Lagarde
Christine Lagarde abandona el BCE en medio de rumores sobre la presidencia francesa
Christine Lagarde posee una trayectoria profesional que ningún aspirante a la presidencia de Francia puede igualar en economía internacional. Ha ocupado algunos de los cargos más influyentes del mundo y fue la primera mujer en dirigir el Ministerio de Economía y Finanzas de un país del G7, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Central Europeo (BCE). A seis meses de las elecciones presidenciales del 18 de abril y del 2 de mayo de 2027, con Marine Le Pen —extrema derecha— a la cabeza de las encuestas y Jean-Luc Mélenchon —izquierda radical— disputando el segundo lugar, Lagarde emerge como la única figura capaz de ofrecer al centro francés una candidatura de unidad con credibilidad ante los mercados, los socios europeos y una opinión pública cada vez más polarizada.
La crisis financiera sistémica de 2008 fue su prueba de fuego. Como ministra de Economía y Finanzas de Francia (2007-2011), coordinó la respuesta europea durante la presidencia francesa de la Unión Europea. Un año después, jugó un papel clave en el plan de ayuda económica a Grecia, aprobado en mayo de 2010, y en la creación del mecanismo de estabilización para preservar el euro frente a futuras crisis de deuda soberana.
Cuando fue directora gerente del FMI (2011-2019), Lagarde asumió el objetivo de rescatar la imagen y eficiencia de una institución financiera desacreditada por el escandaloso comportamiento de su predecesor, Dominique Strauss-Kahn. De forma simultánea, enfrentó el empeoramiento de la crisis de deuda soberana griega, mediante sucesivos programas de asistencia dirigidos por la denominada "troika," constituida por la Comisión Europea, el BCE y el FMI. Entre 2012 y 2018 defendió y logró la combinación de medidas de alivio de deuda griega por los acreedores europeos, reformas estructurales de disciplina fiscal y una masiva asistencia financiera a favor de Grecia.
En 2018, afrontó otro gran desafío: la profunda crisis argentina registrada durante el gobierno de Mauricio Macri. Lagarde impulsó un programa de asistencia financiera con un préstamo récord de 57,100 millones de dólares, el mayor de la historia del FMI, con el objetivo de apoyar las políticas de ajuste fiscal y monetario, estabilizar la economía y recuperar la confianza de los mercados. La directora gerente del Fondo defendió el programa de ajuste, que incluía alcanzar una mejor posición fiscal, una política monetaria restrictiva y un régimen de tipo de cambio flotante con intervención limitada del banco central, cuya independencia debería fortalecerse.
Christine Lagarde llegó a la presidencia del BCE tras ser elegida por los líderes de la Unión Europea para suceder a Mario Draghi. El 2 de julio de 2019, el Consejo Europeo la consideró la candidata idónea para el puesto, pese a que no era banquera central de carrera. Su principal activo no era una trayectoria en política monetaria, sino su experiencia en la gestión de crisis globales.
En marzo de 2020, ante el riesgo de que la pandemia del covid-19 desatara una nueva crisis de deuda en la zona euro, el BCE lanzó el Programa de Compras de Emergencia frente a la Pandemia (PEPP), destinado a adquirir bonos públicos y privados, que llegó a 1.85 millones de millones (billones) de euros. Mediante la compra de esa cantidad de deuda en el mercado, el BCE mantuvo en niveles reducidos los costos financieros durante el período de recesión y aseguró el flujo de crédito hacia los agentes económicos, evitando de esta manera que la crisis sanitaria derivara en una crisis financiera. Entre julio de 2022 y septiembre de 2023, ejecutó un acelerado apriete monetario y subió la tasa de interés de referencia del -0.5 % a un 4 % con el fin de enfrentar la inflación más elevada en la historia del euro —llegó a un 10.6 % en octubre de 2022—, derivada de la inyección de liquidez y el encarecimiento de los precios de la energía y de los alimentos tras la invasión rusa a Ucrania. A finales de 2024, el BCE alcanzó la meta de inflación del 2 % y comenzó a recortar las tasas de interés.
La semana pasada, Lagarde anunció su decisión de dejar la presidencia del BCE el próximo 7 de febrero, algunos meses antes del término de su mandato. Explicó que el cargo le exigía una neutralidad incompatible con su deseo de intervenir en debates públicos y políticos que considera fundamentales para Europa y para Francia. Esa explicación ha alimentado las especulaciones sobre un eventual regreso a la política francesa. Respecto a su relevo, afirmó que el proceso ya ha comenzado y que existen excelentes candidatos para reemplazarla, incluso mucho mejores que ella. En consecuencia, ha dejado claro que no hay que preocuparse, ya que nadie resulta imprescindible para dirigir una institución que ella considera sólida.
La relevancia política de su decisión se aprecia mejor a la luz del complejo panorama electoral francés que se perfila para 2027. Christine Lagarde es probablemente la única figura capaz de transmitir confianza a los mercados, a las empresas y a los socios europeos sin estar identificada con ninguna de las corrientes que hoy compiten por el liderazgo del centro político francés. Además, llega libre del desgaste acumulado por el gobierno de Emmanuel Macron. Para un electorado preocupado por el deterioro de las finanzas públicas, la pérdida de competitividad y la creciente polarización política, su trayectoria representa una combinación poco común de experiencia internacional, credibilidad técnica y capacidad de gestión de crisis.
El margen temporal, sin embargo, es reducido: entre su salida del Banco Central Europeo el 7 de febrero y el cierre oficial de candidaturas el 26 de marzo apenas mediarían siete semanas. Si la fragmentación del centro persiste cuando abandone el cargo, su irrupción podría convertirse en la alternativa más sólida para evitar una segunda vuelta dominada por los extremos. Después de haber contribuido a gestionar las crisis de Grecia, Argentina, la pandemia y la inflación más alta de la historia de la eurozona, Lagarde podría descubrir que el desafío más complejo de su carrera no se encuentra en Washington ni en Fráncfort, sino en París. La incógnita no es si tiene la capacidad para afrontarlo, sino si estará dispuesta a aceptar el reto.

Jaime Aristy Escuder