Una lección a Bessent
El costo del endeudamiento en Estados Unidos alcanza niveles no vistos en años
El mercado de bonos del Tesoro de Estados Unidos —el más grande e influyente del mundo, valorado en unos 31.5 billones de dólares— registró una semana atípica. El rendimiento del bono a 30 años alcanzó el lunes 17 de agosto su nivel más alto desde 2007, por encima de un 5.3 %, mientras que el de 10 años, referencia del costo de las hipotecas y de buena parte del crédito corporativo y soberano internacional, cerró la semana en un 4.74 %.
Ante esa presión alcista, el secretario del Tesoro, Scott Bessent, sorprendió a los inversionistas el 19 de agosto al anunciar que el gobierno aumentaría sus recompras de bonos de largo plazo, de dos mil a un mínimo de cuatro mil millones de dólares por operación. El mercado reaccionó de inmediato y provocó el descenso de 10 puntos básicos del rendimiento a 30 años. No obstante, el alivio fue transitorio, ya que los dos días siguientes los rendimientos recuperaron buena parte de lo perdido.
No existe consenso sobre la causa del alza de las tasas de los títulos a 10 y 30 años, pero los analistas coinciden en que va más allá de la inflación futura, cuya expectativa de largo plazo sigue cerca de la meta del 2 % de la Reserva Federal (Fed).
El principal factor se relaciona con el aumento estructural de la necesidad de capital. Por un lado, el déficit fiscal de Estados Unidos, que se sitúa en torno al 6 % del producto interno bruto (PIB), eleva la oferta de deuda del Tesoro. Por otro, el auge de la inteligencia artificial (IA) ha provocado que negocios que antes eran de bajo consumo de liquidez, como Amazon y Alphabet, se hayan convertido en emisores de deuda corporativa a un ritmo que desplaza los bonos del Tesoro. El rendimiento del bono de Alphabet con vencimiento en 2075 saltó del 6 % a comienzos de julio al 6.78 % a mediados de agosto, un ajuste muy atractivo para los inversionistas.
Otro factor es geopolítico. Japón, principal tenedor de bonos del Tesoro de Estados Unidos, atraviesa una coyuntura que le ha obligado a vender dólares para apoyar el yen. A su vez, la guerra comercial entre Estados Unidos y China frena el interés de Pekín de adquirir la deuda emitida por Washington. Además, la guerra en Medio Oriente, con el cierre del estrecho de Ormuz, limita la capacidad de los países afectados de generar el flujo de efectivo necesario para adquirir en la misma magnitud que antes deuda pública estadounidense.
La recompra de títulos no es una herramienta nueva. A diferencia de la Fed, el Tesoro no puede crear dinero para comprar deuda, por lo que cada dólar de recompra se financia mediante la emisión de letras del Tesoro de corto plazo. La estrategia consiste en vender títulos de menos de 2 años y adquirir bonos de largo plazo con el fin de aplanar la curva de rendimiento. Varios operadores del mercado consideraron insuficiente la medida, dado que no modifica la trayectoria de una deuda que asciende a 40 billones de dólares y sigue subiendo como porcentaje del PIB.
El efecto colateral más visible fue la caída del dólar en un 1 % el 20 de agosto. Los agentes del mercado percibieron la compra de bonos como una señal de que Washington prioriza abaratar la deuda, incluso a costa del valor de su moneda. Por ello, adoptaron la llamada "apuesta de devaluación" (trade debasement): compra de activos que se benefician de un dólar más débil, como el oro, que subió a 4,612 dólares la onza, y el bitcoin, cuyo precio varió un 23 % y superó los 77,400 dólares.
Paul Krugman (CUNY), premio Nobel de Economía, sostuvo que "es muy difícil construir un escenario de crisis de deuda al estilo griego para una nación que se endeuda en su propia moneda." Atribuyó el alza de la tasa de rendimiento de los bonos de largo plazo a dos factores concretos — auge de emisiones de deuda corporativa de las "hyperscalers" de IA y mayor déficit público— antes que a temores de incapacidad de cumplir con el pago de las deudas. Finalmente, recomendó a los futuros responsables de la política económica—quienes sustituyan a Trump— no caer en pánico, puesto que la situación actual no constituye una crisis de deuda.
John Cochrane (Hoover Institution) adoptó una posición más cautelosa. Identificó cinco explicaciones posibles del incremento de la tasa de interés: expectativas de inflación; posibilidad de que la Fed suba tasas; regreso a niveles "históricamente normales" de tasas de interés nominales entre un 4 % y el 6 % tras la anomalía de tasas reales negativas de la década de 2010; mayores oportunidades de inversión vinculadas a la IA; y presión de los "vigilantes de los bonos" ante una política fiscal insostenible. Se mostró escéptico respecto a la eficacia de las recompras de Bessent y advirtió sobre el riesgo de una futura crisis fiscal si el gobierno sigue "renovando" deuda de corto plazo, justo en un momento en que la disponibilidad de financiamiento barato podría acabarse.
Las consecuencias de tasas persistentemente altas ya se perciben en la economía real. Con el bono a 10 años como referencia, las hipotecas se acercan al 7 %, lo que encarece la compra de viviendas. Las empresas enfrentan un costo de endeudamiento más alto, circunstancia que puede frenar la inversión y la creación de empleo. Para el propio gobierno, cada punto adicional de rendimiento se traduce en decenas de miles de millones de dólares extra en intereses cada año. Frente a ese escenario, el camino óptimo es una reforma fiscal que reduzca el déficit público.
En economías como la República Dominicana, el aumento de la tasa de interés en Estados Unidos tiene un efecto directo. El 79 % de la deuda externa dominicana —unos 37,920 millones de un total de 47,990 millones al cierre de junio de 2026— está constituida por bonos soberanos en dólares, cuyo costo se fija como un diferencial sobre el rendimiento de los títulos del Tesoro. Si dicha tasa sube, cada nueva emisión o refinanciamiento dominicano partirá de un nivel más alto y, por consiguiente, encarecerá el servicio de la deuda pública.

Jaime Aristy Escuder