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Estambul

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Estambul

Tenía muchos deseos de conocer la vieja Constantinopla conquistada por los otomanos en 1453, imperio que por poco deja sin el Quijote de la Mancha a la literatura española al resultar Cervantes herido y prisionero, en 1571, en la batalla de Lepanto.

Desde el balcón del barco se contemplaba la Estambul asiática y la europea, y el puente que las une. Es inmensa, con 13 millones de habitantes. Había soñado con que algún día vendría y la conocería en su grandeza y majestuosidad.

Es hermoso el mar de Mármara. Es bellísimo el Bósforo. Y es espléndida la ciudad de Constantinopla o Estambul.

Empezamos visitando la grandiosa Mezquita Azul, casi llevados en volandas en medio de una multitud. Tuvimos que quitarnos los zapatos y las mujeres ponerse un velo. En el interior predominan los mosaicos azules, la elevación de la bóveda, y la robustez de los pilares. No se observa ningún signo religioso, rigurosamente prohibido por el Corán. Las mujeres tienen un lugar aislado para sus plegarias, separado por una verja de madera, expresión de la desigualdad que practica el mundo musulmán con el género femenino.

Al salir de la mezquita azul visitamos casi al lado el monolito en piedra de cerca de 30 metros de altura que el emperador Teodosio ordenó en el año 390 que fuese llevado desde Alejandría, Egipto, hasta Constantinopla. ¡Increíble su majestuosidad!

Luego nos dirigimos hacia Hagia Sofía, iglesia bizantina erigida en el siglo sexto. Era la más grande, 83 metros de largo y 73 de ancho, superada luego por la de Sevilla, y más tarde por la de San Pedro en Roma. Destaca la cúpula trabajada en fibras de oro que pudo conservarse a pesar de que el sultán otomano la convirtió en mezquita. Era tal el valor que concedieron a esa obra de arte que taparon los mosaicos para que no se perdieran, en vez de destruirlos.

Después fuimos a ver el Palacio Topkapi, donde vivía y regía el sultán. Su harem tenía cientos de doncellas, demasiadas para ser eficiente. Los eunucos estaban a cargo del servicio del sultán para asegurarse que los hijos fueran suyos. La lucha entre las concubinas producía matanzas de decenas de descendientes para eliminar una línea de sangre.

La ciudad de Estambul encierra misterios que requiere de mucho tiempo para que un extranjero pueda empezar a desvelarlos.

Retomo el hilo. Eran las 6.20 p.m. y el barco había empezado a salir del muelle sin que me hubiera dado cuenta. Salí en tromba hacia el balcón lateral. La imagen que vi me conmovió e hizo aflorar sentimientos profundos. Una lágrima brotó de mis ojos impulsada por la emoción, mientras contemplaba el atardecer en Constantinopla.

En fila estaban a la derecha el Palacio de Topkapi, con sus hermosas cúpulas y amplio harem, castigo de los eunucos; en el centro Hagia Sofía, la iglesia extraordinaria, lugar de concentración de las huestes católicas de las Cruzadas en su empeño de convertir o masacrar a los herejes en nombre de un Dios piadoso; y a la izquierda la mezquita azul con sus seis minaretes, erigida para empequeñecer el monumento religioso cristiano.

Al desfilar como sí estuvieran despidiéndome mientras el mar me deslizaba frente a ellas, caí en cuenta de que al atardecer Hagia Sofía se erigía imponente y empequeñecía a los otros monumentos, quizás porque el ladrillo de que está revestida le daba ese carácter de mayor fuerza o acrecentaba su perspectiva, o tal vez porque resentía que un monumento de tan singular valor fuera profanado para construir una mezquita, al igual que hicieron los cristianos en Córdoba construyendo una iglesia en la mezquita, o en Granada profanando el perfecto recinto de La Alhambra.

Al verlos a los tres, uno al lado del otro, me percaté de que simbolizaban un mundo sin choques religiosos, libre de fundamentalismo y pasiones absurdas. Cristiandad e islamismo son una misma cosa, si se dejaran a un lado los extremismos. Perspectivas o enfoques sobre creencias monoteístas, un solo Dios, llámesele como se le llame, ante lo cual poco importa si se lleva o no velo, si se bebe o no se bebe alcohol, si se come esto o se come lo otro, si se representan imágenes o no se representan, si el espíritu está encarnado en una trinidad o no lo está.

Contemplando ensimismado el cuadro que tenía ante mis ojos, no pude más que pensar: ¡Cuanta armonía y equilibrio! ¡Cuanta belleza reunida en un mismo plano! Al fondo se proyectaban los rayos cobrizos del sol que se acostaba reflejando sus tenues rayos en miríadas de gaviotas que intentaban un último chapuzón para enganchar algún pescado, teniendo a lo lejos la perspectiva de docenas de buques que venían a rendir pleitesía a esta ciudad nunca dormida.

Presiento que nunca más volveré a verla, pero cuanto quisiera poder hacerlo. No se trata de tener a un ser que se procura volver a ver exigido por eróticos recuerdos, sino de haber forjado sueños e imaginarse transitar a través de la historia viviendo tantos episodios grandiosos de la humanidad, ninguno banales, casi todos sangrientos, crueles y terribles, llevados por la pasión insensata de la estirpe humana por imponer a otros creencias que en el fondo son idénticas y sólo se diferencian en el tejido de poder que se desarrolla y las relaciones e influencias que se tejen y generan beneficios para unos y miserias para otros.

Adiós o hasta pronto Constantinopla o Estambul. Me siento feliz de haber podido apreciar tu rostro travieso y cansado, y verificar que así como en ti convergen dos continentes, también lo hacen las dos religiones más importantes que ha dado la humanidad. Se qué el guiño que me haces es una más de tus tentaciones y encantos. Te lo devuelvo con el mismo espíritu esperando poder engañarte de la misma manera que lo esperas tu.