser el tema de mayor atención de nuestro ocio. Y es que hablar de políticos en este apuro es más que anodino: ¡irritable! El COVID-19 ha replanteado todo, segregando, como su mejor nota positiva, lo que tiene valor esencial y no. Y parece que la política, con sus sandeces y aspavientos, encontró un lugar trasero en un momento de ocupaciones trascendentes. La cuarentena nos ha vuelto reflexivos, pero aún más intolerantes a las necedades, en algunos casos hasta la repulsión, como ha sucedido con la fantochería de la “caridad” de políticos y contratistas, un patético montaje desplegado por el oportunismo más barato ¡con nuestro dinero! Ahora quieren ellos que les agradezcamos las “ayudas”, les paguemos con votos y de paso les tratemos como héroes. ¡Buenos pendejos!

José Luis Taveras