La fragilidad humana
Crónica de un rescate inesperado en medio del ruido de la ciudad
A mediados de la semana pasada viví una escena que todavía me acompaña y que me obliga a detenerme en una verdad incómoda: el ser humano es profundamente frágil. Basta un momento de desorientación, un descuido de la memoria, una crisis de salud o un episodio emocional para que alguien pierda el rumbo, no solo en una calle, sino, también en la vida.
Era cerca de las 11:00 de la mañana. Había salido de mi trabajo matutino con la intención de llegar más temprano a casa, descansar un poco y luego reincorporarme a la rutina del periódico. Todo parecía transcurrir como uno de esos días comunes en los que solo pensamos en avanzar rápido, cumplir horarios y llegar a tiempo al próximo compromiso.
Sin embargo, el trayecto tomó un giro inesperado. El conductor optó por una ruta distinta, la avenida Winston Churchill y al llegar a la altura de la calle Heriberto Núñez, vimos a una señora caminando sola, con evidente desconcierto. Llevaba todavía ropa de cama. Su presencia en medio de la ciudad, a esa hora y en esas condiciones, resultaba inquietante. No era solo una mujer caminando: era una persona perdida en medio del ruido, del tránsito y de la indiferencia con la que tantas veces pasamos al lado de lo que no queremos ver.
Le pedí al conductor que se detuviera y me acerqué a ella. Le pregunté hacia dónde iba. Me respondió que iba a ver unos muchachos, pero su mirada estaba ausente, como si las palabras no lograran sostener el sentido de su trayecto. Su expresión confirmaba lo que la escena ya anunciaba: estaba desorientada.
No dudé en subirla al vehículo y llevarla al destacamento de Naco. Allí, gracias a tecnología de reconocimiento facial, los agentes lograron identificarla, conocer su nombre y ubicar su dirección. Reside en el sector Honduras. El coronel encargado asumió el caso de inmediato y se dirigió a la dirección que figuraba en su expediente para entregarla sana y salva a sus familiares.
Más allá del alivio de saber que regresó a su hogar, el episodio deja una lección que vale la pena detenerse a pensar. Vivimos acelerados, atrapados en la prisa, pendientes del celular, del reloj, de los pendientes y de nuestras propias urgencias. Y en ese vértigo se nos puede escapar el otro: el anciano confundido, la mujer que no sabe volver a casa, el niño que se apartó de su familia, la persona que necesita una mano antes de que ocurra una desgracia.
A veces creemos que la fragilidad es ajena, que solo les pasa a otros. Pero no. Todos estamos expuestos. Todos podemos necesitar que alguien nos mire con atención, nos pregunte si estamos bien o decida detenerse unos minutos para ayudarnos. Tal vez de eso se trate también la humanidad: de no pasar de largo cuando otro ha perdido la orientación y de recordar que mañana podríamos ser nosotros.
En una ciudad que casi siempre corre sin mirar, detenerse por unos minutos puede significar la diferencia entre el extravío y el regreso a casa. La escena de aquella mujer caminando sola, vulnerable y ajena al rumbo, recuerda que la fragilidad humana no distingue edad, condición ni momento y que a veces el gesto más simple, preguntar, escuchar, acompañar, puede convertirse en un acto decisivo de humanidad.

Rossanna Figueroa