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A los 14 años todavía se es niña

Cada adolescente que muere violentamente deja una familia rota y una sociedad obligada a preguntarse qué pudo hacer para protegerla

Cuando era estudiante universitaria y todavía vivía con mis padres, ocurrió en el sector un hecho que, más de tres décadas después, muchos seguimos recordando.

Una adolescente, hermosa, aplicada, estudiosa, con toda una vida por delante, se enamoró de un hombre. Él la llevó a un motel y allí apagó su vida. Allí terminaron sus sueños y, de alguna manera, también se quebró para siempre una parte de su familia.

Hay tragedias que el tiempo no consigue borrar. Permanecen escondidas en algún rincón de la memoria hasta que otro episodio dolorosamente parecido las despierta.

Eso me ocurrió al ver la noticia de la muerte de una niña de apenas 14 años en Mendoza, Santo Domingo Este, en un hecho en el que está involucrado un miembro de la Policía Nacional.

Vi su fotografía. Vi su rostro. Vi la belleza y la inocencia reflejadas en sus ojos. Y, de inmediato, regresé a aquella adolescente de mi juventud.

Sentí dolor. Impotencia. Consternación.

Como madre, noticias como esta me desgarran el corazón. Porque una niña no viene al mundo para que alguien decida cuándo debe dejarlo. No nace para que, cuando apenas comienza a descubrir quién es, sus sueños sean arrancados violentamente.

A los 14 años todavía se es niña.

Es la edad de ir a la escuela, hacer planes, descubrir amistades, reír por cualquier cosa, imaginar profesiones, enamorarse, quizás, desde la inocencia y creer que la vida es infinita. Es la edad de ser cuidada, orientada y protegida.

Por eso resulta imposible mirar este caso como una noticia más.

Las autoridades investigan las circunstancias en que ocurrió la muerte y un agente policial de 23 años permanece bajo custodia. Corresponde esperar los resultados de esa investigación y que se establezcan todas las responsabilidades. Pero ninguna conclusión devolverá a esa niña a su hogar.

Y ahí está lo verdaderamente devastador. Una familia tendrá desde ahora una silla vacía, una habitación diferente, fotografías que dolerán y cumpleaños que ya nunca serán iguales.

Mientras tanto, como sociedad deberíamos preguntarnos qué estamos haciendo para proteger a nuestras niñas de relaciones desiguales, de adultos que se acercan a ellas y de cualquier forma de violencia que amenace su integridad.

Han pasado más de 30 años desde aquella muerte que estremeció el sector donde vivía. Hoy otra adolescente me devuelve inevitablemente a ese recuerdo. Otra niña cuya historia terminó demasiado pronto.

Y uno quisiera gritar, con toda la fuerza que permite el dolor, algo que debería ser elemental: las niñas vienen al mundo para crecer, soñar, estudiar, amar, equivocarse y volver a empezar. Nunca para morir a los 14 años.

Y duele todavía más pensar que, detrás de cada caso como este, queda la sensación de que algo estamos haciendo mal como sociedad. No podemos acostumbrarnos a contar niñas muertas ni permitir que estas tragedias se conviertan en titulares que conmueven durante unas horas y luego desaparecen. Cada adolescente perdida de esta manera debería sacudirnos, obligarnos a mirar alrededor, a escuchar más, a proteger mejor y, sobre todo, a entender que la vulnerabilidad de una menor jamás puede ser aprovechada por un adulto que, por edad y experiencia, debía actuar con responsabilidad.

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Profesional del periodismo egresada de la UASD. Cuenta, además, con concentración académica en Comunicación Corporativa, Marketing Digital, Español, Lingüística y Literatura.