Involución

Las abuelas ya no regalan manzanas a sus nietos. Antes lo hacían, porque las manzanas eran buenas para la memoria. Pero ahora las manzanas son peligrosas: pueden producir cáncer. ¿Por qué? Porque el cultivador de manzanas tal vez ha empleado cierto pesticida para combatir cierta plaga. Y residuos -microscópicos residuos- del pesticida tal vez permanecen sobre la tentadora piel de la manzana.
Ya que las manzanas son peligrosas, tomemos un café. ¿Un qué? Un café, lo digo en voz baja porque ya usted sabe, el café contiene cafeína, que todo el mundo sabe que es malísima, pero a lo mejor no tanto. Voltaire reflexionó una vez: dicen que el café es veneno. Si lo es, debe ser un veneno muy lento; hace más de medio siglo que lo bebo. Claro que en la época de Voltaire (que vivió 83 años) no existían los pesticidas ni los fertilizantes químicos, por lo cual todos los cultivos eran lo que hoy llamamos orgánicos.
Entonces tomamos el café y nuevamente estamos en peligro, no ya por el café en sí mismo sino por la taza. ¿La taza? Sí, la taza de loza, cerámica, porcelana. En su fabricación ha intervenido el plomo y, como probablemente no se han seguido ciertas estrictas especificaciones, el calor del café liberará ciertas partículas de plomo, que ingresarán a nuestro organismo. Como todo el mundo sabe, el plomo acaba con uno. Y, si no alcanza a acabar con uno, por lo menos le daña el cerebro. A uno o a sus hijos.
Entendido. Entonces, tomemos agua. Purificada. Filtrada. Embotellada. Cara. ¿Seguros al fin? Craso error. El agua, antes de llegar a nuestros labios sedientos, casi seguramente ha corrido por alguna cañería, cañería en la que también acecha el plomo. Vamos -me dice mi otro yo, empeñado en contradecirme-, las cañerías son de PVC. Interesante -repliqué-, no sabía que el PVC se había inventado hace cuatro siglos, cuando fue construido el castillo donde se produce el agua. De acuerdo -resignó el susodicho-, pero tal vez las cañerías son de cobre. Muchas gracias -decidí cambiar de tema-, pero ya no tengo sed. Mejor tomemos aire. Pero antes, por favor, colóquese usted su mascarilla.
En ciudades como México y Santiago de Chile, el nivel de plomo en la atmósfera es varias veces superior a lo que se considera admisible para conservar la buena salud. Hace bastante tiempo, un reputado científico mexicano aconsejó a los padres: simplemente, tomen a sus hijos y abandonen la ciudad. De modo que ésos no son buenos lugares para tomar aire. ¿Qué tal la esquina de Duarte con París, o el Kilómetro 9 de la Autopista Duarte, en Santo Domingo, o la Ciudad de Santiago de los Caballeros, envuelta en una humareda que se desprende del vertedero de Rafey, según testimonian una fotografía de portada y una nota en El Caribe de hoy, miércoles 4 de abril de 2012?
Ya que el aire de las calles está contaminado, tomemos aire en casa. Pero también allí el plomo nos persigue. ¿Qué plomo? El de la pintura de las paredes. Bueno -vuelve el objetor-, las pinturas modernas no contienen plomo. Verdad -le digo-, ¿y cuándo fue la última vez que pintaste la mansión que habitas? Volviendo a usted, ni se le ocurra encender el aire acondicionado por aquello de los conductos de asbesto. Microscópicas partículas de asbesto se infiltrarán en sus pulmones y le matarán de un cáncer, no este fin de semana pero sí dentro de 10 ó 20 años.
Ya que no podemos comer manzanas ni beber café o agua ni respirar, juguemos con el gato. ¿Bromea usted? Jugar con el gato es casi tan peligroso como limpiar la alfombra u ordenar la biblioteca. Olvídelo. Miles de millones de partículas se desprenderán de la piel del gato, de la alfombra y de sus viejos libros, e invadirán sus pulmones, asesinándolo.
Finalmente, si la lectura de estas notas le hace sentirse enfermo, absténgase de tomar remedios. Eminentes científicos han hecho saber que cualquier substancia química introducida al organismo humano puede acarrear, al combinarse con otras, imprevisibles consecuencias.
¿Cuáles consecuencias?
Lo dicho: imprevisibles, no pudiendo descartarse una regresión. Por supuesto, esto no se verificará en usted, sí en su descendencia, no necesariamente en sus hijos o nietos...
¿Regresión? ¿A qué?
A lo que fuimos antes de ser lo que somos.
Después de todo, no conviene olvidar que apenas un par de cromosomas nos diferencian del chimpancé que nos observa desde su jaula.
Diario Libre
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