Extremismo y religión

Las mujeres deben someterse al capricho de sus esposos o novios. Las mujeres solo pueden aceptar un trabajo. Para abandonar el hogar deben contar con el consentimiento de él. La mujer tiene que buscar la forma de verse hermosa y nunca se puede negar a las peticiones sexuales de su esposo, no importa su condición de salud.
Si un hombre invita a su mujer a la cama y ella se niega y decide dormir, los ángeles la maldecirán hasta que despierte. A la mujer no le está permitido excusarse, ni tampoco puede impedir que su cuerpo sea utilizado para darle placer a su esposo.
La mujer debe permanecer en casa y dedicar su tiempo al cuidado de sus hijos y de su hombre.
Ella debe cocinar, limpiar el piso, ordenar la casa y preocuparse de todos los asuntos de sus hijos y de su esposo. Aunque la mujer puede opinar, la última palabra la tiene el hombre. El hombre y la mujer son iguales pero no idénticos.
La ablación, práctica que consiste en mutilar los genitales femeninos a las mujeres desde los 11 años con el pretexto de alejarla del libertinaje y la inmoralidad, son prácticas aún vinculadas a creencias religiosas. En Egipto es una tradición cultural, ligada a las creencias religiosas, donde el 72 por ciento de las mujeres entre 15 y 30 años son sometidas a esta costumbre, bajo la creencia de que reduce la libido de las mujeres, preserva su virginidad hasta el matrimonio y elimina cualquier tentación de adulterio.
Desde 2008, allí se prohibió pero la norma no puede con la tradición, especialmente en la zona rural, dondeno hacen caso y sigue haciéndose.
El anterior catálogo de abusos y privaciones a las mujeres solo se compara con los de la Edad Media, una etapa oscura, de austeridad y de prohibiciones para la mujer, en la que su comportamiento estuvo medido por la institución de la Iglesia como único garante del buen orden social y vigilado por los maridos como ejecutores de las normas.
Ciertos regímenes de esta época moderna, pero con mentalidad medieval, establecen peores formas de vida a las mujeres musulmanas, como por ejemplo aquella que les prohíbe cerrar cualquier tipo de negocio. También a muchas se les ha sometido a lapidación pública acusadas de mantener relaciones sexuales fuera del matrimonio.
Recordemos aquel episodio de la mujer acusada de cometer adulterio, acosaba por las calles de Jerusalén hasta llevarla al templo delante de Jesús, a quien le pidieron su consentimiento para apedrearla; el Maestro dijo a los agitadores: “El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella”. (Juan 7:53-8:11). He ahí el amor de Jesucristo y la dimensión de su rol como profeta.
Hay, sin embargo, costumbres y patrones culturales en los países de práctica islamita perjudiciales para las mujeres, más por imposiciones como resultado de interpretaciones misóginas, que por mandato del Corán o la voluntad de Alá.
En estos tiempos, el mundo requiere vivir en paz, con justicia, en libertad, con respeto a la pluralidad religiosa, no importa que sus patrones culturales y sus creencias nos parezcan extrañas, pero hay que tratar de vivir, en la medida de lo posible, aceptando como son los demás. Y eso incluye respetar a los musulmanes, su religión y su Dios. Ya lo dijo el Papa Francisco.
El judaísmo, el cristianismo, el islamismo, el hinduismo y el budismo no solo son cinco grandes religiones en el planeta, sino cinco formas de pensar, entender, definir y concebir la humanidad y, dentro de esa concepción de la humanidad, hay una visión de cómo definir y construir a la mujer.
Las religiones, pues, hacen sus interpretaciones particulares del mundo y de quienes habitamos el planeta y el universo. Asimismo, la historia nos revela los grandes pecados que han tenido que reconocer las iglesias posteriormente. Las Cruzadas, para citar un caso, fue una barbarie en sus métodos desde el principio hasta el final. Estos extremos ocurren cuando la mente de ciertos personajes se deja atrapar por el fanatismo, una pasión loca que hace asumir actitudes irracionales.
El fanatismo no es sano ni en la religión, ni en la política, ni en el deporte, o en cualquier actividad humana, porque es ciego.
Dudo que Alá, la deidad de los islamitas, apruebe el acto cruel y reprochable de quemar a un hombre vivo, como hiciera el Estado Islámico (EI) con un piloto jordano la semana pasada. Aquella acción es prohijada por el odio, el rencor, la soberbia, la crueldad y el abuso. Los musulmanes practicantes del islam, apegados a una interpretación humana del Corán original, dudo que acepten este u otro tipo de asesinato que lleva a cabo el EI. No hay razón ni en la tierra ni en el cielo que justifique semejante atrocidad. Esas acciones desnaturalizan cualquier causa, por santa que sea. Es cierto que el islam tiene enemigos, pero hay formas más civilizadas para enfrentarlos.
Otro acto de barbarie llevado a cabo por el EI fue denunciado por el Comité de Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño, en el sentido de que “los yihadistas están vendiendo a pequeños iraquíes en mercados como esclavos sexuales y asesinándolos mediante la crucifixión o enterrándolos vivos”.
En qué mente civilizada cabe semejante comportamiento de tomar a niños como mercancías, o escudos humanos, como también se ha denunciado. Solo fanáticos extremistas son capaces de realizar actos de esa naturaleza, donde la religión está obligada a poner distancia porque esos no son gestos de amor, como no lo es el tratar a la mujer como un objeto.
Rafael Núñez
Rafael Núñez