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Globalización y nacionalismo

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Globalización y nacionalismo

Ya entrados en el tercer milenio, el futuro de la Humanidad se muestra abierto. El mundo experimenta una Gran Transformación, ante la cual debemos permanecer atentos, despiertos y participantes. Existen muchos discursos que alertan sobre los riesgos e incertidumbres a que estamos expuestos hoy día, y la necesidad de buscar sentido a un porvenir común. Así nos hablan de: “Mundo desbocado” (Giddens); “Sociedad del riesgo” (Beck); “Sociedad de la decepción” (Lipovestky); “Mundo que gira descontroladamente” (Dahrendorf)”, y otros, no menos preocupantes.

El cambio del mundo en que vivimos nos toca y nos afecta a todos. Queriéndolo o no, estamos viviendo en un mundo globalizado. Giddens nos dice que “la globalización tiene algo que ver con la tesis de que todos vivimos un mismo mundo”. La globalización está cerca de nosotros, está entre nosotros. No podemos negarla ni evitarla. ¡Decir no a la globalización resulta insuficiente! No nos queda otro camino que encararla. El mismo Giddens le concede tanta importancia, que llega a decir que ningún discurso político está completo si no hace referencia a la globalización. ¡Asignatura pendiente para la mayoría de los políticos dominicanos!

Una gran lección de la globalización, según Ulrich Beck es la siguiente: “se abre un nuevo juego en el que las reglas y los conceptos fundamentales del antiguo ya no son reales, aunque aún haya quien siga jugándolo. El antiguo juego, que tiene muchos nombres (como, por ejemplo, “Estado nacional”, “sociedad industrial nacional”, “capitalismo nacional” o también “Estado del bienestar nacional”, ya no es posible solo”. El mismo Beck clarifica lo anterior con esta definición: “La globalización significa los procesos en virtud de los cuales los Estados Nacionales soberanos se entremezclan e imbrican mediante actores internacionales y sus respectivas probabilidades de poder, orientaciones, identidades y entramados varios”.

Igual de precisa resulta la consideración de Zygmunt Bauman cuando expresa: “ya no es posible garantizar la democracia y la libertad en un solo país, ni siquiera en un grupo de ellos; la defensa de tales valores en un mundo saturado de injusticias y poblado por miles de millones de seres a los que se les niega la dignidad corromperá sin remedio los principios que se pretende proteger. El futuro de la democracia y la libertad sólo puede asegurarse a escala planetaria”. La globalización conduce a una necesaria reprogramación del vínculo entre el gobierno nacional y el espacio socio-económico y político global.

Muchos, sin embargo, se resisten al cambio de mirada y se aferran a la mirada local, a la mirada nacional, “no miran más allá del mar”. En este escenario las visiones globales sólo pueden ser imperialistas. Entre ellos se encuentran los defensores a ultranza de lo nacional, son los denominados “nacionalistas”, elites que consideran casi exclusividad de ellos la patria que es de todos y que convierten en oficio el “nacionalismo retórico”, el nacionalismo xenófobo y la paranoia mixofóbica reforzada por la segregación espacial porque se consideran ciudadanos diferentes. Los que hablan del “glorioso pueblo dominicano”, olvidando las penurias y las injusticias que padecen las grandes mayorías del mismo.

Al decir de Breuilly, “el nacionalismo extrae gran parte de su fuerza de las medias verdades que encarna”, siendo que está más cerca de lo patológico que de lo heroico, en tanto que, desvía la atención popular de las reivindicaciones sociales más urgentes; produce discriminación; utiliza en exceso referencias del pasado en cuestiones actuales; adopta un discurso cerrado; erosiona la convivencia desde la diversidad; promueve el arte folclórico cursi; es miope en las relaciones con otros estados y ciudadanos; utiliza en exceso imágenes de carga sentimental; mezcla ensoñación y deseos; sus prioridades están muy alejadas de los intereses de las grandes mayorías.

El nacionalismo y la etnicidad que se está despertando en muchos países de Latinoamérica, incluyendo el nuestro, responde a la necesidad de la búsqueda de identidad desde una perspectiva local, que al mismo tiempo expresa el cuestionamiento reiterado a la construcción de una comunidad global. Significa la reacción ante la caída en el vacío, el caos y la incertidumbre ante el pluralismo cambiante que no toleran. Es el último recurso para conservar una identidad amenazada por los elementos inherentes a una sociedad más abierta y globalizada que comprenden muy poco y, que por tanto, no aceptan.

Separemos la paja del trigo. Dejemos espacio para el nacionalismo cívico sano que impulsa la defensa de los derechos humanos y las virtudes públicas. Condenemos el nacionalismo que le pasa facturas a la nación, que le ha fallado al pueblo y que fomenta la corrupción, el dispendio la impunidad y el oportunismo; que permite a unos pocos usurpar los bienes de todos los que formamos la verdadera nación dominicana. No escuchemos las voces de aquellos que manifiestan una excitación nacionalista identitaria para salir en la foto o en la televisión.